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El grito de Annabelle se pudo oír en toda la casa.

– Yo no la llamaría exactamente así, Audrey -dijo el abuelo, reprimiendo a duras penas la risa.

– Pues lo es de verdad -dijo Audrey, mirándole con dureza.

– ¿Dónde está? -preguntó Annabelle sin dar crédito a sus oídos.

Subió como una exhalación al piso de arriba y descubrió a la pequeña de ojos almendrados durmiendo plácidamente en la cunita que Audrey había colocado junto a su cama. Bajó de nuevo al salón y dijo:

– Vaya, pues, entonces Muriel Browne tenía razón… ¡Y encima te acostabas con un chino! -añadió, mirando a su hermana con expresión burlona.

– Muriel Browne no tenía razón, Annabelle -le explicó Audrey-. Mai Li era una de las huérfanas que yo cuidaba.

– Ya, ya -dijo Annabelle, tomando a broma la presunta deshonra de su hermana mientras se arreglaba el sombrero ante el espejo.

– ¿Por qué me odias tanto, Annabelle? ¿Qué te he hecho? -preguntó Audrey.

– Me abandonaste -contestó su hermana menor, girando en redondo para mirarla-, eso es lo que hiciste. Me dejaste con la casa, los niños, las criadas, destrozaste nuestras vacaciones y mi vida… Incluso destrozaste mi matrimonio.

– ¿Y cómo he podido yo hacer todo eso?

– Te fuiste sin más y te importó un bledo que yo estuviera embarazada y necesitara tu ayuda. Pero todo eso, ¿qué importa ahora?

– Para mí tiene mucha importancia, Annie -dijo Audrey, apenada-. Cuando me fui de aquí, tenía una hermana. Ahora, por lo que veo, ya no la tengo. Pensaba que éramos lo suficientemente amigas como para que tú comprendieras mi necesidad de irme durante cierto tiempo. Las responsabilidades de que tú hablas no son de mi incumbencia, sino de la tuya.

Sin embargo, Annabelle no lo veía así.

– Antes no lo eran.

– Ahí está. Ya es hora de que aprendas a gobernar tu vida. Harcourt lo quiere.

– Que se vaya al diablo Harcourt -dijo Annabelle, apurando su copa y volviéndose a mirar a Audrey mientras se dirigía hacia la puerta-. Pensándolo bien, tú también te puedes ir al diablo. Te importé un bledo mientras estuviste fuera y ahora tú también me importas un bledo a mí.

Cuando Annabelle se fue dando un portazo, Audrey se preguntó si su hermana la habría querido de verdad alguna vez. Después subió lentamente a su habitación para ver a Molly, mientras el abuelo la miraba con tristeza.

CAPITULO XXII

En el transcurso de los primeros días, hubo momentos en que Audrey se sintió una extraña. Dos de las criadas que había contratado para su abuelo antes de su partida se marcharon durante su ausencia y el viejo mayordomo se había jubilado. Sin embargo, lo que más le llamaba la atención no eran los cambios de la casa, sino los del ambiente en general. Tenía la sensación de haber vivido en otro planeta y le parecía que todo se movía con excesiva rapidez. En Harbin sólo se recibían noticias muy vagas sobre lo que acontecía en el mundo y, de los Estados Unidos, apenas se sabía nada.

La economía norteamericana había mejorado considerablemente y en San Francisco reinaba una atmósfera extraordinariamente festiva. El abuelo seguía despotricando contra Roosevelt, naturalmente, y consideraba absurdas sus «charlas informales». Cuando Audrey le subrayaba la evidente mejora de la situación, él soltaba un gruñido y le decía: «¡Espera!». Estaba seguro de que Franklin Delano Roosevelt iba a provocar un cataclismo, aunque todavía no sabía de qué clase.

