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– «El lamento de Deirdre» -continuó diciendo, clavando sus ojos en los de Darcy, traspasándolo.

– ¿Perdón? -respondió Monmouth.

Lady Sylvanie bajó las pestañas, liberando a Darcy, antes de prestarle toda su atención a Monmouth.

– Se llama «El lamento de Deirdre» y es una antigua canción, milord. -En ese momento la puerta del salón se abrió y todos se giraron a mirar a Lady Felicia que entraba del brazo con la señorita Farnsworth seguidas por Sayre, su esposa y, por último, Manning. Después de su aparición, lady Sylvanie hizo ademán de abandonar el arpa y levantarse, pero las protestas de los tres caballeros que estaban cerca del fuego la detuvieron. Con un elegante gesto de aceptación volvió a llevarse el instrumento al pecho y lo apoyó otra vez contra su hombro, mientras los recién llegados se acomodaban.

Demasiado desconcertado con lo que había pasado entre él y la cantante como para poner en orden el cúmulo de sensaciones que lo inundaban, Darcy se abstuvo de unirse a los ruegos de los otros. Pero no pudo apartar la mirada cuando los esbeltos dedos de la dama acariciaron nuevamente las cuerdas y cerró los ojos mientras se preparaba para comenzar. Sin embargo, la pieza que ofreció fue totalmente distinta de la anterior. El ritmo dinámico y alegre de las notas hizo que Darcy pensara en una danza popular. Otros miembros del público tuvieron la misma impresión, porque comenzaron a mover los pies discretamente bajo el vestido y algunos caballeros llevaron el ritmo con las manos sobre las rodillas. Al terminar, Darcy casi sintió que podía descartar sus impresiones anteriores como fruto de la fantasía, una prueba más de que los acontecimientos del día habían acabado casi por completo con su buen sentido.

Lady Sylvanie se levantó con modestia e hizo una reverencia en agradecimiento a la entusiasta ovación de su público, a la cual ahora Darcy se sumó, ante por el éxito de la actuación, Sayre se levantó también, la tomó de la mano y volvió a presentarla ante todos los asistentes. Darcy notó que en esta segunda ronda, el entusiasmo de las damas pareció un poco más contenido, y el aplauso más frío, mientras miraban con molestia las continuas muestras de admiración por parte de los caballeros. Darcy se rió para sus adentros y aplaudió con más energía.

– ¡Espléndida, encantadora, querida! -Lord Sayre se inclinó ante su hermanastra-. Ahora, ¿a quién debo concederle el privilegio de tu compañía para la cena? ¿Quién será el afortunado? -Sayre no prestó atención a la dama, por si ella quería expresar alguna preferencia, sino que miró alrededor del salón con la actitud de alguien que finalmente ha encontrado que tiene la facultad de entregar un codiciado premio. Su mirada pasó rápidamente por todos sus antiguos compañeros de estudios hasta detenerse en Darcy-. ¡Darcy, serás tú! Ven y reclama tu dama, porque la cena está lista y tú vendrás detrás de mí.

Levantándose de inmediato, Darcy avanzó hacia Sayre. Una rápida mirada a lady Sylvanie mostró que la dama no lamentaba la elección de su hermano, pero Darcy tampoco podía decir que manifestara ningún placer en particular.

– Milady. -Darcy hizo una reverencia formal y le ofreció su brazo. La actitud de la dama, aunque totalmente correcta, le produjo una punzada de decepción, y la frialdad con la que aceptó su brazo le causó una cierta desazón. Después de una mirada como la que le había lanzado hacía un rato, esperaba ver más entusiasmo.

Darcy condujo a lady Sylvanie al lugar acordado detrás de Sayre y su esposa, y los siguieron al comedor, mientras aprovechaba el trayecto para continuar su examen de la dama. Notaba su mano liviana sobre el brazo y la tela azul grisácea de su vestido flotaba ligeramente mientras caminaban, marcando las agradables curvas de su figura y la blancura de sus hombros. El cabello, hermosamente recogido, brillaba con un resplandor de ébano a la luz de las velas del corredor, y un fragante aroma a hierbas dulces y lluvia fresca llegó hasta su nariz. No, decidió Darcy, no se sentía en absoluto molesto con la decisión de Sayre. De hecho, aquélla era exactamente la oportunidad que necesitaba para conocer más a lady Sylvanie, sin tener que acercársele de una forma más específica, lo cual sólo daría pie una infame ola de especulaciones. Con estos pensamientos en mente, se relajó un poco, mientras crecía su interés por la mujer que tenía al lado.

