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El chofer no respondió. El motor comenzó a zumbar, las puertas se cerraron y el enorme autobús vacío, de grandes ventanillas e iluminado por dentro como un supermercado de madrugada, giró en busca del camino de vuelta, y a los pocos minutos no era más que una mancha de luz difusa que se alejaba en dirección a la ciudad. Víktor recorrió con las manos la cerca metálica, encontró la portezuela con dificultad y echó a andar por el caminito sin ver nada. Cuando sus ojos se habituaron a la oscuridad, comenzó a distinguir confusamente las ventanas iluminadas del ala derecha y una oscuridad especialmente profunda en el lugar del ala izquierda, donde ahora dormían los miembros del equipo Hermanos de Raciocinio, agotados tras pasar el día bajo la lluvia. En la niebla se escuchaban los sonidos habituales como a través de algodón: sonaba un tocadiscos, se oía el entrechocar de platos, alguien gritaba con voz ronca. Víktor siguió adelante, intentando mantenerse en el centro del caminito de arena para no tropezar con ninguno de los jarrones de yeso. Apretaba con cuidado contra el pecho una botella de ginebra y se movía con muchas precauciones, pero a los pocos momentos tropezó con algo blando, cayó y se quedó a cuatro patas. Detrás de él, alguien dijo un improperio con voz cansada y soñolienta, y después pidió que encendieran la luz. Víktor buscó en las tinieblas la botella caída y siguió adelante, con la mano libre extendida al frente. A los pocos pasos tropezó con un coche, lo palpó para rodearlo y tropezó con otro. Demonios, allí había un montón de coches. Víktor, maldiciendo, caminaba entre ellos como en un laberinto, y durante largo rato no logró avanzar en dirección al turbio resplandor que indicaba la entrada al vestíbulo. Los laterales lisos de los coches estaban empapados por la niebla que se les depositaba encima. En algún lugar cercano se oían risitas y gemidos de rechazo.

Esta vez, el vestíbulo estaba vacío, nadie jugaba al escondite, nadie corría sacudiendo el gordo trasero, nadie dormía en los butacones. Por doquier yacían impermeables arrugados, y algún tío listo había colgado su sombrero de una planta ornamental. Víktor subió al segundo piso por la escalera alfombrada. La música retumbaba. Por el pasillo a la derecha, todas las puertas que daban a los alojamientos del diputado estaban abiertas; de ellas salían olores grasientos de comida, cigarrillos y cuerpos calientes. Víktor giró a la izquierda y tocó en la puerta de la habitación de Diana. Nadie respondió. La puerta estaba cerrada, la llave colgaba de la cerradura. Víktor entró, encendió la luz y colocó la botella sobre la mesita del teléfono. Se oyeron pasos y él sacó la cabeza y miró afuera. Por el pasillo, a la derecha, se alejaba a pasos largos y firmes un hombre corpulento que vestía un frac. En el descansillo de la escalera se detuvo ante el espejo, levantó la cabeza, se arregló la corbata (Víktor logró distinguir el perfil aguileño, de un bronceado amarillento, y la barbilla aguda), y a continuación su aspecto cambió: se encogió, se inclinó levemente a un lado y, con un grotesco meneo de caderas, se perdió por una de las puertas abiertas de par en par.

«Qué pijo», pensó Víktor sin estar muy seguro. Había ido a vomitar... Miró a la izquierda. Allí todo estaba oscuro.

Se quitó el impermeable, cerró la habitación y se dedicó a buscar a Diana. «Habrá que ir al dormitorio de Roscheper —pensó—. ¿En qué otra parte puede estar?»

Roscheper ocupaba tres habitaciones. En la primera habían cenado hacía poco: sobre las mesas, cubiertas por manteles manchados, se amontonaban platos sucios, ceniceros, botellas, servilletas arrugadas, y no había nadie, a no ser una calva sudorosa y solitaria que roncaba encima de un plato con áspic de pescado.

