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A continuación ocupé mi lugar ante la máquina de escribir y comencé directamente con la frase que había inventado el día anterior, pero no había utilizado pues la guardaba especialmente para hoy, para el desayuno:

No es contra ellos, sino contra sus camaradas de la derecha...

Y al principio todo me salió bien, alegre, con ánimo y decisión, pero una hora y minutos más tarde me di cuenta de que estaba como desmayado sobre el asiento, leyendo por enésima vez el último párrafo sin entender nada:

Y el Comisario seguía contemplando el tanque que ardía. Caían lágrimas de debajo de sus gafas, pero él no las secaba, su rostro continuaba sereno e inmóvil.

Me daba cuenta de que estaba trabado, totalmente trabado, para largo rato y sin norte. Y el problema no consistía en que me resultara imposible imaginar cómo seguirían desarrollándose los hechos de ahí en adelante: había meditado todo lo que acontecía en las siguientes veinticinco páginas. No, se trataba de algo peor: sentía algo parecido a una nausea cerebral.

Veía claramente ante mí el rostro del comisario, la trinchera semiderruida y el tanque alemán que ardía. Pero todo aquello era como de papel maché. De cartón y tablitas pintadas. Como en el escenario de una casa de cultura venida a menos.

Y pensé con triste satisfacción, quién sabe por cuál vez, que se debe escribir sobre lo que uno conoce muy bien, o sobre lo que nadie conoce. La mayor parte de nosotros opina que eso no importa. Pero Katia, mi hija, había señalado correctamente que uno debía quedar siempre en minoría.

Me molestan mucho esos derrapes en el trabajo, me enferman. Y en ese momento decidí que no dejaría que la tristeza me acogotara. A fin de cuentas, tenía muchas otras cosas que hacer, no había razón para quedarme allí sentado maldiciendo. Me esperaban en la calle Bánnaia.

Doblando con prisa las páginas, metí el borrador del guión en una funda plástica especial para él y comencé a vestirme. «El molinero debe vivir en movimiento...», balbuceé, mientras me ponía los zapatos con cierto trabajo. «¡El agua nos sirve de ejemplo!», canté a toda voz, metiendo en la carpeta Los Koriaguin,una magnífica pieza dramática. Estaba espantando el miedo. «¡En última instancia, devolveré el adelanto!», dije en voz alta, mientras me ponía aparka.Pero no se trataba del adelanto. En los últimos tiempos había tenido semejantes derrapes con mucha frecuencia. Honestamente, eran ataques de repulsión hacia el trabajo que me daba de comer.

De pie en el rellano de la escalera, me puse a pensar, quizá para despejar la mente, que durante los últimos tres días no me había ocurrido nada absurdo ni tonto; al parecer, el que maneja los hilos de mi destino está totalmente exhausto y no es capaz ni siquiera de un milagrito estúpido... Mientras, los ascensores no subían, ni el grande, ni el pequeño, y yo golpeaba las puertas de ambos y después escuchaba con atención. De abajo llegaba el sonido retumbante de unas voces indescifrables. Entonces solté un taco y comencé a bajar por las escaleras.

En el rellano del décimo piso vi que la puerta del apartamento del poeta Kostia Kudínov estaba abierta de par en par, y allí asomaba una espalda enorme, enfundada en una bata blanca.

«Vaya, otra vez», pensé al instante. Y no me había equivocado. A Kostia Kudínov lo sacaban sobre una camilla, y el ascensor grande estaba abierto, esperando. Kostia estaba tan pálido que parecía verdoso, sus ojos turbios se movían en desorden y bizqueaban, la boca manchada parecía un colgajo.

Al principio me pareció que Kostia estaba inconsciente, y no puedo decir que aquel espectáculo me acongojara, aunque me entristecía un poco. Él y yo apenas nos conocíamos, éramos vecinos del mismo edificio y miembros de la misma organización de escritores, que contaba con varios miles de afiliados. De alguna manera, unos diez años atrás, durante alguna campaña, él se había pronunciado públicamente en mi contra, con osadía y de manera bastante cáustica. Es verdad que después se había retractado, diciendo que me había confundido con otro Sorokin, con el Sorokin de la sección de literatura infantil, por lo que desde ese momento, cuando nos tropezábamos, nos saludábamos, intercambiábamos rumores y nos quejábamos de que no había forma de reunimos para tomar unas copas. Pero, por lo demás no era nadie para mí, y además, al verlo, estuve a punto de llegar a la conclusión de que él simplemente había bebido más de lo habitual. En una palabra, si la indiferente naturaleza hubiera tenido la última palabra, al poeta Kostia Kudínov se lo deberían haber llevado en ese momento en el ascensor, las puertas se habrían cerrado, ocultándolo ante mis ojos, le habría preguntado al médico qué le había ocurrido y por la noche le habría contado aquel suceso a alguien en el club.

Pero el que maneja los hilos de mi destino aún se sentía rebosante de fuerzas.

—¡Félix! —pronunció Kostia, en un tono de tal desesperación que los camilleros se detuvieron al instante, esperando a ver qué más iba a decir—. Dios te ha enviado a mí. Félix...

En ese momento sus ojos quedaron en blanco y calló. Pero apenas los camilleros echaron a andar sin esperar la continuación, volvió a hablar. Lo hacía a tirones, enredándose, susurrando con un ronquido y exigiendo todo el tiempo que yo tomara nota; y por supuesto, obediente, abrí la carpeta, tomé el bolígrafo y comencé a escribir en uno de los márgenes: «Estación de metro Sokólniki, carretera Bogoródskoie, núm. 239, Instituto, Iván Davídovich Martinsón, matusalina». O sea, yo debía correr ahora al extremo más lejano de Moscú, buscar en la carretera Bogoródskoie un instituto desconocido, en ese instituto encontrar un tal Martinsón, a quien debía pedirle, para Kostia, eso denominado matusalina. («Aunque sea dos o tres gotas... Sé que no me corresponde, pero de todos modos, pídele que me lo dé... De otra manera, moriré...») A continuación, las puertas del ascensor se cerraron y quedé solo en el rellano.

Seré totalmente honesto. Yo no sentía la menor lástima, y mucho menos deseaba llevar a cabo esas complejas evoluciones en el espacio y con mi tiempo. ¿A santo de qué? ¿Quién creía que era para mí? ¡Un poeta casi desconocido, medio alcohólico! Además, se había manifestado contra mí; sí, por error, pero contra mí, y no a mi favor. Por supuesto, ya no iría a ninguna parte, ni siquiera a la calle Bánnaia, todo aquello me había irritado y molestado bastante. Pero en ese momento, otro hombre que vestía una bata blanca salió del piso de Kostia y se detuvo junto a mí, ante la puerta del ascensor. A juzgar por el fonendoscopio y las gafas con montura de asta, se trataba del médico, que llevaba en los labios un emboquillado sin encender. Y le pregunté qué le ocurría a Kostia. Me respondió que sospechaban que Kostia sufría de botulismo, una gravísima intoxicación producida por las conservas. Me asusté. Una vez en Kamchatka me había intoxicado con conservas; estuve a punto de diñarla.

Las puertas del ascensor se abrieron, el médico y yo entramos y le pregunté, siguiendo las notas hechas en la carpeta, si la matusalina ayudaría a Kostia. El médico me miró sin comprender y leí, silabeando: «Ma-tu-sa-li-na». Pero el médico no sabía nada sobre la matusalina, y llegué a la conclusión de que se trataba de una medicina nueva, novísima incluso.