– ¿Desea usted algo antes de bajar a tomar el té, señor Darcy? -Fletcher hizo una reverencia una vez que el caballero lo autorizó a entrar.
– Bueno, la verdad es que sí, Fletcher -contestó el caballero con tono sarcástico-. ¡Hágame un favor y trate de detener esa nieve!
– ¿La nieve, señor? -La expresión intrigada de Fletcher se transformó en una actitud de preocupación-. ¡Sus cartas, señor Darcy! ¡Espero que no haya pasado algo malo!
– ¡No en Londres, no! Todo lo malo está sucediendo exactamente donde nosotros estamos. -Se rió con cinismo-. Incluso lord Brougham me anima a marcharme de aquí a la mayor brevedad porque, utilizo sus propias palabras, «he ido a caer en un nido de víboras».
– ¡Una acertada descripción, señor! -asintió Fletcher.
– Sí, bueno… no me puedo marchar enseguida ¿o sí? ¡Esta maldita nieve! -Se dirigió hacia la ventaba, donde Fletcher se reunió con él para levantar ambos la mirada al cielo.
– Bueno -dijo el ayuda de cámara, suspirando al tiempo que se retiraba de la ventana-. No puedo hacer más por el tiempo que lo que puede hacer cualquier mortal, es decir, rezar a la providencia para que deje de nevar. -Darcy gruñó al oír sus palabras-. ¿Va a bajar a tomar el té, señor?
– Sí, supongo que tengo que hacerlo. -Darcy imitó el suspiro de Fletcher-. De momento no necesito nada. -Miró a su ayuda de cámara desde la puerta, pero de pronto se detuvo en el umbral, alertado por algo que había olvidado-. Excepto recomendarle que se cuide cuando baje al piso de la servidumbre. Cuando nos interrumpió en la galería, la vieja le lanzó una mirada asesina. Teniendo en cuenta mi imprudente comportamiento, ella seguramente lo culpa a usted del hecho de que su señora haya perdido la oportunidad de hacerse con mi apellido y mi fortuna.
– Lo haré, señor -contestó Fletcher con seriedad-, y usted, señor Darcy, también debe tener cuidado. Porque cuando la dama se dé cuenta de que ha perdido el juego, presiento que usted también estará en peligro.
10
Cuando Darcy cruzó las puertas del salón, el té ya había sido servido y todos los caballeros estaban comiendo bizcochos y dulces. Un rápido examen a todos los presentes reveló que todos los invitados y parientes de Sayre estaban presentes, excepto uno. Incluso había bajado la tímida señorita Avery. El único miembro del grupo que faltaba era lady Sylvanie y su ausencia en ese momento fue para Darcy una verdadera bendición. Los caballeros lo saludaron con entusiasmo, al igual que las damas. Lady Sayre le lanzó una lánguida sonrisa mientras él se acercaba a la mesa del té, pero cuando el caballero estiró la mano para tomar una taza, una elegante mano femenina se le adelantó.
– Lady Felicia. -Al verla, Darcy hizo una mueca que transformó hábilmente en una sonrisa de cortesía.
– Señor Darcy, por favor, permítame -dijo ella, mientras tomaba una taza y le añadía azúcar y leche-. Hacía siglos que no lo veíamos, señor. -Sonrió con malicia, mientras le ofrecía la taza de té-. ¿Ha sido por efecto del juego de anoche o de los licores de Sayre?
– Ninguno de los dos, milady -contestó Darcy secamente, molesto por la manera en que la dama parecía sugerir que él pudiera haberse emborrachado. Luego, enarcando la ceja con expresión sarcástica agregó-: Estuve explorando el castillo. Lady Sylvanie tuvo la amabilidad de ofrecerse como guía, junto a su criada.
La sombra de envidia que Darcy sabía que aparecería en el rostro de la dama se desvaneció rápidamente, mientras ella recuperaba la compostura.
– Ah, ¿lady Sylvanie y su criada? Con seguridad lord Sayre o Trenholme serían mejores guías. ¡Lord Sayre! -gritó lady Felicia por encima del hombro de Darcy.
– ¿Sí, milady? -Sayre se acercó a ellos.
– ¡El señor Darcy ha estado haciendo un recorrido por el castillo!
