Выбрать главу

Mientras la contemplaba, Charles pensó que jamás la había visto tan feliz. Estaba acostumbrada a cuidar de los demás y no temía las responsabilidades. La admiraba por eso, todo en ella le gustaba y temía el día en que tuviera que dejarla.

La última noche que pasaron juntos fue inolvidable. Audrey atrancó la puerta del dormitorio con una silla y ambos hicieron el amor hasta el amanecer en medio de la gélida atmósfera de la pequeña estancia. Al final, se abrazaron llorando. Charles no quería dejarla y ella no quería que él se fuera, pero cada uno hacía lo que tenía que hacer. Charles tenía que terminar su trabajo y Audrey tenía que quedarse para atender a los huérfanos. La decisión era dolorosa para ambos, pero no tenían más remedio que cumplirla por mucho que lo lamentaran. Audrey estaba más triste que asustada ante la partida de Charles. Dejó a los niños al cuidado de Ling Hwei y acompañó a su amante a la estación. Permaneció de pie a su lado, enfundada en las extrañas prendas que había comprado en Pekín, y Charles la miró con los ojos llenos de lágrimas sin poder hablar mientras el tren entraba lentamente en la estación. Se dirigía a Pekín y después a Tsingtao donde él tomaría un barco para regresar a Shangai e iniciar el largo viaje de regreso a Occidente. Se besaron por última vez y Charles sintió el aliento de Audrey en el rostro mientras ella pronunciaba su nombre y le miraba sonriendo. Parecía increíble que tuvieran que separarse.

– Te quiero, Charles. Siempre te querré. -Audrey lloraba a mares y apenas podía hablar-. Nos veremos pronto.

De repente, la promesa se le antojó vacía de significado.

Charles sintió los latidos del corazón de su amante a través de la chaqueta que llevaba puesta. No podía dejarla allí, le era imposible hacerlo. Una pareja de guardias armados japoneses patrullaba por la estación.

– ¿Quieres venir conmigo, Audrey? -le preguntó él por última vez-. En tal caso, tomaría el siguiente tren.

Pero Audrey denegó con la cabeza y cerró los ojos, afligida. Se preguntó de repente si volvería a verle. Tenía la sensación de que jamás regresaría a su mundo.

– Saluda a Violet y James de mi parte.

Charles no pudo contestar, porque se le había hecho un enorme nudo en la garganta. Se limitó a estrecharla en sus brazos hasta que el jefe de la estación anunció la partida del tren con su característico sonsonete. Por un instante, se mira- ron aterrados, recordando la ternura que les había unido durante varios meses. Audrey no podía soportar la idea de verle partir. Sin embargo, no podía abandonar a aquellos niños y, aunque no se lo dijo a Charles, estaba segura en su fuero interno de que, si los chiquillos se habían cruzado en su camino, por alguna razón tenía que ser. En aquel momento, la ignoraba, pero, aun así, no podía abandonarles. Por ellos, tan pequeños y desvalidos, estaba dispuesta a renunciar al hombre que tanto amaba. Se le partió el corazón de pena cuando Charles corrió hacia el tren en marcha y permaneció de pie en la portezuela, extendiendo el brazo hacia ella. Hubiera deseado levantar a Audrey en vilo y llevársela sin equipaje ni nada; pero ella permaneció inmóvil con lágrimas en los ojos, agitando una mano mientras él se asomaba hacia el exterior y agitaba lentamente un brazo, llorando también sin poder contenerse.

CAPITULO XV

El tiempo, en Harbin, era cada vez más frío hasta el punto de que no se podía dejar fuera ni la leche ni el agua ya que se quedaban inmediatamente congeladas. Los niños casi nunca salían y Audrey no recordaba haber padecido jamás tanto frío. Pasó noviembre y llegó diciembre sin que las monjas hubieran aparecido. Charles tenía razón. Aquello no era como los Estados Unidos. Nada se desarrollaba según el programa previsto.

