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– Mmm -murmuró Darcy y le hizo señas a Fletcher para que caminara a su lado mientras seguían avanzando-. ¿Y cómo supo usted dónde estaba yo?

– Las sirvientas, señor.

– ¿Ahora las sirvientas, Fletcher? -Darcy miró al ayuda de cámara con desaprobación.

– Las sirvientas son una fuente inagotable de información, señor. -Fletcher suspiró-. Porque, como el Creador, están en todas partes y la gente nunca nota su presencia. -Darcy enarcó las cejas-. Perdón señor -añadió rápidamente. Tras unos segundos de caminar en silencio, continuó-: Le prometo, señor Darcy, que me he comportado como corresponde.

– Confío en que así sea, Fletcher. -Darcy suspiró-. Por ahora tengo más razones para estar contento con su conducta que… ¡Fletcher! -Darcy se detuvo y metió dos dedos en el bolsillo de su chaleco, sacó los hilos de bordar y los agitó frente a la nariz de su ayuda de cámara-. Ha tomado esto de mi joyero para colocarlo en mi bolsillo, ¿no es así?

– Y-yo noté que usted los había dejado en el joyero, señor -tartamudeó Fletcher-. Como usted los había llevado en el bolsillo desde Hertfor… durante varias semanas. -Darcy notó que Fletcher evitó mencionar el nombre del condado, pero no dijo nada-. En medio de toda esta locura, pensé que deberían volver a su bolsillo, señor.

– ¡Usted me dijo que no creía en hechizos, Fletcher! -exclamó Darcy con tono acusador. Al llegar a la puerta de la habitación, el caballero esperó a que Fletcher la abriera, y una vez que se encontraron protegidos por los muros de la alcoba, Darcy se dirigió hasta la ventana y rompió el sello de la carta, mientras el ayuda de cámara le acercaba una silla.

– Mire, señor. -Fletcher colocó la silla de manera que le permitiera a Darcy tener mejor luz-. ¡Y no creo en hechizos! Pero hay momentos en que, como dijo Shakespeare, «el paciente debe ser su mismo médico».

– ¿Qué quiere decir? -Darcy levantó la vista con impaciencia de las cartas, mientras las alisaba contra la rodilla.

– Quiero decir, señor -Fletcher respiró hondo y se sumergió en un discurso que los dos sabían que podría costarle el puesto-, que los puse en su bolsillo para recordarle el «hechizo» muy distinto de otra jovencita. Una que ensombrece fácilmente a otras que se hacen llamar «señoras».

– ¡Se atribuye usted demasiadas responsabilidades, Fletcher! -exclamó Darcy furioso-. Está llegando al límite de la insolencia. Y no tiene nada que decir sobre la mujer que se vaya a convertir en mi esposa, sea quien sea.

– Sí, señor Darcy. -Fletcher palideció ante la ira de su patrón, pero continuó-: Ya sé que he traspasado de forma imperdonable los límites de mis competencias. Pero desearía, verdaderamente, apreciar a la afortunada dama que usted elija y verlo a usted feliz, señor.

Con los labios apretados, Darcy miró a su ayuda de cámara con incomodidad.

– Tal vez yo no sea el único aquí que necesita el consuelo de una esposa -gruñó, esperando recibir una negativa rápida y contundente. Pero para su sorpresa, el ayuda de cámara se puso colorado y sonrió de manera estúpida.

– ¿Ya lo sabe, señor? Yo había creído… Pero, claro… No, eso no puede ser. ¿Cómo, señor? -Resultaba insoportable ver los movimientos nerviosos de Fletcher mientras trataba de hablar.

– ¿Saber qué, hombre? -gritó Darcy, sorprendido ante la extraña reacción de Fletcher y al mismo tiempo ansioso por terminar con aquella charla para poder leer sus cartas. Tal como había sospechado, había dos cartas y la de Georgiana reposaba entre la de Dy.

– Annie -dijo finalmente Fletcher, como si tuviera un nudo en la garganta-. Es decir, la señorita Annie Garlick, mi futura esposa, señor.

– ¡Su futura esposa! ¿Se va usted a casar? -Darcy cruzó los brazos sobre el pecho y se recostó en la silla, observando a su ayuda de cámara con asombro-. Fletcher, ¿cuándo ha sucedido semejante cosa y quién es esa mujer?

