– Nos sentiríamos muy solos sin ti, Audrey.
Los recién casados le tenían a Molly un cariño especial. Ushi la tomaba en bra2os y decía que, por desgracia, nunca podría tener una hija como ella.
– Me temo que no, amor mío -le contestaba Karl, riéndose. De momento, no parecía que ella estuviera embarazada, pero ambos se divertían mucho intentándolo.
– Vendrás con nosotros y basta -dijo Karl en un autoritario tono de general prusiano.
Era un hombre muy apuesto, aunque completamente distinto de James y Charlie. Con su exótico aire semítico, era muy natural que Ushi se hubiera enamorado de él. Audrey se preguntó si alguna vez encontraría a un hombre. Todos tenían su pareja perfecta, Violet en James, Ushi en Karl, e incluso sus anfitriones de Milán parecían estar hechos el uno para el otro. Empezaba a sufrir el dolor de la soledad constante y ya ni siquiera recordaba lo que solía hacer antes de tener a Molly.
– ¿Vendrás? -le preguntaron Ushi y Karl expectantes. Audrey no podía inventarse ninguna excusa para no ir.
– Pero es que, si vengo, no pienso ni dirigiros la palabra. Venecia es el lugar más romántico del mundo y no os lo quiero estropear.
Ushi soltó una picara carcajada y miró a Karl guiñando el ojo mientras éste se acercaba un dedo a los labios como si estuviera a punto de revelar un secreto inconfesable.
– Ya estuvimos allí el año pasado… -dijo.
Ushi se rió entre dientes. Al fin y al cabo, estaban en 1935, no en 1912, y quien más quien menos había tenido una aventurilla. En Venecia había empezado su relación amorosa con Charlie, y Audrey temía que los recuerdos fueran demasiado dolorosos.
– ¿Vendrás? -insistió Ushi, mirándola como una chiquilla esperanzada.
Audrey se echó a reír. Se lo pasaba muy bien con ellos y ya ni siquiera se sentía culpable de estorbarles la luna de miel.
– De acuerdo. Iré. Al día siguiente, iniciaron muy contentos el viaje. Dejaron el coche en la estación y utilizaron una góndola para dirigirse al Gritti Palace mientras el gondoliere les cantaba una serenata. Al pasar bajo el Puente de los Suspiros, el gondoliere les dijo que, si cerraban los ojos, sus deseos se harían realidad. Ushi y Karl así lo hicieron, tomados de la mano. Audrey se limitó a sonreír, sosteniendo a Molly en sus brazos. No deseaba nada, simplemente luchaba contra el recuerdo de Charlie.
El hecho de estar con Ushi y Karl le dificultaba considerablemente la tarea. Por otra parte, sabía que, si podía resistir una visita a Venecia, podría resistirlo todo. Sus amigos eran muy amables y la llevaban a todas partes. Al final, decidió confesárselo todo a Ushi. Necesitaba compartir sus sentimientos con alguien. No podía soportar estar allí y saber que todo había terminado. Le contó a su amiga su viaje a China, su permanencia en Harbin, la visita de Charles a San Francisco, su negativa a dejarlo todo para casarse con él y, por fin, la boda de Charles con Charlotte.
– Debió ser terrible verle en Antibes -dijo Ushi. Ahora que conocía todos los detalles, lamentaba haber insistido en que Audrey les acompañara a Venecia-. ¿Sabes una cosa? Yo le comenté a Karl que, en mi opinión, ella no le quiere -se refería a Charlotte -. Es una chica muy lista y a Karl le produjo buena impresión. Pero no tiene corazón. ¿Comprendes lo que quiero decir, Audrey?
– Sea como fuere, está casada con él -contestó Audrey, intentando sonreír.
– Para él también debe de ser muy difícil. -Audrey pensó que, aunque así fuera, ella tenía que olvidarle-. Te conviene conocer a otras personas. -Ushi estaba pensando en un profesor de la universidad, amigo de Karl. Tenía cuarenta años, era viudo y tenía dos hijos, y ella le apreciaba tanto como Vi a Charles-. Vendrás a visitarnos.
No dijo más por temor a que Audrey pusiera reparos.
