– Que viajabas con un hombre -contestó el abuelo, mirándola con desprecio-. Yo le dije que estaba equivocada. No tienes vergüenza, Audrey. Y, encima, vuelves a casa con eso… Con esta bastarda. ¡Cómo te atreves!
– Cómo me atrevo, ¿a qué, abuelo? ¿A querer a esta niña? ¿Es acaso un pecado? No, no es hija mía. Es una huérfana y, si la hubiera dejado en China, la hubieran matado o la hubieran dejado morir de hambre o enfermedad, o tal vez la hubieran vendido como concubina si hubiera vivido lo bastante. Es medio china y medio japonesa y la he traído a casa conmigo porque la quiero.
Audrey rompió nuevamente a llorar, dolida por las palabras del anciano.
– No lo sabía… Yo creí… – Edward Driscoll miró a su nieta y vio reflejado en su rostro un ciego amor hacia aquella niña muy semejante al que sintió él cuando acogió en su casa a sus nietas de Hawai. De repente, el corazón se le llenó de emoción. Creía haberla perdido para siempre y en aquel instante la tenía de nuevo en casa con aquella niña. Y él que había creído que… La volvió a mirar y se conmovió al verla tan joven y orgullosa, sosteniendo a la niña en sus brazos-. Me alegro de que hayas vuelto a casa, Audrey -le dijo, mirándola a los ojos. – Yo también, abuelo, yo también -dijo la muchacha sonriendo.
El anciano la rodeó con un brazo y la acompañó hacia el automóvil. Audrey subió primero con Mai Li y a continuación lo hizo el abuelo. El chófer colocó las maletas en el portaequipajes del Rolls. El registro de aduanas se efectuó en el mismo barco y los funcionarios de Inmigración no pusieron ningún reparo a la entrada de Mai Li. Entonces, Audrey lanzó un suspiro y miró a su abuelo, reclinándose en el lujoso asiento de cuero del automóvil. Le pareció que había transcurrido una eternidad y observó que el anciano la miraba como si no acertara a creer que había vuelto.
– ¿Se encuentra bien? -preguntó el abuelo, contemplando a la niña dormida.
– Sí -contestó Audrey, conmovida ante su solicitud.
Luego se inclinó hacia él para darle un beso en la mejilla y aspiró el suave aroma de su habitual loción para después del afeitado.
– ¿Cómo se te ocurrió llevarte a esta niña?
– Ya te lo he dicho, abuelo. No podía dejarla. En China la hubieran matado.
El anciano la miró en silencio mientras Audrey se inclinaba un poco hacia adelante para que pudiera verle mejor la cara a la pequeña. Ésta tenía unas hermosas y delicadas facciones y el abuelo la contempló fascinado.
– ¿Seguro que no es hija tuya, Audrey? -preguntó Edward Driscoll, mirando de soslayo a su nieta.
Llevaba fuera el tiempo suficiente como para haberla tenido, y Muriel Browne le había dicho…
– Totalmente segura, pero ojalá lo fuera -contestó Audrey, sonriendo mientras él la miraba escandalizado-. Sólo para darle a la señora Browne algo de que hablar.
El anciano exhaló un suspiro y contempló a través de la ventanilla del automóvil el barco que la había traído por fin a casa.
– Al principio, estuve tentado de creerla. Me dijo que era un famoso escritor.
Al mirar a Audrey, Edward Driscoll vio algo en su rostro que le hizo dudar un poco.
– Se refería a un amigo de mis amigos ingleses. Charles Parker-Scott -le explicó Audrey, emocionándose con sólo pronunciar el nombre.
Prefería disimular, por lo menos, de momento. Lanzó un suspiro mientras el abuelo miraba a la niña.
– ¿Cómo dijiste que se llama?
Le gustaba mucho más que la niña de Annabelle, que era exactamente de su misma edad, que tenía la misma cara de Harcourt y que se pasaba el día llorando.
– Se llama Mai Li, abuelo -contestó Audrey con una alegre sonrisa.
Le parecía extraño estar sentada a su lado, sosteniendo en sus brazos a la hija de Ling Hwei.
– ¿Molly? -dijo el abuelo, mirándola con fingido enojo-. ¿Le pondremos Molly?
– Como tú quieras, abuelo.
