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Aquella idea le pareció tan saludable e interesante al sociumque todos se pusieron a pedirse mutuamente lápiz y papel. Para escribirla. Pero nadie tenía lápiz ni papel; llamaron a Aliónushka, le mendigaron un trocito de lápiz y una hoja de su cuaderno de notas, y Petia exigió que Slava repitiera su formulación, cosa que éste intentó con toda honestidad, pero no le salió. Zhora Naúmov tampoco logró repetirla, lo confundió todo, le introdujo una tal quintaesencia y, mientras todos gritaban interrumpiéndose, pensé que no importa cómo se definiera la crítica, no aportaba utilidad alguna y no había manera de evitar el daño que causaba. Nuestra crítica no se dedicaba en absoluto a la quintaesencia de la histeria del creador, sino a nivelar la literatura para que resultara más fácil saldar las cuentas personales y estéticas con los escritores. Así mismo.

Bebí y comí un trocito de filete frío. Mientras tanto, el debate terminológico sobre la crítica se convirtió, de modo natural, en una discusión sobre la política de pago de honorarios.

Mi visión sobre la política de pago de honorarios es simple: mientras más paguen, mejor; todos los debates de los escritores sobre la estimulación material no valen un comino. Gentes como Trepa Nacional gritan constantemente que si les pagaran como a Pedro, ellos escribirían como León. Miente el muy chapuzas. No importa cuánto le paguen, siempre escribirá como una mierda. Págale quinientos por página, setecientos, de todos modos escribirá la misma idiotez: niños, estudiar bien es muy bueno, estudiar mal es feo, feo, eso no está bien y no se debe ofender a los más pequeños. Y lo seguirán publicando, porque en todas las redacciones de literatura infantil han reservado, digamos, el treinta por ciento del volumen editorial para la literatura sobre los escolares, pero habría que discutir si hay suficientes buenos escritores para cubrir ese treinta por ciento. Se supone que sí. Pero a Valia Démchenko le puedes pagar doscientos, cien solamente, de todos modos va a escribir bien, no va a escribir peor porque le paguen peor, aunque no tiene ningún espacio reservado para su urbanismo crítico, y los reseñistas se lanzan sobre él como perros rabiosos.

En ese momento me tocaron el hombro y, al volverme, vi a Lidia Nikoláievna, la gerente de turno. Con sequedad me informó que llevaba una hora entera buscándome, que Konstantín Ilich Kudínov había telefoneado desde el hospital y pedía que fuera a verlo de inmediato. No sé qué historia le habría contado aquel farsante, pero ella habló en tono de extrema hostilidad. Seguramente pensaría que yo había prometido visitar al amigo enfermo, pero me había ido de copas, traicionando mi palabra y a mi amigo. De nuevo culpable. ¿De qué?

Le di dinero a Slava para que pagara mi parte, y eché a andar con decisión por la alfombra del pasillo hacia el vestíbulo.

El salón, bien iluminado, estaba totalmente lleno, ya no quedaba ni un lugar libre; varios grupos numerosos habían unido varias mesas, el humo del tabaco flotaba en capas sobre las cabezas de los comensales; en las copas que se alzaban para los brindis, los líquidos transparentes emitían destellos cambiantes; se oían los múltiples golpes del metal sobre el vidrio y la porcelana, se gritaban juramentos de amistad; incluso en uno de los rincones más lejanos, un tipo con canas en las sienes, que vestía un mono de lujo, declamaba unos versos con voz de diácono, mientras que en otro rincón un grupo de miembros de la guardia imperial, de pie en posición de firmes, levantaba sus copas al nivel del pecho, en un brindis que expresaba las más firmes esperanzas, lamentando seguramente el hecho de que no sería posible, como se hacía con el director anterior del club, lanzar las copas por encima del hombro al terminar de beber y pisotear los fragmentos con los tacones. Y ya se movía de mesa en mesa, saludando con una sonrisa, Shura Peklevani, amado por casi todos aunque poco conocido por los lectores; palmeaba las espaldas de los que estaban sentados, se inclinaba a besar las manos de las damas y rechazaba continuamente las invitaciones a compartir mesa, ya que se dirigía hacia una claramente definida. Shura siempre sabía, con toda exactitud, a qué mesa debía sentarse cada día. Ya avanzaba, bajando del entresuelo por la escalera de madera y hablando ruidosamente, una manada de críticos e investigadores literarios que acababan de poner punto final a una reunión: fluía entre las mesas, saludaba, se detenía, se sentaba con conocidos, se despedía; y en medio de todo aquel torbellino, en el centro del salón, una pandilla de jovencitos rendía fervoroso homenaje al redactor jefe de una revista de la periferia, un hombre de aspecto oriental, cuadrado, casi cúbico, que llevaba una tiubeteika [6]yuna chaqueta corriente, en cuyas solapas brillaban insignias incomprensibles... La buena vida fluía como agua de manantial y yo tenía de nuevo que largarme a los confines de la ciudad. Pensé con tristeza qué cosas podría inventar aún el que movía los hilos de mi destino...

