De repente, Darcy recordó una escena de la noche anterior: Trenholme hirviendo de ira, mientras lady Sylvanie lo miraba con indiferencia. La explicación de ese curioso intercambio era evidente ahora. Cuando él entró en el salón, Trenholme debía estar tratando de obligarla a atender a los caballeros durante la velada, pero ella se negaba de manera fría. Sin embargo, cuando los ojos de la dama se encontraron con los suyos, ella le sostuvo la mirada.
– Por todo lo que puedo observar, señor -continuó Fletcher con el mismo tono de desconcierto- no tiene ningún sentido que lady Sylvanie quiera prolongar su estancia en el castillo de Norwycke. Sería mucho más razonable esperar que ella se apresurara a aprovechar la oportunidad que le brindó su padre. Sin embargo, prefiere quedarse y nadie puede encontrar una razón que explique su intransigencia. Sobre eso hay absoluto silencio. -Fletcher sacudió la cabeza con irritación-. La dama sólo confía en su criada, una vieja sirvienta, muy cercana a ella, que trajo desde Irlanda y quien, a su vez, no se trata con nadie que no sea su señora. Los criados del castillo la detestan y, cuando ella está por ahí, procuran apartarse de su camino. -Fletcher se detuvo para soltar un largo suspiro-. Ella es la persona que mencionaba en mi nota, señor Darcy. Merece la pena vigilar un poco a esa mujer y eso es lo que estuve haciendo la mayor parte de esta noche, pero sin mucho éxito. Dudo mucho -concluyó con amargura- que yo pueda obtener algo de ella, señor.
Darcy volvió a bostezar, cuando el reloj dio la campanada de las tres y cuarto. La verdad que se ocultaba tras la información de Fletcher estaba demasiado escondida como para descubrirla mientras su mente y su cuerpo reclamaban con insistencia el dulce alivio del sueño. Aquel asunto requería una mente más despejada de la que él tenía ahora. Pero primero había que elogiar el eficaz servicio de su ayuda de cámara; tenía esa obligación con Fletcher, de la misma forma que encontrar una esposa era una obligación con su apellido.
– Bien hecho, Fletcher -afirmó Darcy con auténtica sinceridad-. ¡Yo no habría podido descubrir ni la cuarta parte de esa información en una semana entera! Usted se ha ganado el descanso que nos esta llamando a los dos.
La expresión inquieta del ayuda de cámara pareció desvanecerse al oír las palabras de Darcy, pero cuando se levantó de la inclinación que hizo en agradecimiento, su rostro parecía todavía más marcado las líneas de la preocupación.
– Gracias, señor Darcy, pero no puedo estar tranquilo con este asunto. Es un verdadero huevo de serpiente que puede romperse en cualquier momento y hacerle daño. Con su permiso, me instalaré en el vestidor y dormiré ahí hasta que logremos matarla o nos marchemos de este lugar.
– ¡Espero que usted no dé crédito a todos esos «encantos y conjuros» otelianos! -dijo Darcy, mirándolo con curiosidad.
– Por supuesto que no, señor Darcy -protestó Fletcher-. Todo «poder» sobrenatural invocado por esos repugnantes encantamientos fue neutralizado hace mucho tiempo. Lo que yo respeto, señor, es la perversión natural y la desesperación que se esconden tras esas despreciables ilusiones. Yo no confiaría totalmente en la providencia cuando el cielo ha hecho una advertencia.
– Como quiera. -Darcy estaba demasiado cansado para poner objeciones al plan de Fletcher y tampoco estaba totalmente seguro de que no fuera una precaución prudente. Todo se había vuelto demasiado confuso como para rechazar de antemano algo que podía jugar en su favor. Se recostó contra los almohaces de la magnífica cama.
– Entonces, buenas noches, señor Darcy. -Fletcher hizo otra inclinación-. Y que Dios lo acompañe, añadió, mientras cerraba suavemente la puerta del vestidor.