– ¿Un recorrido? ¿Por el castillo? -Sayre lo miró con incredulidad-. Yo no iría muy lejos, Darcy. Este lugar es una verdadera madriguera y uno se puede perder muy fácilmente. A Bev o a mí nos encantaría enseñártelo. -De repente su rostro pareció iluminarse-. De hecho, ¡ésa es una idea excelente! Se volvió hacia el resto de los invitados-. ¿Qué tal si hacemos una visita mañana por la tarde antes del te? ¿Qué os parece? -El plan fue aceptado por unanimidad, aunque sin mucho entusiasmo, pero lo suficiente como para ponerlo en marcha.
– ¿Puedo preguntarte adónde fuiste? -Sayre se volvió hacia Darcy.
– Creo que a casi todas partes: el salón de baile, la galería… Lady Sylvanie ha resultado ser una guía admirable para haber estado tanto tiempo alejada de su casa -contestó Darcy con tono despreocupado, atento a la reacción de su anfitrión.
– Sí, bueno… su madre, ya sabes… Era irlandesa. -Comenzó a explicar Sayre torpemente-. Cuando mi padre murió, lo único que quería era regresar con su propia gente. Decía que no soportaba Inglaterra sin mi padre a su lado.
– Ya veo -contestó Darcy con aire pensativo-. Tal vez sea culpa de mi mala memoria -añadió, apropiándose de una de las astutas expresiones de Dy-, pero no puedo recordar ni una sola mención sobre vuestra madrastra o vuestra hermana mientras estábamos en el colegio y en la universidad. ¿A qué crees que se debe?
– Yo también me he estado preguntando lo mismo -intervino Monmouth, que regresaba de tomar un poco de pastel-. La dama es una belleza, Sayre, ¡sin duda, no hay nada de qué avergonzarse! Y siempre digo que la belleza es una cosa valiosa para cualquier hombre, ya sea hermana o esposa. ¡A menos que la hayas estado ocultando intencionadamente! -Lo miró con curiosidad-. ¿Tienes en el punto de mira a un pez gordo, viejo amigo? ¿Y no quieres que ningún pececillo miserable vaya a morder el anzuelo? -Lady Felicia se rió con nerviosismo al percibir el sarcasmo de las palabras de Monmouth y le lanzó una mirada agitada a Darcy.
– ¡Monmouth! -rugió Sayre, con la cara cada vez más roja-. ¡Se me había olvidado lo vulgar que puedes llegar a ser! ¡En serio, vizconde!
Monmouth lejos de sentirse ofendido, le sonrió a Darcy.
– Tengo razón, ¿verdad, Darcy? ¡No me sorprendería lo más mínimo que el pez gordo seas tú! Aunque -dijo, dirigiéndose a Sayre- yo podría funcionar en caso de emergencia. Un título nobiliario, ya sabes. Pero el dinero es mejor, y Darcy es una carta más segura que yo. -Monmouth les hizo una reverencia a los dos-. Milady, Sayre. -Luego le guiñó un ojo a Darcy y añadió-: Ten cuidado, Darcy, a menos de que estés decidido a conseguir a la dama. Y si ése no es el caso, envíamela a mí, que soy un buen tipo. -Y metiéndose otro trozo de pastel en la boca, el vizconde siguió su camino.
Darcy le sonrió a Sayre con cortesía y luego se disculpó para dirigirse a la mesa. Después de servirse un buen surtido de bizcochos, ignoró la mirada invitadora de lady Felicia y prefirió tomar asiento junto a la ya recuperada señorita Avery. Allí, al menos, se encontraría a salvo, porque la tímida niña no le ofreció más conversación que una sonrisa de agradecimiento y un modesto saludo. Por desgracia, el destino no quiso dejarlos solos. Apenas se había comido un bizcocho y le había dado un sorbo a su té, cuando se les acercaron la señorita Farnsworth y el señor Poole.
– Darcy, señorita Avery. -Poole hizo una inclinación-. Me alegra mucho verla recuperada, señorita Avery. Debe haber sido una experiencia espantosa… -Dejó la frase en el aire, con una chispa de curiosidad en los ojos.
La señorita Avery se encogió y miró aterrada a Darcy, que contestó en su lugar, con una actitud muy seria:
– Sí, en efecto, Poole; y no es muy amable de tu parte que lo menciones.
– Pero, Darcy -protestó Poole, levantando la voz-; ¡nadie quiere contar lo que ha pasado! Me parece miserable que los amigos de un hombre no cuenten qué ha provocado que una de las damas que estaba con ellos tuviera un repentino ataque de histeria y tres de ellos tuvieran el aspecto de haber visto al mismísimo diablo en persona.