Intercambiaron una larga mirada hasta que, de repente, él extendió una frágil mano y tomó la de Audrey. Tenía ochenta y dos años y se sentía muy solo.
– No vuelvas a dejarme nunca más, Audrey. Hubiera querido decírselo con fuerza e incluso con rabia, pero se lo dijo, muy a pesar suyo, en tono de súplica.
– Te lo prometo, abuelo, te lo prometo… -dijo Audrey, besándole en una mejilla.
Mientras lo decía, tuvo que hacer un esfuerzo para no pensar en Charles.
CAPITULO XX
– ¿Qué es lo que ha hecho? -preguntó lady Vi, mirando escandalizada a James.
Éste acababa de revelarle algo que no debía, pero le daba tanta lástima Charles que necesitaba compartirlo con Violet.
– Le ha rechazado. Le envió un telegrama, pidiéndole que se casara con él y que regresara vía Londres y Audrey le contestó que no podía.
– ¿Que no podía regresar vía Londres o que no podía casarse con él?
– Supongo que ambas cosas. No pregunté los detalles. Además, el pobre muchacho estaba borracho como una cuba cuando me lo dijo. Está completamente hundido. Él pensaba que, cuando llegaran las monjas, Audrey regresaría a su lado. Ahora me parece que ya todo terminó.
– Pero es que, a lo mejor, Audrey tenía que ir primero a ver a su abuelo. Podría ser eso.
Lady Vi había dado en el clavo, como siempre, pero James negó con la cabeza porque recordaba la interpretación que Charlie le había hecho. Al parecer, éste llevaba varias semanas emborrachándose, y la víspera James fue a verle a su apartamento mientras lady Vi cenaba sola con su madre.
– No creo que Charles lo vea así. Él lo considera un desaire. Según él, las relaciones han terminado.
– Oh, Dios mío -exclamó Violet, pensando en el golpe que iba a sufrir Audrey-. ¿No piensa ir a verla a los Estados Unidos?
– No lo creo. Es más, dudo mucho que lo haga. Tiene un contrato para escribir el libro sobre la India y pronto tendrá que irse para allá.
– Ya me imagino quién le seguirá a todas partes… -dijo Violet mientras James agitaba un dedo en un gesto de reproche. -Mira, Vi, aunque Charlotte no sea santo de tu devoción, no puedes negar que la chica es interesante y, en estos momentos, le puede ser muy útil a Charles.
Eso era precisamente lo que Charlotte esperaba, aunque Violet no compartiera su opinión.
Por fin, Charlotte decidió agarrar el toro por los cuernos y se presentó en el apartamento de Charles llevando unas cajas de galletas y una enorme cesta de fruta, y ella misma le preparó un zumo de naranja, le frió unos huevos y unos buñuelos y le sirvió un humeante café muy cargado mientras él le contaba sus cuitas. Ambos se habían hecho muy amigos a través de sus tratos comerciales, y Charles la consideraba casi como un amigo. Era una chica inteligente, juiciosa y extraordinariamente bien dotada para los negocios. Con ella se podía hablar de cualquier cosa.
– Para Audrey, todo lo demás viene primero… O venía…
Por primera ve2, Charles habló en pasado al referirse a la joven. Llevaba nueve meses sin verla y ya era hora de que se quitara la venda Je los ojos. Jamás volvería a verla a no ser que se trasladara a San Francisco, lo que se negaba a hacer. Además, no tenía tiempo porque Charlotte y su padre insistían en que se fuera en seguida a la India para iniciar las investigaciones necesarias con vistas a escribir el libro. Tenía que terminarlo antes de ir a Egipto, en otoño. Charlotte le había organizado muchos planes y en ninguno de ellos figuraba un viaje a los Estados Unidos para visitar a Audrey.
– Te sentirás mejor cuando te vayas -le dijo Charlotte mientras le servía otra humeante taza de café.
Charles la miró con gratitud. Era precisamente lo que necesitaba en aquellos instantes: amorosos cuidados y una mente aguda. Charlotte era capaz de organizarle cualquier plan y conocía muy bien las necesidades de un escritor. Quería que se limitara a escribir y estaba dispuesta a ayudarle a recuperar la paz de espíritu que para ello necesitaba. Le ofreció incluso su casa de campo para que estuviera más tranquilo, y ahora le reiteró la oferta.