El resto de la estancia de los tres amigos en la ciudad transcurrió visitando museos, iglesias y fábricas de cristal. Por fin, Audrey dejó de ver a Charlie en cada esquina. Hablar con Ushi fue para ella un desahogo muy grande. La víspera de la
partida, Karl la miró sonriendo. Tanto él como su mujer le tenían un gran cariño y estaban locos por Molly.
– ¿Por qué no te vienes a Alemania con nosotros?
– ¿Aún no estáis hartos de mí? -replicó Audrey, riéndose-. Esto está empezando a parecer un ménage a trois -añadió, mirando a Ushi-. Yo creo que deberíais estar contentos de libraros de mi presencia.
Iba a tomar un tren con destino a Londres al día siguiente y ellos regresarían a su casa de Berlín y a la universidad.
– Ushi se lo pasaría muy bien contigo mientras yo trabajo. Además, James y Violet aún no habrán vuelto a Londres. Te sentirías demasiado sola sin ellos.
Audrey estaba tentada de acompañarles.
– No quisiera causaros ninguna molestia… -dijo con toda sinceridad.
Sin embargo, ellos insistieron tanto que, al final, se dio por vencida. Al día siguiente, emprendieron el viaje de regreso. Venecia estaba preciosa, pero Audrey se alegró de marcharse.
El tren que tomaron siguió la misma ruta del que ella tomó con Charlie para enlazar con el Orient Express, pero esta ve2, al llegar a Salzburgo, en lugar de dirigirse al este, se fueron hacia Munich, haciendo una parada en Rosenheim, al otro lado de la frontera.
Ushi lamentó no haber tenido tiempo de comunicar a su familia que se detendrían una hora en Munich. No podría ir a ver a sus padres, pero pensaba llamarles por teléfono o incluso avisarles desde Rosenheim en caso de que pudiera conseguir línea en la oficina de telégrafos. Después, dejaron Italia y atravesaron Austria para dirigirse a Alemania, mientras Molly dormía sobre el asiento tapizado en terciopelo. El tren aminoró la marcha justo cuando acababan de pedir otra botella de champán y un poco de caviar. En el andén, vieron a unos soldados y oficiales uniformados, hablando con el revisor y varios funcionarios del tren. Al final, el revisor se encogió de hombros y les hizo señas de que subieran mientras Ushi fruncía el ceño, mirando a Karl.
– ¿Qué pasa?
– Son hombres del Fübrer -contestó él en tono burlón. No tenía muy buena opinión de Hitler y no le gustaban sus estridentes discursos sobre la raza aria, pero se guardaba muy bien de expresar sus opiniones políticas. Otros habían tenido dificultades en la universidad por esta causa ya que los nazis calificaban inmediatamente de comunistas a los intelectuales que no estaban de acuerdo con sus ideas. Por consiguiente, él solía mostrarse muy cauto, menos con Ushi, claro; con Charlie y James tampoco se había mordido la lengua en la Costa Azul. Estaba muy tranquilo cuando el mozo entró con el caviar, seguido por un soldado.
– Pasaporte, por favor -dijo éste, contemplando con el ceño fruncido el lujoso salón del compartimiento. Karl le entregó los tres documentos y el soldado examinó primero el norteamericano-. Amerikanisch? -le preguntó a Audrey, esbozando una leve sonrisa.
– Sí.
Audrey se avergonzó de que la hubiera sorprendido extendiendo una gruesa capa de caviar sobre una tostada. ¿Y si pensara que todos los norteamericanos hacían lo mismo?
– ¿A quién pertenece la niña? -preguntó el soldado, mirando a la chiquilla dormida.
– Es mi hija -se apresuró a contestar Audrey.
Por si acaso, siempre llevaba copias de los documentos de adopción de Mai Li. El soldado le devolvió el pasaporte haciendo una ligera inclinación de cabeza y pasó a examinar los pasaportes que le habían entregado los Rosen.
– No tienen el mismo apellido. ¿Son ustedes amigos?
– Acabamos de regresar de nuestro viaje de luna de miel -le explicó Karl-. No nos dio tiempo a cambiar los pasaportes antes de marcharnos.
El soldado esbozó una aparente sonrisa de complacencia, pero a Audrey no le gustó la expresión de sus ojos.