– Si tuviera algún trapo limpio… -dijo el hombre en tono vacilante -. Pero creo que ya me las arreglaré con eso – añadió, señalando las ensangrentadas tiras de manta que le cubrían la herida.
Audrey sostuvo la vela en alto para examinársela. Vio, entonces, que era un hombre atractivo, aunque ignoraba si debía fiarse de él. Su mirada parecía sincera.
– Yo también tengo hijos, ya se lo he dicho, mademoiselle. He estado aquí otras veces. Las hermanas me conocían mucho. Estudié en Grenoble cuando era joven.
Parecía un poco raro que después hubiera regresado a aquella región del mundo tan inhóspita y primitiva; sin embargo, Audrey intuyó que decía la verdad.
– Le daré unos trapos limpios para la herida y también un poco de comida. Pero tienen que marcharse esta misma noche – le dijo ella con firmeza. -Le doy mi palabra. Ahora hablaré con mis hombres.
Antes de que Audrey pudiera decir nada, el hombre desapareció y echó a correr hacia el cobertizo que había entre el orfanato y la capilla. Audrey aprovechó para cortar dos toallas en tiras, sacar un cuenco de agua y cortar un poco de queso, pan y cecina. Estaba hirviendo un poco de agua para prepararle un té verde cuando el general regresó y se sentó exhausto en un banco de la cocina y la miró con gratitud.
– Gracias -le dijo, comiéndose a toda prisa el queso y la carne.
Estaba demasiado cansado como para poder cambiarse él solo los vendajes, pero Audrey no quiso ayudarle hasta que le vio desatarse las tiras de manta y dejar al descubierto una espantosa herida de espada. El hombre se sacó del bolsillo una caja de polvos y espolvoreó la herida mientras Audrey le entregaba unas tiras de toalla empapadas en agua. Juntos limpiaron la herida y, luego, Audrey la vendó con sumo cuidado.
– Es usted muy valiente al confiar en mí. ¿Cómo vino a parar aquí si no es monja?
Audrey le contó la historia de las monjas asesinadas y su visita a Harbin. No le habló de Charles y mantuvo los ojos clavados en las vendas mientras trabajaba. El hombre poseía una ruda belle2a y una virilidad que Audrey jamás había observado en nadie. Rezumaba potencia viril por todos sus poros y ella se debatía entre el temor y la admiración. En cierto modo, su aspecto era aterrador, y Audrey le imaginaba capaz de saltar como un tigre y matar de un rápido movimiento a cualquiera y, sin embargo, hablando con ella parecía muy amable. Tenía unas manos poderosas y un rostro interesante. Audrey le vio dirigirse al sótano de la carne. Le había dicho la verdad. Sabía dónde estaba y cómo introducirse en el mismo. La miró por última vez y, después, cerró silenciosamente la puerta a sus espaldas, bajando la escalera en la oscuridad mientras ella se quedaba sola en la cocina donde sólo el cuenco de agua ensangrentada y los trapos eran testigos de la presencia del hombre. Audrey salió rápidamente, arrojó el agua sobre la nieve y cubrió la mancha roja con más nieve tras haber enterrado los trapos en el mismo lugar. Nadie los descubriría hasta que llegara la primavera y, para entonces, él ya estaría muy lejos. Al entrar de nuevo en la casa, vio a Shin Yu, que la miraba con los ojos desorbitados por el miedo.
– Es Ling Hwei -le explicó la niña-, ya es la hora. El niño de Dios está a punto de venir… Se encuentra muy mal, señorita Audrey…
Audrey subió corriendo en camisón sin soltar la pistola ni las armas del general, ocultó las armas debajo de su cama, las cubrió con una manta, y se dirigió a la habitación que Ling Hwei compartía con otros niños. La niña apretaba los dientes y mantenía los ojos muy abiertos a causa del dolor. Audrey le acarició la frente y Ling Hwei se estremeció, y le aferró súbitamente una mano.
– Cálmate, voy a llevarte a mi habitación.
