– Milady. -La voz de lady Sylvanie había perdido toda su melodiosidad-. Eso se puede probar fácilmente. ¿Acaso no fue usted quien escribió todos los nombres? Entonces examine las papeletas y vea si hay alguna que no esté escrita con su letra.
– A mí todas me parecen iguales. -Monmouth miró las papeletas por encima del hombro de lady Felicia-. Ríndase, milady; ha sido un simple error… un ingenioso truco. No obstante -dijo sonriendo-, usted no podrá contar con Darcy. -Lady Felicia le lanzó una mirada indignada, que tiñó sus mejillas, o cuando se giró hacia lady Sylvanie, ya había recuperado la compostura. Al ver la palidez de su rostro y la mirada de sus ojos, Darcy no pudo evitar pensar en un venado atrapado por la mira de un cazador. Sin decir palabra, lady Felicia hizo una reverencia rápida y se retiró al otro extremo del salón.
Monmouth observó durante unos instantes a lady Felicia, que se retiraba del campo de batalla, y luego miró a Darcy, con las cejas levantadas en señal de asombro.
– Una victoria más bien fácil, ¿no te parece, Darcy?
Darcy rodeó la silla en la que estaba sentada lady Sylvanie y se inclinó para captar la atención de la dama. Ella levantó su rostro para mirarlo y sus ojos grises brillaban divertidos, pero el caballero notó que también estaban buscando su aprobación. Darcy le respondió con una sonrisa que le arrancó a la dama una carcajada cargada de más felicidad de la que le había oído expresar hasta el momento.
– Una victoria fácil, sin duda, Tris -dijo Darcy por encima del hombro-, pero me pregunto quién ha ganado.
El juego de las charadas transcurrió rápidamente Para sorpresa de Darcy, fue bastante agradable y Felicia se mantuvo alejada de él y de los otros caballeros de una manera que se ajustaba más a la idea que Darcy tenía de la forma correcta en que debía comportarse la prometida de su primo. Monmouth y lady Beatrice fueron unos compañeros de juego muy agradables, tan ingeniosos en sus propias mímicas y poses como en la deducción de las de sus oponentes. Él y lady Sylvanie fueron menos ágiles en la representación de sus papeles, pero apoyaron al grupo con agudas observaciones y la rápida identificación de los temas y las frases del equipo contrario.
Cuando las damas finalmente se levantaron, Darcy sintió un poco de pesar al pensar en lo corta que había sido esa parte de la velada. La verdad es que se había divertido, y sabía a quién le debía esa diversión. Junto a los otros caballeros, se colocó en fila al lado de la puerta para desearles buenas noches a las damas, a medida que iban abandonando el salón. Cuando llegó el turno de que lady Sylvanie se despidiera de él, Darcy no pudo evitar el impulso de tomar su mano y retenerla sólo un momento. Ella levantó la vista para mirarlo y le sonrió con una pregunta:
– ¿Sí, señor Darcy?
– Un momento, milady, por favor -respondió él en voz baja-. Esta noche he pasado un rato más agradable del que esperaba.
La sonrisa de la dama pasó de la simple cortesía a ser algo totalmente distinto y, como había ocurrido varias veces esa noche, Darcy se sintió atrapado por el misterio de esos ojos.
– Lo mismo digo, señor -respondió ella suavemente-, mucho más agradable. -Lady Sylvanie suspiró delicadamente y retiró la mano-. ¿Puedo preguntarle si va usted a jugar a las cartas con los otros caballeros esta noche? -Al oír que era probable que así fuera, ella apretó un poco los labios y luego se inclinó hacia él-. Juegue mirando hacia una ventana -susurró. Al ver la mirada de incredulidad de Darcy, explicó-: Es una vieja superstición. No puede hacerle ningún daño, y a mí me hará feliz saber que usted tiene una pequeña ventaja sobre los demás, en agradecimiento por el placer de esta velada.
– Como usted quiera, milady. -Darcy volvió a hacerle una reverencia y, tras dedicarle una última sonrisa, la dama salió del salón.
– ¿Qué les parece si nos retiramos un rato -preguntó Sayre- y nos encontramos en la biblioteca dentro de media hora, caballeros? -Miró a su alrededor mientras todos asentían e hizo una inclinación antes de marcharse-. ¡Bien, bien! Me pregunto si esta noche llegaremos a jugarnos esa espada, Darcy, ¿qué dices?