9
La última persona que Darcy esperaba encontrar al entrar en el comedor del desayuno al día siguiente era el poco honorable Beverly Trenholme. Pero allí estaba, con los codos sobre la mesa y la cabeza apoyada entre las manos, y una enorme taza de café negro humeante a unos cuantos centímetros de su nariz. Trenholme levantó momentáneamente la cabeza al oír los pasos de Darcy sobre el suelo de madera, pero sólo lo suficiente como para identificar al dueño de esos pasos, y enseguida volvió a dejarla caer entre las manos.
– Oh… eres tú, Darcy -gruñó Trenholme mientras se masajeaba las sienes.
– En efecto -respondió el caballero de manera brusca y se acercó a las bandejas para buscar algo para desayunar. La forma tan censurable en que Trenholme se había portado la noche anterior, sumada a los descubrimientos de Fletcher, hacía que Darcy tuviera dificultades para soportar la compañía de aquel hombre. Si no fuera porque su estómago protestaba de hambre, se habría marchado enseguida. De hecho Fletcher le había preguntado si prefería que le subieran el desayuno, pero él había dicho que no, con la esperanza de encontrar algo que diera un poco de sentido a los sucesos del día anterior. Así que ahora tendría que compartir el desayuno con un caballero hosco y cuyo comportamiento dejaba mucho que desear.
Trenholme frunció el ceño de tal forma cuando colocó el plato sobre la pulida superficie de la mesa, que Darcy estuvo tentado a dejar caer los cubiertos. Pero muchos años de buena educación hicieron que contuviese ese impulso. Así que se limitó a poner delicadamente los cubiertos sobre la mesa y se sentó con la intención de terminar rápidamente e ignorar a Trenholme. Su acompañante lo complació guardando silencio durante la mayor parte del desayuno, interrumpido solamente por intermitentes gruñidos y suspiros, mientras consumía lentamente la bebida hirviente que tenía ante él. Libre para contemplar su propia situación, Darcy masticó tranquilamente el jamón, los huevos cocidos y la tostada con mantequilla que había colocado en su plato, mientras pensaba en lo que podía hacer. Se encontraba en una situación que sólo parecía resolverse marchándose rápidamente del castillo de Norwycke, pero esa actitud sería considerada poco menos que un insulto hacia su anfitrión. Y aunque estaba casi dispuesto a aceptar esa consecuencia, lo detenía pensar en lo que esa deserción podría significar para cierta dama. La naturaleza protectora de su carácter, que se manifestaba en el celo con que cuidaba a su hermana, se preocupaba ahora por la suerte de la hija asediada del castillo. Aunque ese impulso todavía no lo había llevado al punto de desear proponerle matrimonio, Darcy sentía que no podía abandonar a lady Sylvanie en medio de las maquinaciones de sus parientes o, torció la boca con asco de quienquiera que estuviese jugando a hacer de hechicero.
Proponerle matrimonio. La idea volvió a su cabeza y lo sobresaltó. ¿Cómo sería la vida con lady Sylvanie a su lado? En cuanto a educación, modales e inteligencia, ella estaba bien cualificada para convertirse en la dueña de sus propiedades y la madre de sus herederos. Darcy no podía pedir una mujer con un porte más hermosamente austero y que, sin embargo, estuviese rodeada de poesía. Como era la hija de un marqués, cualquier caballero que ocupara una posición importante en la sociedad la consideraría un buen partido, a pesar de su falta de dote. Además de las consideraciones prácticas, Darcy se sentía atraído hacia ella. Sin duda, su compañía era preferible a la de cualquier otra mujer presente en el castillo, y a la de la mayoría de las jóvenes que le habían sido presentadas como posibles parejas. Además, como su esposa, lady Sylvanie contaría con su protección frente aquellos que amenazaban y disfrutaría de la posición y la dignidad que le habían sido negadas de manera tan cruel.