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—¡Baila! —gritó ella, y él comenzó a bailar—. Qué bien que has venido.

—Sí, sí.

—¿Por qué estás sobrio? Siempre estás sobrio cuando no se necesita.

—Me emborracharé.

—Hoy te necesito borracho.

—Lo estaré.

—Quiero hacer contigo lo que se me ocurra. No tú conmigo, sino yo contigo.

—Sí.

Ella reía, satisfecha, y a continuación bailaron sin hablar, sin ver nada y sin pensar en nada. Como en sueños. Como en el combate. Así era ella ahora, como un sueño, como un combate. Diana, la posesa... En torno a ellos daban palmadas y gritaban, al parecer alguien intentaba bailar, pero Víktor lo apartó de un empujón para que no interfiriera, mientras Roscheper gritaba sin parar: «¡Oh, mi pobre pueblo borracho!».

—¿Es impotente?

—Por supuesto. Yo lo baño.

—¿Y qué tal?

—Del todo.

—¡Oh, mi pobre pueblo borracho! —gemía el diputado.

—Vámonos de aquí —dijo Víktor.

La tomó de la mano y la condujo afuera. Borrachos y harapientos, que apestaban a alcohol rancio y a ajo, les abrían paso, y en la puerta un mocoso de labios gruesos, con manchas rojas en las mejillas, se interpuso y dijo algo grosero, mientras agitaba los puños, pero Víktor le dijo: «Más tarde, más tarde», y el mocoso desapareció. Sin soltarse las manos, corrieron por el pasillo vacío, después Víktor abrió la puerta sin liberar la mano de ella, la cerró a sus espaldas e hizo calor, hizo un calor insoportable, asfixiante, y la habitación, que primero había sido amplia y espaciosa, se volvió estrecha e incómoda, y entonces Víktor se levantó y abrió de par en par las ventanas, y un aire negro y húmedo envolvió sus hombros y su pecho desnudo. Retornó al lecho, buscó en la oscuridad la botella de ginebra, dio un trago y se la pasó a Diana. A continuación se acostó, a su izquierda fluía un aire frío y a la derecha había algo sedoso y tierno. Oía la prolongación de la borrachera: los invitados cantaban a coro.

—¿Durará mucho tiempo? —preguntó.

—¿Qué? —replicó Diana, medio dormida.

—Que si van a seguir aullando mucho tiempo.

—No sé. ¿Y qué nos importa? —Se volvió sobre un lado y colocó la mejilla sobre el hombro de él—. Hace frío —se quejó.

Se metieron bajo la colcha.

—No duermas —dijo él.

—Aja —balbuceó ella.

—¿Te sientes bien?

—Sí.

—¿Y si te tiro de la oreja?

—Aja... Suelta, me duele.

—Oye, ¿no podría vivir aquí una semanita?

—Sí.

—¿Y dónde?

—Quiero dormir. Deja dormir a una pobre mujer ebria.

Él calló y permaneció acostado, sin moverse. Ella dormía ya. «Eso es lo que haré —pensó él—. Aquí se está bien, hay silencio. Pero de noche, no. O quizá también de noche. No se pondría a beber cada noche, tiene que curarse... Vivir aquí tres o cuatro días... cinco o seis... y beber menos, no beber del todo, trabajar un poquito... llevo tiempo sin trabajar... Para comenzar a trabajar hay que añorarlo mucho, tanto que no se desee otra cosa... —Se estremeció mientras se dormía—. Y con respecto a Irma... Lo que haré será escribirle a Rotz-Tusov con relación a Irma. Ojalá no se asuste, ese Rotz-Tusov, cobarde. Me debe novecientas coronas... Cuando se trata del señor Presidente, eso no tiene la menor importancia, todos nos volvemos cobardes. ¿Por qué somos todos tan cobardes? ¿A qué tenemos miedo? Le tenemos miedo a los cambios. No podremos ir a una taberna de escritores y darnos un trago de algo bueno... el portero no inclinará la cabeza a nuestro paso... y, en general, no habrá portero, me harán portero a mí. Pero si me mandan a las minas, entonces me irá mal... Pero eso ocurre rara vez, los tiempos han cambiado... las costumbres no son ya tan brutales. He pensado cien veces en ello, y cien veces he descubierto que no tenía de qué sentir miedo, pero lo sigo teniendo de todos modos. Porque se trata de una fuerza bruta —se contestó—. Es terrible, cuando contra uno se lanza una fuerza bruta, un cerdo con colmillos, una bestia invulnerable, tanto ante la lógica como ante las emociones... Y no tendré a Diana...»

Se quedó dormido y se despertó de nuevo porque bajo la ventana abierta hablaban en voz alta, con carcajadas que parecían relinchos. Los arbustos crujían.

—No puedo detenerlos —decía la voz estropajosa del jefe de policía—. No hay ley que permita eso...

—La habrá —respondió la voz de Roscheper—. ¿Soy diputado o no?

—¿Y hay alguna ley que permita que haya un criadero de infecciones junto a la ciudad? —gruñó el burgomaestre.

—¡Habrá esa ley! —repitió Roscheper con terquedad.

—Ellos no infectan a nadie —intervino el falsete del director del gimnasio—. Quiero decir, médicamente hablando...

—Eh, profesor —le reconvino Roscheper—, no olvides abrirte la bragueta.

—¿Y hay alguna ley que permita arruinar a personas honestas? —chilló el burgomaestre—. ¿Hay una ley que permita arruinarlas?

—¡Tendrás esa ley! —repitió Roscheper—. ¿Soy diputado o no?

«¿Qué podría tirarles a la cabeza?», pensó Víktor.

—¡Roscheper! ¿Eres amigo mío? —dijo el jefe de policía—. Desgraciado, yo te llevé en brazos. Yo fui quien te eligió, maldito. Y ahora esos asquerosos andan por la ciudad y no puedo hacer nada. No existe una ley así, ¿entiendes?

—La habrá —dijo Roscheper—. Te digo que la habrá. Tendrá que ver con la contaminación atmosférica...

—¡Y moral! —intervino el director del gimnasio—. Moral y de las costumbres.

—¿Qué?... Digo que tendrá que ver... con la contaminación de la atmósfera, así como con la escasez de especies piscícolas en los embalses cercanos... liquidaremos las infecciones y los enviaremos a lugares apartados. ¿Es lo que hace falta?

—Me dan ganas de darte un beso —dijo el jefe de policía.

—¡Qué listo! —apuntó el burgomaestre—. ¡Qué cabeza! Yo también...

—Tonterías —dijo Roscheper—. No vale la pena... ¿Cantamos algo? No, no me apetece. Vamos a beber la última copa.

—Correcto. La última y a casa.

Los arbustos crujieron nuevamente.

—¡Oye, profesor, se te ha olvidado cerrarte la bragueta! —gritó Roscheper ya lejos.

Bajo la ventana se hizo el silencio. Víktor se quedó dormido nuevamente, tuvo un sueño insignificante, y después se oyó el timbre del teléfono.

—Sí —respondió Diana con voz ronca—. Sí, soy yo... —Tosió—. No importa, no importa... Todo ha ido bien, creo que está satisfecho... ¿Qué? —Ella hablaba, recostada sobre Víktor, y de repente él percibió la tensión que se apoderó del cuerpo de la mujer—. Qué extraño —siguió diciendo ella—. Ahora lo compruebo... Sí... Bien, se lo diré. —Colgó el teléfono, pasó por encima de Víktor y encendió la lámpara de noche.