– La decisión es tuya, Sayre -respondió Darcy de manera distraída, todavía un poco turbado por la última visión de la dama.
– Entonces tal vez sea esta noche. Ya veremos, ¿no es así? -Lord Sayre se frotó las manos. Darcy hizo una inclinación, salió y se dirigió a su habitación, Para ponerse una ropa más cómoda con la cual enfrenarse a las batallas de la suerte con las que concluiría la velada.
Rememorando los placeres de la noche, llegó hasta su puerta, entró por su propia mano y avanzó hasta el vestidor, antes de percatarse de que Fletcher no estaba. Las velas ya casi se estaban apagando, aunque al lado de cada candelabro había velas nuevas cuidadosamente dispuestas. La ropa para el juego de la noche estaba lista, así como un par de cómodos zapatos. De hecho, todo estaba preparado, pero no había ni rastro de Fletcher. Lo llamó por las escaleras de servicio desde el vestidor, pero no obtuvo respuesta alguna. Cerró la puerta y se dirigió hacia el candelabro más cercano. Reemplazó las velas consumidas y lo agarró para examinar el vestidor. Todo estaba organizado con el meticuloso orden de Fletcher, incluso la forma en que reposaban sobre la cómoda su cepillo del pelo y su peine.
Incómodo por la ausencia de su ayuda de cámara, Darcy puso el candelabro sobre una mesa cercana con un gesto de preocupación y comenzó a soltarse el nudo de la corbata. Tal vez había sido una imprudencia enviar a Fletcher a buscar pistas sobre el responsable del sacrificio en la Piedra del Rey. El hombre era un experto en reunir información, pero la mano que estaba detrás de esa abominable acción difícilmente descuidaría los detalles. Dado el carácter sangriento de las pruebas, era posible que hubiese puesto en peligro a Fletcher tontamente.
– ¡Maldición! -estalló de repente, dirigiendo aquel reproche tanto a su propia imprudencia al arriesgar de esa manera a un hombre tan bueno, como al nudo que ese mismo hombre le había hecho alrededor del cuello-. Paciencia, Darcy -se dijo, y como recompensa, el nudo se aflojó de repente. Después de deshacerlo, se quitó la corbata; luego siguieron la chaqueta y el chaleco, aunque esto le costó un poco de trabajo y se le ocurrieron unas cuantas observaciones airadas sobre la inteligencia del hombre que había decretado que la ropa de los caballeros fuese tan ceñida. Regresó a la cómoda, se quitó los gemelos y los puso sobre la mesa, y luego se quitó los zapatos. Volvió a mirar hacia la puerta que daba a la escalera de servicio, pero no oyó ningún ruido de pasos, ni rápidos ni lentos. Se quitó los pantalones de gala y los tiró al lado de la chaqueta. Se puso los pantalones que Fletcher le había dejado listos y se dispuso a abrocharlos, mirando otra vez hacia la puerta, con la esperanza de que Fletcher estuviese al otro lado, pero todo siguió igual. Suspiró con consternación. No le quedaba más remedio que ir a la biblioteca.
Cuando le faltaban sólo los zapatos y el chaleco, Darcy avanzó hacia el lugar donde Fletcher los había dejado y deslizó un pie dentro del zapato, mientras se estiraba para agarrar el chaleco. Un crujido suave llegó hasta sus oídos al sentir que en el zapato había algo que le impedía asentar el pie apropiadamente. Se inclinó, tomó el zapato y lo acercó a la luz. Allí metido había un trozo de papel. Darcy lo sacó y, tras acercarlo al candelabro, lo alisó y leyó:
Señor Darcy:
Si usted está leyendo esta nota es porque todavía no he regresado de buscar la explicación a un curioso acontecimiento que puede tener algo que ver con sus preocupaciones. Tan pronto como usted salió para la cena y antes de organizar el vestidor, puse la manga de su chaqueta a remojar en la lavandería del primer piso. Cuando regresé arriba, encontré que su cepillo y su peine no estaban donde los habíamos dejado. No puedo decir qué puede significar esto, ¡pero intento averiguarlo! He hecho buenas relaciones con la servidumbre de lord Sayre y las criadas de las damas y mis compañeros ayudas de cámara me miran con cierto respeto. (¡La fama del roquet ha llegado incluso hasta Oxfordshire!). Todos, menos una persona, a quien voy a vigilar de cerca esta noche. Espero regresar para ayudarlo cuando termine su velada con los caballeros esta noche y espero tener algo importante que contarle, señor.