Los japoneses se presentaron varias veces para examinar el pasaporte de Audrey y preguntarle cuánto tiempo pensaba quedarse. Ella cada vez les contestaba lo mismo: «Cuando lleguen las monjas». Con ello se daban por satisfechos y la dejaban en paz, aunque uno de ellos le había echado el ojo a Ling Hwei, pese a la dura reprimenda de un compañero suyo. Tras aquel incidente, los japoneses no volvieron, pero la niña se puso colorada como un tomate cuando Audrey le aconsejó que tuviera cuidado. Al principio, Ling Hwei llevaba ropas muy holgadas hasta que un día Audrey observó que empezaba a engordar. En diciembre, la niña le confesó lo ocurrido, suplicándole con lágrimas en los ojos que no le dijera nada a su hermana, a pesar de que el secreto no podría permanecer oculto durante mucho tiempo. Se había acostado con el soldado japonés en junio o tal vez en mayo, lo cual significaba que el niño nacería en febrero o marzo, pensó Audrey exhalando un suspiro. Esperaba que las monjas ya estuvieran allí para entonces. Le había escrito media docena de cartas a Charles en el transcurso de los dos últimos meses y, asimismo, una larga misiva a su abuelo, pidiéndole perdón y prometiéndole no volver a hacerlo nunca más al tiempo que le daba las gracias por haberle concedido permiso para viajar. Estaba segura de que con ello se habían colmado todas las ansias de su corazón. Mientras escribía a su abuelo, Audrey se preguntó cuándo volvería a reunirse con Charles, aunque estaba segura de que la dicha que ambos compartieron mientras atravesaban Persia y el Tíbet, Turquía y China, jamás volvería a repetirse. Hasta cierto punto, su comportamiento había sido escandaloso y la hubiera podido marcar con fuego para siempre; sin embargo, confiaba en que los Browne no dijeran nada. En aquellos instantes, todo le daba igual y sólo podía pensar en Charlie. No se arrepentía de nada. Sabía que era el único hombre al que jamás podría amar y tenía la íntima certeza de que ambos volverían a reunirse aunque el problema pareciera de momento insoluble. El solo hecho de pensar en Charlie le alegraba el corazón y la llenaba de optimismo en aquel crudo invierno manchú. Todavía llevaba su anillo en el dedo.

Se percató con sólo dos días de adelanto de que ya estaban en Navidad y, al llegar la Nochebuena, les cantó villancicos a los niños. Ling Hwei y Shin Yu sólo conocían Noche de paz y algún que otro villancico francés, pero, aun así, los chiquillos las contemplaron extasiados mientras cantaban. Aquella noche, Audrey los arropó en sus camitas, los acarició dulcemente y les dio a cada uno un beso maternal. Tres de ellos tenían mucha tos desde hacía varias semanas. Audrey estaba muy preocupada porque hacía mucho frío y no tenía ningún medicamento que darles. A dos se los llevó a su cama aquella noche para darles calor con su cuerpo. A la mañana siguiente, uno ya estaba mejor, pero el otro tenía los ojos enrojecidos y el aspecto apagado y no respondía cuando Ling Hwei le hablaba. Esta acudió presurosa a decírselo a Audrey.

– Creo que Shih Hwa está muy malito. ¿Llamamos al médico?

– Sí, sí -contestó Audrey.

La presencia de Ling Hwei le era muy útil a pesar de su corta edad. Ling Hwei amaba ilimitadamente a su hermana, a todos aquellos huérfanos y ahora también a Audrey, a quien regaló por Navidad el único tesoro que tenía, un pañuelo delicadamente bordado que había pertenecido a su madre. Audrey se conmovió profundamente y abrazó a la niña. A veces, se alegraba de haberse quedado. Se había comprometido con aquellos niños y viviría o moriría con ellos hasta que llegara la prometida ayuda. Sin embargo, no pensaba en ella en aquel momento, sino en Shih Hwa, el cual respiraba afanosamente y estaba muy pálido. Tenía tanta fiebre que ni siquiera respondía cuando le llamaban por su nombre. Mientras aguardaba la llegada de Shin Yu con el médico, Audrey le aplicó en la frente nieve envuelta en toallas. No quiso que fuera Ling Hwei por temor a que se cayera y se lastimara.