Shin Yu tardó una eternidad en regresar acompañada de un hombrecillo muy viejo de luenga barba, tocado con un extraño sombrero. Éste hablaba en un dialecto que Audrey no había oído jamás y ambas hermanas le escuchaban en silencio sin levantar los ojos del suelo ni una sola vez. Cuando el médico se fue, las niñas se echaron a llorar y, ante la insistencia de Audrey, Ling Hwei contestó:
– Dice que Shih Hwa morir antes de mañana.
Audrey se enfureció ante los pocos conocimientos de aquel presunto «médico». Al poco rato, se puso la chaqueta y las botas y salió dispuesta a encontrar al mejor médico ruso que hubiera en la ciudad. Sin embargo, al llegar a su casa, le dijeron que había salido. Le recordaron que era Navidad. Audrey les suplicó que le enviaran al orfanato en cuanto volviera. Pero el médico no fue. La muerte de los niños chinos carecía de la menor importancia para nadie más que para sus padres y, en aquel caso concreto, para Ling Hwei, Shin Yu, Audrey y los niños que eran lo suficientemente mayores como para comprender la situación. Aquella noche Shih Hwa murió entre los brazos de Audrey. Esta le lloró como si hubiera sido su propio hijo. Otros cuatro niños murieron en cuestión de dos semanas, probablemente de difteria. Audrey no podía hacer nada, ni siquiera proporcionarles el vapor necesario para fluidificar las mucosidades que les asfixiaban.
Ya sólo quedaban dieciséis niños, incluidas Ling Hwei y Shin Yu, lo cual significaba que, en realidad, eran catorce puesto que las dos niñas mayores ayudaban mucho en las tareas de la casa. Todos se pusieron muy tristes tras la muerte de dos niños y tres niñas, todos menores de cinco años. Cuando el menor, de apenas un año, murió entre los brazos de Audrey, ésta se desesperó al pensar en el hijo de Ling Hwei. ¿Qué iba a hacer aquella muchacha con un hijo medio japonés? Los hijos se solían vender a cambio de un saco de harina. Ling Hwei era apenas una niña y no aparentaba más de nueve o diez años. Era frágil y delicada, de estrechas caderas y manos menudas. Era muy aficionada a las bromas y siempre hacía reír a los demás cuando estaban tristes o hambrientos. Se le daban muy bien los idiomas y, de la misma manera que aprendió el francés con las monjas, ahora aprendía el inglés con Audrey, y hablaba, además, varios dialectos e incluso el japonés, tal como Audrey pudo comprobar cuando los japoneses visitaron de nuevo el orfanato. Sin embargo, ella no quería reconocerlo por temor a que la consideraran una traidora. Se lo enseñó el muchacho que había engendrado a su hijo. Le conoció en primavera y él acudía a menudo a visitarla en el orfanato. Las monjas le tenían simpatía porque era muy amable y les llevaba gallinas. Incluso la cabra había sido un regalo suyo. Tenía diecinueve años y Ling Hwei sabía que la amaba. Pero lo enviaron a otra parte en julio, cuando ella aún no sabía que estaba embarazada. Ahora no tenía ni idea de dónde estaba y no había vuelto a tener noticias suyas, como tampoco las había tenido Audrey de Charles desde que éste se marchara en octubre. Habían transcurrido varios meses y Audrey estaba preocupada aunque sabía que las cartas podían tardar mucho. Sólo recibió una de su abuelo, que se mostraba muy enojado con ella, aunque no quería prohibirle que regresara a casa por temor a que su nieta le tomara la palabra. Mientras leía la carta, Audrey casi pudo oír la voz del anciano temblando de furia. Estaba segura de que la vacilante escritura se debía a la cólera y no a la mala salud. Le contestó con una carta compungida, en la que le prometía volver a casa en cuanto llegaran las monjas. Envió otro telegrama a Francia después de Navidad, preguntando cómo estaba la situación. Aún no había recibido respuesta. Debían pensar que se impacientaba sin motivo ya que, probablemente, aún no habrían recibido noticias de las dos monjas que sin duda habrían enviado. Audrey sabía muy bien lo difícil que era atravesar China en invierno. Jamás había pasado tanto frío como aquel invierno en Manchuria. No permitía que Ling Hwei saliera de casa por temor a que el intenso frío fuera malo para el niño que iba a nacer. La muchacha ya no podía ocultar su estado y, cuando Shin Yu le preguntó qué ocurría, Ling Hwei le contestó que el niño era un regalo de Dios como el Niño Jesús de que hablaban las monjas, y la pequeña se quedó muy impresionada. Más tarde, Ling Hwei le preguntó a Audrey si había hecho una cosa terrible al decirle eso a su hermana.
