Al oír el arrebato de Poole, Manning se acercó rápidamente a su hermana y, tomándole la mano, se dirigió a Poole:
– Ese no es un tema apropiado para las damas, Poole -dijo, fulminándolo con la mirada.
– ¿Cómo puede ser, si todo comenzó con una dama? -interrumpió la señorita Farnsworth. Luego levantó la barbilla con grosera testarudez y sus ojos brillaron con curiosidad-. La señorita Avery sobrevivió a lo que vio; ¿por qué nosotras no podríamos sobrevivir al relato del suceso?
– Señorita Farnsworth, no creo que…
– Eso puede ser cierto, barón -lo interrumpió airadamente-, pero yo no soy la única de las damas que desea oír una explicación de lo que sucedió en las piedras. Vamos, todas somos mujeres sensatas -añadió con tono persuasivo-, y hemos escuchado múltiples historias de fantasmas desde niñas. No nos asustamos tan fácilmente. -La señorita Farnsworth miró al resto de los presentes en el salón y detuvo su mirada en el hijo más joven de la casa-. ¡Señor Trenholme! -Trenholme la miró con cautela-. Usted comenzó la excursión con la historia de los Caballeros Susurrantes. ¿Sería usted tan amable de terminar su relato con la verdad sobre lo ocurrido en la Piedra del Rey?
Trenholme se aclaró la garganta.
– Preferiría no hacerlo, señorita Farnsworth. Una cosa es una leyenda; pero lo que había allí era algo de naturaleza muy diferente.
Temblando al oír las palabras de Trenholme, lady Felicia agarró del brazo a su prima.
– ¡Mi querida Judith, yo estoy cada vez más intrigada! El señor Trenholme se niega a complacernos. Eso sólo deja a Manning y a Darcy para satisfacer nuestra curiosidad. -Se giraron juntas hacia los dos hombres-. ¿Cómo podremos persuadirlos? -En ese momento lady Chelmsford y lady Beatrice sumaron sus súplicas a las de las más jóvenes, pero Darcy notó que lady Sayre no parecía tener el mismo interés. En lugar de eso, ella, Trenholme y Sayre intercambiaron miradas furtivas.
– ¡No! -La palabra resonó en el salón y, de inmediato, la insistencia hacia los dos hombres cesó. Todos los asistentes se giraron asombrados a mirar quien había gritado y esperaron-. Y-yo les c-conta-ré lo que s-sucedió. -La señorita Avery estaba pálida, pero una tenacidad similar a la de su hermano parecía animarla a los ojos de todos.
– Bella, no es buena idea -dijo Manning.
– Y-yo m-me alejé del lado de mi hermano un poco m-molesta -comenzó a decir la señorita Avery, mientras ponía su mano sobre el brazo de Manning, buscando apoyo- y c-corrí hacia la p-piedra grande, para que nadie p-pudiera ver mi mortificación. Quise… ro-rodear la p-piedra, pero tropecé unos me-metros más adelante. Cuando recuperé el equilibrio, d-di media vuelta y lo vi. -La señorita Avery se detuvo y cerró los ojos, dejando escapar un suspiro profundo y tembloroso-. En el suelo… al p-pie de la p-piedra, había un bulto de m-mantas ensangrentadas que p-parecían un n-niño… ¡un bebé! -Levantó la vista para observar a sus oyentes-. Había sido sacrificado, al igual q-que sucede en la B-biblia, como hacían esos horribles f-filisteos. ¡Oh, George! -En ese momento se dio la vuelta y se abrazó a su hermano, temblando violentamente.
Cuando los asistentes finalmente entendieron la última alusión de la señorita Avery, se oyeron varios gritos de horror que provenían de las damas. Darcy se inclinó hacia delante, atento a las distintas reacciones que el relato de la jovencita había provocado, pues incluso la segura señorita Farnsworth se había puesto pálida y, soltándose de su prima, tuvo que apoyarse en Poole, que parecía, a su vez, bastante conmovido.
– ¡Por Dios! -dijo Poole, con voz ahogada-. ¡No estará hablando usted de un sacrificio humano! -Al oír que Poole preguntaba lo que todo el mundo estaba pensando, por el salón se extendió un griterío. Monmouth dejó de reírse y adoptó una expresión solemne y consternada. Poole ayudó a la señorita Farnsworth a sentarse y volvió a insistir-: Trenholme -preguntó, alzando la voz-: ¿Qué significa esto? ¡Tú sabías el peligro que corríamos y no dijiste nada!