Cuando todos se sentaron a la mesa, se notó la ausencia de la señorita Avery y Trenholme. La explicación del hermano de la dama, según la cual «la señorita Avery no se sentía lo suficientemente bien para bajar a cenar», fue aceptada sin más comentarios. Sayre, por el contrario, no pudo ofrecer ninguna información acerca de su hermano y envió a uno de los criados a preguntar si el señor Trenholme los acompañaría, antes de hacerles señas a los demás para que comenzaran a servir la cena.

Cuando sirvieron el primer plato, Darcy se dedicó a la delicada tarea de entretener a su acompañante.

Se sentía intrigado por la dama, pero no estaba tan seguro de que ella tuviese interés en que él la conociera más. La conducta de lady Sylvanie hacia Darcy había sido totalmente contradictoria. A veces lo ignoraba y al minuto siguiente lo subyugaba con sus ojos de pitonisa. Pero el caballero tendría que comenzar…

– Milady…

– ¡Milady! -Desde el otro lado, la voz de Manning compitió con la de Darcy por la atención de la dama. Mientras lady Sylvanie vacilaba entre los dos, Darcy miró brevemente a los ojos de su antiguo compañero, pero no encontró en ellos la rivalidad que esperaba. En lugar de eso, vio a un hombre que luchaba contra una emoción desconocida. Lady Sylvanie se giró a mirar a Darcy, enarcando una ceja para rogarle su comprensión. Darcy volvió a mirar a Manning y luego asintió con la cabeza en señal de que retiraba su solicitud.

– Milady -comenzó a decir otra vez Manning, en voz baja y contenida-, por favor permítame que le muestre mi agradecimiento una vez más. Su amabilidad con mi hermana ha sido de gran ayuda. La he dejado durmiendo tranquilamente, ¡algo que no pensé que fuese posible después de esta tarde! -Manning le lanzó una mirada a su otra hermana e hizo una mueca de disgusto. Luego se dirigió nuevamente a lady Sylvanie-. Usted le ofreció un consuelo mucho mayor del que le brindó mi hermana. Ella sólo estuvo cinco minutos con Bella, antes de comenzar a acosarla a preguntas… con la intención de que le contara todo el horroroso asunto. ¡Estúpida mujer! -Hizo una pausa y luego concluyó con voz suave-: Estoy en deuda con usted, señora.

– Lord Manning. -Darcy alcanzó a oír la melodiosa respuesta de la dama con claridad, a pesar de que ella le estaba dando la espalda-. ¿Cómo podría haberme negado a brindarle un poco de consuelo a su pobre hermana? Su angustia despertó mi compasión enseguida y el único agradecimiento que puedo desear es saber que mis esfuerzos resultaron de alguna utilidad.

– Nunca lo olvidaré -insistió Manning-, como tampoco olvidaré el papel que desempeñaste tú, Darcy. ¡Dios, qué asunto tan horrible! -Manning suspiró y guardó silencio. Luego tomó el tenedor y se concentró en su comida.

Con una sonrisa fugaz, teñida de un poco de rubor, lady Sylvanie se percató de la evidente expresión de aprobación que vio en los ojos de Darcy, pero enseguida volvió a adoptar su impasible compostura. Eso fue suficiente, sin embargo, para mostrarle al caballero que su acompañante tenía un corazón bondadoso, así como un alma de artista, sintiéndose complacido con sus descubrimientos.

– No tuvimos el placer de disfrutar de su compañía esta tarde -comenzó a decir Darcy-. Espero que ya se encuentre mejor, milady. ¿O acaso está ocultando su malestar? -preguntó, al recordar su mirada de dolor antes de empezar la canción.

– Usted se está acordando de mi canción, señor Darcy. -Lady Sylvanie posó fugazmente los ojos en Darcy, pero la fuerza de su mirada parecía momentáneamente oscurecida-. ¡Qué capacidad de percepción! ¡Esa es una cualidad muy poco común en un hombre! Sí, ya estoy recuperada de la imprudencia que cometí anoche y le agradezco su interés. Lo que usted vio hace un rato ha sido debido, simplemente al triste contenido de la canción.