– Puede que algún día no lo crea, Ling Hwei, pero supongo que, de momento, te ayudará a salir del paso -contestó Audrey sonriendo.
En cierto modo, envidiaba a Ling Hwei. A veces, lamentaba no tener un hijo de Charles. Se encontraba en un lugar tan remoto que las convenciones de la sociedad de la que procedía carecían para ella de la menor importancia. Noche tras noche, tendida en la cama de la monja, recordaba las noches, los días y las risas que ambos habían compartido…, el interminable viaje y el descubrimiento de las bellezas de Pekín, los días felices en el Orient Express y las apasionadas noches de amor en el Pera Palas. Qué lejos se le antojaba todo ahora y qué sola se sentía sin él.
CAPITULO XVI
La carta que Audrey le escribió a Charles en Nochebuena, le llegó a éste cuatro semanas más tarde. Sentado una noche en su salón de Londres, junto al fuego de la chimenea y con una copa de coñac en la mano, Charles leyó, una y otra ve2, la carta en la que Audrey le hablaba de la muerte de Shih Hwa y del hijo de Ling Hwei. «Cuánto desearía que este hijo fuera nuestro, amor mío, y cuánto lamento ahora haber tomado tantas precauciones», le decía. Charles comprendía muy bien sus sentimientos. Miles de veces se lo reprochó todo: haberla dejado en Harbin sin obligarla a que regresara con él, no haberse casado con ella, haberla dejado a merced de los japoneses, haberla dejado, haberla dejado… No disfrutaba de un momento de paz. Al fin, se lo confesó todo a James y éste se conmovió profundamente, al escuchar las palabras de su amigo.
– Es curioso -dijo éste sonriendo-. El verano pasado, Vio-let estaba segura de que había algo entre vosotros dos y yo le dije que estaba loca. Esta chica me sorprende porque casi nunca se equivoca aunque yo jamás lo reconozco para que no se le suban los humos a la cabeza.
Charles esbozó una triste sonrisa ante la omnisciencia de lady Vi.
– Fui un insensato al dejarla. Me desespero al pensar en lo que puede ocurrirle. Lo comprendí en cuanto llegué a Shangai. Fue una locura.
– Tú tienes tu propia vida, Charles -dijo James, sentado con él en un tranquilo rincón de su club, tomando una copa de oporto-. No te puedes pasar un año en Manchuria, atendiendo a unos huérfanos. Aunque debo decirte que estoy sorprendido. No sospechaba esta faceta de Audrey. Si me hubieras dicho que se había quedado para tomar fotografías, me hubiera parecido lógico, pero eso… ¿No te parece que demuestra tener muy buen corazón?
– Lo único que demuestra es que está completamente loca -contestó Charles en tono sombrío.
Violet le devolvió el cumplido cuando James le contó la historia.
– ¿Qué hizo? -gritó escandalizada-. ¿La dejó allí? ¡En la Manchuria ocupada! Pero, ¿es que está loco?
– Cariño, ella es, a fin de cuentas, una persona adulta. Tiene derecho a tomar sus decisiones.
– En tal caso, ¿por qué la dejó? Ya que él la llevó allí, lo menos que hubiera podido hacer era quedarse a su lado hasta que pudiera volver a casa.
– Al parecer, la idea de ir a Harbin se le ocurrió a ella. Y después, Audrey se negó en redondo a abandonar a los niños.
– Me parece normal.