– ¡Un momento, Poole! -siseó Trenholme-. ¡Tú siempre fuiste un maldito cobarde! ¿De qué habría servido decírtelo? ¿Acaso crees que alguien va a entrar furtivamente en el castillo y te va a asesinar en la cama, hombre? -Cuando Poole trató de responder, Trenholme lo detuvo-. Además, como Darcy puede atestiguar, no era un niño. Era un cochinillo. Sólo que parecía un niño.
– ¿Un cochinillo? -Monmouth entró en la discusión-. ¿Un cochinillo envuelto en pañales, Trenholme? Un truco bastante desagradable.
La cara de Trenholme se ensombreció.
– ¿Un truco? ¡Cómo te atreves!
– ¡Bev! -le gritó lord Sayre a su hermano, poniéndole una mano sobre el hombro, seguramente para contenerlo.
– ¡Maldición, Sayre, a mí no me van a echar la culpa de esto! -Trenholme se zafó y se dirigió hacia el fuego.
– He comenzado a hacer algunas averiguaciones en las aldeas alrededor de Chipping Norton -dijo Sayre, mirando primero a Poole y a Monmouth, antes de dar media vuelta para dirigirse a todo el grupo-. Pero desgraciadamente, el tiempo ha dificultado esos esfuerzos y sospecho que no sabremos nada hasta dentro de unos días. Los detalles de ese horrible descubrimiento eran tan espantosos que preferí que no se mencionara nada al respecto. Beverly sólo estaba obedeciendo mis órdenes. El hecho de que no hayáis sido informados de los pormenores es responsabilidad mía enteramente.
Apaciguado por la disculpa de Sayre, Monmouth inclinó la cabeza y se llevó el té a los labios, pero Poole no se quedó tan tranquilo.
– Milord, independientemente de sus averiguaciones, ¿qué significa esto? ¡Debe tener algún objeto!
– ¿Cómo podría saberlo, Poole? -respondió Sayre con un tono de irritación-. No tengo ni idea sobre antiguos rituales, así que mi opinión no sería más que una especulación. Lo más probable es que sea obra de alguna pobre criatura desesperada, motivada por una razón que sólo puede surgir de una mente enferma. Pero te puedo asegurar que estás seguro en el castillo de Norwycke. -Por el bien de la velada, la mayoría de los asistentes aceptaron gustosamente las palabras tranquilizadoras de Sayre, aunque no fueran muy convincentes, y el grupo se dividió nuevamente en pequeños corrillos. Sin embargo, Trenholme se quedó junto al fuego, con la taza de té en la mano y una expresión sombría.
¡Ellos lo saben! Darcy estaba seguro de eso. Sayre, Trenholme e incluso lady Sayre. Ellos saben quién hizo y probablemente también saben por qué. La historia sobre las supuestas averiguaciones era un cuento inventado para contrarrestar precisamente todas las objeciones que podían hacerles, mientras protegían sus intereses. ¿Y cuáles eran exactamente esos intereses? Mientras bebía su té y degustaba el pastel, Darcy revisó todos los retazos de información que tenía para llegar a una única conclusión, que siempre era la misma: ¡dinero! Pero, a pesar de todo, aquella respuesta no le sirvió para encajar todas las piezas de manera que pudiera componer una imagen coherente.
La señorita Avery se volvió a sentar junto a Darcy, para evitar deliberadamente la falsa simpatía de las damas y disfrutar de un rincón tranquilo mientras bebía otra taza de té. Manning se quedó a su lado como un perro guardián, que desafiaba a cualquiera que se atreviera a presionar más a su hermana con el tema.
– Otra vez estoy en deuda contigo, Darcy -dijo en voz baja y los ojos de los dos hombres se cruzaron en silenciosa comprensión por encima de la cabeza de la señorita Avery-. Como ya has hecho el recorrido del castillo -siguió diciendo Manning con tono despreocupado-, tal vez prefieras jugar otra partida de billar. Permíteme la oportunidad de saldar la cuenta, por decirlo de alguna manera. -La forma en que Manning lo había planteado, junto al gesto de sus cejas, le indicó claramente a Darcy que su compañero deseaba tener una conversación privada.