A los pocos días del regreso de Audrey, se empezaron a comentar las purgas de sangre de los nazis en Alemania, en las cuales fueron exterminados todos los presuntos culpables de conspirar contra Hitler. Eran casi doscientas personas, cuya rápida eliminación conmovió al mundo. El dieciséis de julio, se convocó una huelga general en los Estados Unidos en solidaridad con los estibadores de distintos puertos internacionales. Nueve días más tarde, fue asesinado el canciller austríaco Dollfuss y Berlín desmintió cualquier participación en el hecho. El dos de agosto murió el presidente Hindenburg, de Alemania, y aproximadamente dos semanas después, Adolf Hitler accedió a la presidencia de la nación aunque siguió conservando su título de Führer. Se había fundado la compañía aérea Air France y, en los Estados Unidos, acababan de nacer las compañías American y Continental. Además, se habían creado otras líneas de ferrocarril, si bien ninguna tan elegante como la del Orient Express. Audrey tuvo que hacer un enorme esfuerzo para asimilar todas las novedades que se habían producido durante su ausencia.

Sin embargo, también ella había cambiado. Se sentía menos comprometida con la vida, y San Francisco se le antojaba una ciudad tremendamente intolerante y provinciana. La gente se pasaba la vida chismorreando sobre el vestuario, los maridos y las fiestas de los demás, y Audrey no sentía el menor interés por todo aquello. Sólo pensaba en Charles, el cual no había contestado a las dos últimas cartas que ella le había escrito.

Ahora ni siquiera se tomaba la molestia de alternar de vez en cuando con sus amistades de la alta sociedad, sino que prefería quedarse en casa con el abuelo y la niña. Al principio, el abuelo pensó que debía de estar cansada del viaje, pero a finales de junio, cuando ya llevaba un mes en casa, Audrey aún no había llamado a ninguna de sus amigas. Edward Driscoll se preguntó si se habría enamorado de alguien durante el viaje y rezó para que no fuera ningún oriental. La niña le inspiraba ciertas dudas, aunque tenía unos acusados rasgos orientales y no parecía euroasiática en absoluto. Era una criatura deliciosa a la que él seguía empeñándose en llamar Molly.

Audrey sabía que muchas personas sospechaban que la niña era su hija, pero no le importaba. Algunos comentaban que había permanecido lejos de su casa tanto tiempo para dar a luz a su ilegítima hija china.

Annabelle no volvió a aparecer por la casa, pero Audrey leyó en la prensa que se había ido a Carmel con unos amigos. El abuelo no hizo comentarios al respecto, pese a constarle que ambas hermanas estaban enemistadas. Sin embargo, Audrey no se quejaba y, además, en aquellos momentos tenía que organizar el anual traslado al lago. Aquel año, el abuelo sólo pensaba pasar allí unas semanas. Últimamente se cansaba mucho y temía que la altitud no le sentara bien. Tenía ochenta y dos años y estaba más apagado que hacía un año, aunque seguía siendo tan inflexible y obstinado como siempre. El día en que se produjo la primera discusión en serio a propósito de una marca de té a la hora del desayuno, Audrey se echó a reír más contenta que unas pascuas.

– Ya estamos como en los viejos tiempos, ¿eh, abuelo? -dijo, recordando las encarnizadas batallas acerca de Roosevelt que se habían producido poco antes de su partida.

– No has mejorado nada en el año que llevas fuera. Claro que a Roland tampoco le sirvió de nada recorrer el mundo como un estúpido. Por lo menos, él tuvo el buen juicio de no volver a casa con una mocosa desconocida.

Edward Driscoll no hablaba en serio y Audrey no se lo tomó a mal. Le había visto jugar con la niña cuando creía que nadie le observaba, y se divertía con sus balbuceos e incluso aseguraba que ya decía su nombre.

– ¡Ha dicho abuelo, Audrey! Lo he oído… Es listísima.

El anciano pensaba que Audrey había echado sobre sus hombros una carga muy pesada llevándose a la niña a casa, pero, cuando su nieta le describía el destino que hubiera aguardado a la chiquilla en China, se entristecía por las dos; por Audrey, que tendría que sufrir muchos quebraderos de cabeza, y por la niña, que nunca sería aceptada en los Estados Unidos o, por lo menos, eso era lo que suponía él.

– Crecerá como si fuera mi propia hija, abuelo -le dijo Audrey.

Eso era precisamente lo que el anciano se temía.

Por la noche, en la casa del lago, ambos volvieron a comentar la situación.