– Encantado, Manning -respondió Darcy ante el curioso ofrecimiento.
– Entonces ¿nos vemos mañana tan pronto como mi hermana se una al recorrido que ha organizado Sayre?
Darcy asintió con la cabeza.
– Nos encontraremos en la sala de billar.
– ¡Excelente! -contestó Manning con tono sereno. Luego le dijo algo en voz baja a la señorita Avery, la ayudó a levantarse y, después de disculparse con Sayre, la acompañó fuera del salón.
– Perdóneme, señor, pero debe quedarse quieto y no mover la cabeza. -Fletcher levantó la barbilla de Darcy un poco más y tomó de nuevo las puntas de la corbata de lazo para comenzar a hacer los intricados pliegues de su obra maestra. El caballero entornó los ojos con frustración, pero no se atrevió a replicar por temor a que, al hacerlo, se viera obligado a comenzar otra vez el tortuoso proceso con una nueva corbata. Se recordó con amargura que se lo había prometido a Fletcher y, según su ayuda de cámara, esa noche era el momento adecuado para aparecer con el roquet.
Le lanzó una rápida mirada al hombre, antes de clavar otra vez los ojos en el techo. Aunque las manos de Fletcher se movían con destreza al anudar su exitosa creación de lino blanco, Darcy pudo ver que la mente del ayuda de cámara estaba absorta en lo que le había relatado sobre la entrevista que había sostenido con Manning alrededor de la mesa de billar.
Cuando Darcy informó que no acompañaría al grupo durante el recorrido por el castillo, a lord Sayre no le había gustado la idea. Había fruncido el entrecejo con irritación, mientras él exponía sus razones y ofrecía sus disculpas, pero su expresión se había relajado considerablemente cuando Darcy mencionó que jugaría billar con Manning.
– Bueno, si vas a entretener a Manning, está bien -había aceptado Sayre con una sonrisa forzada-. Regresaremos de nuestra pequeña excursión justo a tiempo para que las damas se cambien de ropa para tomar el té. Luego tendremos una corta ronda de juegos de cartas con ellas, un poco de música, la cena y más tarde nos marcharemos a la biblioteca. -Golpeándose la nariz con un dedo, Sayre le advirtió con una sonrisa-: Espero que no apuestes mucho dinero al billar con Manning, Darcy, porque creo que debes tener la oportunidad de hacer una buena demostración esta noche.
Antes de salir para la sala de billar, Darcy había esperado hasta estar totalmente seguro de que Manning ya debía estar allí. Cuando llegó, oyó el fuerte golpeteo de las bolas, que se estrellaban unas contra otras.
– Manning -lo saludó Darcy, mientras se desabrochaba la chaqueta y se la quitaba.
– Darcy. -Manning se enderezó y puso a un lado su taco. El barón avanzó hacia él y luego, para sorpresa de Darcy, pasó de largo y siguió hasta la puerta, que cerró, después de revisar cuidadosamente los dos lados del corredor-. Tengo una doble deuda contigo, Darcy -comenzó a decir Manning, cuando se giró hacia él-, y detesto deber favores. ¡Quiero quedar en paz, aquí y ahora! -Manning esperó un momento a que Darcy contestara, pero luego prosiguió-: Darcy, aquí hay algo que no va bien, y no ha ido bien desde que llegaron esas mujeres.
– ¿Esas mujeres? -repitió Darcy.
– ¡Sylvanie y esa criada que trajo con ella! Todo el asunto es demasiado extraño -dijo Manning con tono irritado-. Sin embargo, Sayre no quiere oír ninguna objeción y tampoco hace nada para aclarar el asunto, excepto seguir jugando como un loco. Pronto no le quedará ni el traje.
– Es muy desafortunado, no cabe duda -contestó Darcy-, pero ¿qué tiene que ver la imprudencia de Sayre con…?
– ¿Contigo, Darcy? -Manning sacudió la cabeza-. Monmouth dio en el clavo. ¡Tú eres el «pez gordo» que, de acuerdo con los planes de Sayre, tiene que morder el anzuelo para que se le resuelvan todos sus problemas! -Manning se inclinó sobre la mesa y clavó la mirada en Darcy-. Debes saber que cuando saques de aquí a lady Sylvanie para llevarla a tu casa, en Irlanda será vendida una propiedad hasta ahora desconocida, que pertenecía a la difunta viuda del antiguo lord Sayre, y el setenta y cinco por ciento del producto de la venta vendrá a caer en las irresponsables manos de Sayre. Eso es lo que tiene que ver contigo.