Tuve suerte: conseguí enseguida un taxi y media hora después, el conductor y yo buscábamos el hospital en el suburbio de Biriuliovo. Cuando entré en la sala, Kostia estaba sentado sobre la cama con las piernas cruzadas a la manera turca, rebañando con asco los restos de papilla de sémola del plato. Vestía ropa de hospital, con todas las etiquetas y sellos posibles, pero por lo demás tenía buen aspecto. Por supuesto, no diría que estaba rozagante, tenía el rostro demasiado pálido, pero tampoco quedaba en él nada de angustia, aunque tenía la quijada embarrada de papilla.

La sala contaba con seis camas, junto a la ventana le pasaban un suero a alguien, pero todos los demás se habían ido a ver el hockey por la televisión.

Al verme, Kolia se levantó de un salto y corrió hacia mí con tanta emoción que estuve a punto de asustarme: acaso querría abrazarme. Pero se limitó a apretar y sacudir cordialmente mi mano. Continuó apretándome y sacudiéndome la mano mientras hablaba como si le hubieran dado cuerda, sin dejar de mirar por encima del hombro al paciente con el suero. No me dejaba meter ni una sola palabra. Me contó cómo al principio vomitó, después se desmayó, cómo primero le lavaron el estómago y después los intestinos, cómo le pusieron inyecciones, cómo le dieron masajes y le pusieron oxígeno. Y mientras tanto, no dejaba de mirar por encima del hombro y de empujarme hacia la puerta, dándome pisotones.

—¿Qué locura te traes? —dije, cuando finalmente salimos al pasillo.

—Vamos a sentarnos. Allí, en el banquito bajo la palma.

Nos sentamos. El pasillo estaba totalmente vacío, sólo se veía a lo lejos a la enfermera de guardia, que colocaba en silencio unos frascos. Kostia continuaba hablando, aunque su excitación era mucho menor. Consideré que su febril alegría al verme había sido causada por la euforia de un sentimiento exagerado de agradecimiento, y creo que pensé: «¡Vaya, es una bestia, pero está vivo!». Y aprovechando su primera pausa, traté de saber cómo había ido todo.

—Entonces, ¿eso te ayudó?

—¿El qué? —preguntó rápidamente.

—Eso... la matusa...

—¡Sí! —exclamó, con voz de entusiasmo, y me agarró el brazo—. ¡Sí! De no ser por eso... Imagínate, aquí me hicieron un lavado de estómago a presión. ¡Me hicieron un lavado terrible! Sólo hoy he comprendido qué tortura más terrible la de la Inquisición, cuando le bombeaban agua a la gente por el trasero... ¡Los ojos se me salían de las órbitas, creo que voy a tener que ir al oculista!

Y comenzó a contarlo todo por segunda vez: cómo había vomitado, cómo se había desmayado, etcétera. Además, hacía chistes, a veces buenos, en general trataba de pintarlo todo con tintes de humor, pero tras aquel humor se percibía una tensión malsana, y de repente pensé que no había euforia alguna, sino que en aquel momento el horror de la muerte que lo había embargado bullía dentro de él y amenazaba con salir al exterior, y estaba yo a punto de palmearle la rodilla para tranquilizarlo, cuando de repente dejó de hablar.