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Su obediente servidor,

Fletcher.

Aliviado, Darcy arrugó la nota. Luego la llevo a la habitación y la arrojó al fuego. Las llamas lamieron el trozo de papel con voracidad y lo redujeron a cenizas en segundos, bajo su atenta mirada. ¡Así que alguien había estado en su alcoba! Evidentemente no faltaba nada; si algo faltara, Fletcher se habría dado cuenta enseguida. Pero ¿por qué había venido alguien si no era para robar algo, y luego se había marchado después de manipular solamente su cepillo del pelo. ¿Y cómo había hecho Fletcher para suponer que podía haber una conexión entre su cepillo, entre una infinidad de cosas, y el descubrimiento de esa tarde en la piedra del Rey? Regresó al vestidor y terminó de arreglarse. Tendría que olvidarse de esos asuntos si quería regresar ileso a su habitación, después del juego de esa noche; y a pesar de lo mucho que detestaba sucumbir a la trampa de Sayre, la verdad es que sí le gustaría ganar aquella estupenda espada. Apagó la mayor parte de las velas y dejó sólo unas pocas encendidas en espera del regreso de Fletcher y, con el ferviente deseo de que los dos tuvieran suerte aquella noche, abandonó la habitación.

– ¡Señor Darcy! ¡Señor Darcy! -El tono de urgencia de Fletcher y una tímida palmadita en el hombro hicieron que Darcy se enderezara en la silla sobresaltado.

– ¡Fletcher! -comenzó a decir con voz débil, pero un bostezo lo interrumpió-. ¿Dónde demonios estaba? ¿Qué hora es?

– Las tres menos cuarto, señor -respondió Fletcher con tono de disculpa-. Le ruego que me perdone, pero no lo pude evitar. ¿Encontró mi nota, señor?

– Sí. -Darcy se levantó de la silla dura que había elegido para espantar el sueño y se estiró hasta que algunos de sus huesos crujieron con fuerza-. ¡En mi zapato! ¡Qué lugar tan singular para dejarla! -Mientras contenía otro bostezo, Darcy señaló la cómoda-. Ahora bien, ¿qué es esa historia? ¡«Simple y sin adornos», por favor!

– Como escribí en la nota, señor… Cuando regresé de la lavandería, me di cuenta de que su cepillo y su peine no estaban donde los habíamos dejado. Resultaba evidente que una o más personas habían invadido su intimidad. -Fletcher tenía una expresión seria que concordaba con la importancia de sus palabras-. Señor Darcy, ¿para qué querría alguien su cepillo del pelo?

– No me lo imagino, Fletcher -respondió Darcy secamente, antes de sucumbir a otro insistente bostezo- y no quiero jugar a preguntas y respuestas a las tres de la mañana. -Se inclinó y se sirvió un vaso de agua de la botella que había sobre la mesita de noche.

– Un hechizo, señor.

– ¿Qué? -El agua se derramó por el borde del vaso, mientras Darcy levantaba la mirada con asombro-. ¡Un hechizo! ¿Habla usted en serio?

– Nunca había hablado tan en serio, señor Darcy. -Fletcher le devolvió la mirada de incredulidad con un aspecto sombrío-. Quienquiera que haya invadido su habitación estaba buscando algo con lo que fabricar un hechizo. Y los cabellos de su cepillo servían perfectamente para ese propósito, pero me temo que eso no fue todo lo que se llevaron. -Fletcher hizo una pausa y movió la barbilla con consternación, antes de continuar-: Aunque no estoy seguro, creo que también falta la toalla con la que le limpié la sangre del corte que se hizo al afeitarse hace dos noches.

– ¡Por Dios! -Darcy jadeó, al tiempo que se desplomaba sobre el borde de la cama. Ayer por la mañana habría descartado esa teoría por considerarla absurda; pero después de los acontecimientos del día, tenía mucho sentido. Era un asunto de la misma naturaleza que el abominable descubrimiento de esa tarde en las piedras. Darcy no podía saber con certeza hacia quién estaba dirigido ese horror, pero no había duda de que él era el objeto de éste.