Tomó a la niña en brazos y le dijo a Shin Yu que se quedara con los demás niños. Esta temía por su hermana y quería acompañarla, pero Audrey no deseaba que presenciara los sufrimientos de Ling Hwei. Durante meses había contemplado con preocupación aquellas estrechas caderas, temiendo que el parto no fuera fácil. Hubiera querido avisar a un médico ruso cuando llegara el momento, pero sabía, por su anterior experiencia, que éstos no querrían atender a una niña china. Además, allí los niños solían nacer en las casas con la ayuda de las madres, hermanas y primas. Sin embargo, la muchacha sólo podía contar con Audrey que no tenía ninguna experiencia en partos. Audrey le tomó una mano mientras Ling Hwei luchaba en silencio con las contracciones. Audrey hubiera preferido que se quejara un poco. Cuando los demás niños empezaron a despertarse, Audrey le pidió a Shin Yu que los atendiera y les preparara el desayuno. Rezaba para que el general no saliera de su escondrijo, aunque no era probable que lo hiciera. No podía dejar sola a Ling Hwei porque la niña sufría mucho y ahora había empezado a delirar, gritaba y agarraba a Audrey por un brazo, suplicándole que la ayudara.
A última hora de la tarde, consiguió que Ling Hwei le permitiera examinarla. La niña lloraba patéticamente y Audrey recordó el llanto de Shih Hwa antes de morir. Sin embargo, Ling Hwei no se iba a morir, sólo estaba dando a luz al hijo que concibió el año anterior con el joven soldado japonés. En medio de su tormento, Ling Hwei debió de arrepentirse de lo que hizo, pero ya era demasiado tarde para hacerlo. Los dolores del parto se habían iniciado hacía más de doce horas, pese a lo cual, cuando Audrey examinó a Ling Hwei, no vio la menor señal de la cabeza del niño.
Aquella noche, Shin Yu acostó a los niños, tras haberlos atendido ella sola durante todo el día. De vez en cuando, la chiquilla entraba en la habitación para recibir instrucciones de Audrey e interesarse por su hermana, pero Audrey no permitía que la viera. Por su parte, la joven no comió nada en todo el día y Ling Hwei rechazó incluso una taza de té verde. Lo único que aceptaba era un sorbo de agua de vez en cuando. Lloraba sin cesar y Audrey estaba tan absorta cuidándola que no oyó las pisadas a su espalda cuando el general entró silenciosamente en la estancia a medianoche. Al ver su sombra en la pared, Audrey ahogó un grito, pero ya era demasiado tarde para tomar la pistola oculta debajo de la cama. Se puso en pie de un salto y giró en redondo.
– No tema -le dijo él, mirándola bondadosamente tras echar un rápido vistazo a la niña-. ¿Es una de las huérfanas?
Audrey asintió mientras la niña lloraba. Habían transcurrido diecinueve horas desde el comienzo de los dolores.
– La violaron los japoneses -dijo.
No quería decirle que la niña se había acostado voluntariamente con uno de ellos, por temor a que él le causara daño.
– Animales -musitó el general en voz baja.
La habitación olía fuertemente a sudor y la niña miraba sin ver. Los dolores eran implacables y Audrey llevaba una hora llorando con ella. Jamás se había sentido más impotente. El general estudió a Ling Hwei un instante.
– Lucha con todas sus fuerzas -añadió como si fuera un experto en la materia.
Audrey le miró con recelo. No sabía si debía confiar en él o no, pese a que había cumplido su palabra todo el día, permaneciendo oculto en su escondrijo del sótano. A lo mejor, pensó Audrey, era tan honrado como parecía y podría ayudar a la parturienta.
– Lleva con los dolores del parto desde anoche, cuando usted llegó. Hace casi veinticuatro horas -dijo Audrey, angustiada.
Temía por la vida de Ling Hwei y no podía hacer nada por ella como no fuera sostenerle una mano y esperar que naciera el niño. Sin embargo, no sabía cómo aliviar sus padecimientos.
– ¿Puede ver la cabeza del niño? -preguntó el general. Audrey negó con la cabeza en silencio.
– En tal caso, morirá.
El general lo dijo con toda naturalidad. En sus cuarenta años de vida, había visto de todo: muertes, nacimientos, guerra, desesperación y hambre. El hombro ya no le dolía tanto y se le veía más descansado que la víspera.