– Y si yo estoy satisfecho con la dama, ¿qué me importa que Sayre tenga una ganancia inesperada? -respondió Darcy, tomando prestada otra de las habituales actitudes de Dy y fingiendo desinterés-. Yo no necesito ninguna propiedad en Irlanda.
Manning lo miró con una expresión de censura más profunda.
– Pero Sayre sí la necesita, o mejor, el dinero que puede reportarle; y con desesperación. Con tanta desesperación que no quiere analizar las circunstancias que rodean el asunto, que son más que peculiares. -Manning volvió a donde había dejado su taco y comenzó a deslizarlo hacia delante y hacia atrás entre sus dedos-. Ayer le preguntaste a Sayre por su madrastra y él te dijo que ella se había marchado de Inglaterra en medio del duelo por la muerte de su padre, ¿no es así? ¡Eso es mentira!
– Sigue. -Darcy asintió con la cabeza y tomó el otro taco.
– Sayre y Trenholme odiaban a la mujer y a su hija. Tan pronto como Sayre obtuvo el título y el control de las propiedades de su padre, las expulsó y las envió a Irlanda con una renta que sólo alcanzaba para alimentar a un ratón. -Manning apoyó el extremo de su taco contra el suelo-. Sin embargo, once años después, esa misma mujer, al morir, le dejó al hombre que la desposeyó de todos sus bienes, una importante propiedad, con la condición de que su hermanastra fuese traída de vuelta a Inglaterra y se le arreglara un matrimonio ventajoso.
– Una dama admirablemente astuta. -Darcy se encogió de hombros mientras examinaba la disposición de las bolas sobre la mesa-. Jugó bien sus cartas y le aseguró a su hija la oportunidad de tener un buen futuro.
– Yo diría que las jugó demasiado bien -replicó Manning-. ¡Piénsalo durante un momento, Darcy! Diez años después de deshacerse de su madrastra y de su hermana, Sayre casi ha logrado acabar con su fortuna y necesita dinero con desesperación. Entretanto, la hija rechazada alcanza la edad casadera. Luego se presenta en la Cancillería un caso sobre el que nadie había oído y que le adjudica a la viuda una extensión de tierra, y la mujer muere poco tiempo después. -Manning entrecerró los ojos-. Todo parece demasiado conveniente.
– No para la viuda -señaló Darcy, golpeando una bola con la punta del taco y metiéndola en un agujero.
– Tal vez también para ella. -Manning miró a Darcy-. Darcy, ¡Sayre no tiene ninguna prueba de que su madrastra esté realmente muerta, ni de que la propiedad exista!
– ¿Qué? ¡Es una broma! -Darcy dejó caer el taco sobre la mesa y se encaró a Manning-. Entonces, ¿en qué se basó Sayre para traer a lady Sylvanie de Irlanda?
– En una copia del testamento de la viuda y en el testimonio de su apoderado, un primo lejano, creo.
– ¿Y Sayre no ha enviado a nadie a Irlanda para asegurarse del asunto?
– Ah, envió a alguien para que le entregara la invitación a lady Sylvanie y la enviara a Norwycke -contestó Manning con una sonrisa amarga-, pero durante los primeros dos meses de estancia en Irlanda, el mensajero no hizo más que escribir mencionando retrasos y dificultades con el primo y los tribunales irlandeses. Parece que las tierras de la familia de la viuda están en un lugar bastante remoto, lo que hace que los viajes sean difíciles y la correspondencia sea casi imposible. Luego se suspendió toda comunicación. Sayre lleva semanas sin saber del mensajero, y tampoco ha mandado a nadie a averiguar qué pasó con él.
– Manning ¿estás diciendo que lady Sylvanie ha elaborado un taimado engaño contra Sayre y que él se niega a verlo, o a hacer algo más para descubrir la verdad? -preguntó Darcy con incredulidad-. ¡Es increíble!