– Así es, señor -respondió Fletcher, y sus ojos se cruzaron con los de su patrón, con complicidad, como si fueran amigos-. Realmente, un asunto «de las tinieblas».

Una oleada de indignación invadió su pecho. Que alguien tratara de controlar su destino, ya fuera por medios naturales o sobrenaturales, lo conmovió profundamente. Lo mismo había sucedido con Wickham, que había tratado de controlarlo mediante una incesante manipulación. El hecho de que el origen del «poder» que se buscaba invocar mediante ese intento de obligarlo a plegarse a la voluntad de otra persona fuera una cosa diabólica no representaba para Darcy más que la evidencia de la perversidad de la mente que lo había concebido. Lo que más lo enfurecía era la intención que se escondía detrás de semejante proceder.

Se levantó de la cama rápidamente, con la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados y brillantes por la ira, y comenzó a pasearse de un lado a otro.

– Entonces yo soy el objetivo de este detestable asunto. -Se detuvo ante la puerta del vestidor, mirando fijamente el cepillo y el peine que reposaban sobre la cómoda, antes de girarse bruscamente hacia Fletcher-. Pero ¿quién es nuestro Próspero y qué espera lograr con esto? ¿Qué es lo que quiere de mí?

Fletcher rompió el breve silencio que descendió sobre la habitación después de la última pregunta de su patrón.

– Señor, yo me atrevería a decir que hay dos posibilidades. La primera es…

– ¡Dinero! -Darcy terminó la frase-. No se necesita ser un genio para percibir la urgente necesidad de dinero que se respira en el castillo de Norwycke. Pero ¿me está usted pidiendo que crea que Sayre está detrás de esto?

– ¡Yo no estoy acusando a nadie, señor! -Fletcher negó con la cabeza-. No tengo ninguna prueba contra lord Sayre o su hermano.

– ¡Trenholme! ¡Ése sí que es un sinvergüenza! -Darcy pensó en el hombre con repugnancia-. Pero estaba terriblemente ebrio durante la cena y necesitó que lo ayudaran a subir a su habitación.

– O fingió estarlo -añadió Fletcher con actitud pensativa-. Pero debo decir nuevamente que no tengo ningún cargo contra él o su ayuda de cámara, excepto por su negligencia con las responsabilidades de la profesión. Ese joven se ha convertido prácticamente en mi sombra desde que llegamos. Le hace falta un poco de cerebro. Pensar que yo voy a revelar mis habilidades por nada… -Suspiró con desprecio.

– Ni a Sayre ni a Trenholme les falta cerebro, ¡y este asunto es totalmente descabellado! -Darcy interrumpió la digresión de su ayuda de cámara sobre la competencia profesional de sus colegas-. ¿Cómo podría un hechizo «embrujar» parte de mis rentas para que yo salvara a Sayre de las pérdidas y las deudas en que ha caído? Él debe saber, al igual que los demás, que yo nunca juego en exceso. ¿Acaso nuestro Próspero piensa que con un poco de sangre y de cabello puede influenciarme para que le regale Pemberley?

– Más que un poco de sangre, señor, de acuerdo con su descripción -dijo Fletcher. Al oír esto, Darcy se detuvo y miró a su ayuda de cámara, que lo observaba con una ceja enarcada.

– ¡La Piedra del Rey! -Darcy abrió los ojos-. ¿Acaso esto también puede estar relacionado con eso?

– Es posible, señor Darcy, en efecto; o puede ser otra cosa totalmente distinta. Pero yo creo que las semejanzas entre los dos sucesos indican la presencia de la misma mano o manos.

El caballero asintió con la cabeza para mostrar que estaba de acuerdo con la conclusión de Fletcher, pero su utilidad le pareció limitada.

– ¿Y la otra posibilidad…? -Dejó la pregunta en el aire.