– Justo antes de Navidad, señor. ¿Recuerda usted que me fui antes de Pemberley para invertir el regalo de lord Brougham? -Darcy asintió-. Bueno, señor, la «inversión» fue Annie. El regalo de lord Brougham me ha dado seguridad suficiente para permitirme sostener a mis padres, una esposa y una familia. -Guardó silencio un momento y carraspeó, luego echó los hombros hacia atrás con evidente satisfacción-. Ella respondió afirmativamente, señor Darcy, pero el feliz acontecimiento no tendrá lugar hasta que yo obtenga su consentimiento y su nueva patrona se case. Así que no había dicho nada, pues la dama no tiene de momento ningún pretendiente, señor.

– Entonces, ¿es una mujer de buen carácter? ¿Traerá usted a Pemberley una persona valiosa? -Darcy conocía el deber que tenía con su ayuda de cámara y también sabía lo que le convenía a sus propios intereses. Contratar a una criada de fuera era suficientemente arriesgado, pero traer como esposa a alguien de fuera podía ser desastroso para la tranquilidad doméstica de Pemberley.

– ¡Del mejor carácter, señor Darcy! Una buena cristiana. -Fletcher parecía radiante-. Tan modesta como adorable, y usted mismo puede dar fe de ello.

– ¿Yo? ¿Y dónde la he visto yo? -Darcy se enderezó en la silla, mientras se disparaban sus sospechas.

– En noviembre pasado, señor, en la iglesia de Meryton, aquel domingo. ¡Tiene que acordarse!

Sin hacer ningún esfuerzo, Darcy comenzó a recordar imágenes de ese día: la melodiosa voz y los rizos juguetones de Elizabeth Bennet a su lado, mientras leían las oraciones del libro que estaban compartiendo; la importancia que habían dado a las palabras que habían leído, los salmos que habían cantado. Darcy suspiró.

– Sí, recuerdo ese día, pero… no se referirá usted a la joven que defendió de aquel bruto en mitad de la iglesia, ¿o sí? -Darcy miró con interés a su ayuda de cámara, que levantó la barbilla con orgullo.

– Sí, señor. Mi pobre niña no tenía entonces quién la defendiera, pero ahora está a salvo. Entre su reputación como patrón, señor, y el cuidado de su nueva señora, ella estará bien y segura hasta que pueda reunirse conmigo.

– Mi reputación… -repitió Darcy en voz baja, levantándose para acercarse a la ventana. Al volver a mirar a su ayuda de cámara, que obviamente estaba un poco nervioso esperando sus comentarios sobre aquellas noticias tan excepcionales, Darcy asintió con la cabeza-. Claro que tiene usted mi consentimiento, Fletcher y le deseo que sea muy feliz -dijo con firmeza.

– ¡Oh, gracias, señor Darcy! ¡Los dos se lo agradecemos, señor!

El caballero levantó una mano.

– Pero usted ha cumplido sólo con la mitad de las condiciones de su futura esposa. Parece que la parte más difícil aún está pendiente. Tal vez pueda aplicar sus nada despreciables habilidades en ayudarle ahora a encontrar un esposo para su señora… y me permita leer mis cartas -terminó con énfasis.

– ¡Sí, señor! ¡Claro, señor! -Fletcher volvió a esbozar una sonrisa estúpida, hizo una elegante reverencia y se retiró hacia la puerta del vestidor-. ¡Gracias, señor!

– ¡Fletcher!

– ¡Sí, señor! -La puerta se cerró y por fin un magnífico silencio reinó en la habitación. Darcy se volvió a asomar a la ventana, con las cartas todavía en la mano. Estaba nevando otra vez. Los grandes copos de nieve se estrellaban contra el cristal al caer desde las oscuras nubes. El jardín vallado que había abajo miraba al cielo con resignación, a medida que una nueva capa se extendía sobre él, cubriendo de nuevo las semillas que dormían llenas de esperanza en las jardineras.

¿Qué había estado a punto de hacer? La asombrosa confesión de Fletcher y el júbilo que sentía por la perspectiva de su futuro matrimonio le sirvieron para concentrarse en lo que había sucedido. La forma en que lo habían tentado, el estado de indefensión y susceptibilidad en que se encontraba y lo cerca que había estado de sucumbir a la tentación lo sacudieron como un puñetazo en el estómago. ¿En qué estaba pensando? ¿Acaso estaba pensando? Después de una fría reflexión, creyó realmente que se había dejado arrastrar por la intensidad y la pasión de lady Sylvanie sin pensar. La dama era hermosa, de eso no cabía duda, y de un linaje y una posición aceptables, incluso honorables. Su inteligencia, su talento y su elegancia eran innegables. Por otra parte, el infame trato que había recibido a manos de su familia y la manera en que Darcy la había visto defender con fiereza su nueva independencia lo habían atraído todavía más, pues habían apelado a su sentido de la justicia.