En la habitación central el humo era denso y pesado. Sobre la enorme cama de Roscheper saltaban unas chicas forasteras, semidesnudas. Jugaban un extraño juego con el señor burgomaestre, rojo al borde de la apoplejía, que metía su hocico entre las dos como un cerdo entre bellotas, y también emitía chillidos y gruñidos de satisfacción. También estaban allí otras personas: el jefe de policía, sin guerrera; el juez de la ciudad, con ojos que estaban a punto de salírsele de las órbitas del nerviosismo y la falta de aire; y una vivaracha desconocida, vestida de color lila. Los tres jugaban en una mesa de billar infantil, colocada sobre el tocador. En un rincón, recostado en la pared, estaba sentado el director del gimnasio, con las piernas extendidas, la chaqueta manchada y una sonrisa idiota en el rostro. Víktor se disponía ya a marcharse cuando alguien le agarró la pernera del pantalón. Miró hacia abajo y se apartó de un salto. Allí estaba, a cuatro patas, el diputado, caballero de diversas órdenes, autor del sonado proyecto sobre la repoblación de los embalses de Kitchingan, el mismísimo Roscheper Nant.

—Quiero jugar a los caballitos —gimió el parlamentario, implorante—. ¡Vamos, a los caballitos! ¡Arreeee! —insistía.

Víktor se liberó con delicadeza y echó una mirada a la última habitación. Vio a Diana allí. Al principio no se dio cuenta de que se trataba de Diana, y después, molesto, pensó: «¡Qué tierno!». Había mucha gente, hombres y mujeres vagamente conocidos, formaban un corro y marcaban el ritmo con las manos, y en el centro del corro Diana bailaba con el mismo pijo del bronceado amarillento, dueño del perfil aguileño. Los ojos de ella ardían, al igual que sus mejillas, el cabello volaba sobre sus hombros y se movía como una diablesa. El del perfil aguileño intentaba estar a su altura.

«Qué raro —pensó Víktor—. ¿De qué se trata? Algo está fuera de lugar. Él baila bien, en realidad baila maravillosamente. Como un profesor de danza. No baila, sino que muestra cómo hay que bailar... Pero ni siquiera como un profesor, sino como un alumno en un examen. Anhela recibir un sobresaliente. No, no es eso. ¡Escucha, querido, estás bailando con Diana! ¿Acaso no te das cuenta de ello?» Víktor aguzó su imaginación, como hacía habitualmente. El actor baila en el escenario, todo va bien, perfecto, todo marcha de la forma debida, sin falsedades, pero en casa ocurre una desgracia... no, no tiene que ser una desgracia, simplemente esperan el momento en que él regresará, y él también espera a que bajen el telón y apaguen las luces... y no hace falta que sea un actor, sino un hombre cualquiera que encarna a un actor, que a su vez encarna a un hombre cualquiera... ¿Es que Diana no se da cuenta? Es una falsificación.

Un maniquí. Entre ellos no hay nada que los aproxime, ninguna seducción, ni una sombra de deseo... Es imposible imaginarse que puedan decirse el uno al otro algo que no sean palabras vacías. ¿Ha sudado usted? Sí, lo he leído, dos veces incluso... En ese momento vio que Diana, apartando a los invitados, corría hacia él.

—¡Vamos a bailar! —le gritó, todavía a cierta distancia.

Alguien se le interpuso en el camino, otro la tomó de un brazo, pero ella se liberó, riendo, mientras Víktor buscaba con los ojos al del rostro amarillento y no lo encontraba, y eso lo preocupaba de forma desagradable.

Ella llegó corriendo junto a él, lo agarró por la manga y lo arrastró al corro.

—¡Vamos, vamos! Todos los que aquí están son de los nuestros, los borrachos, los harapientos, la escoria... ¡Muéstrales lo que es bailar! Ese chico no sabe nada.

Lo arrastró al corro. Alguien en la multitud gritó: «¡Tres hurras por el escritor Bánev!». El tocadiscos calló por un segundo, y al momento volvió a aullar y ladrar. Diana se le pegó, después dio un paso atrás, olía a perfume y a vino, su cuerpo ardía y ahora Víktor no veía otra cosa que no fuera su rostro, excitado y maravilloso, y su cabello que flotaba.