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El camarero trajo las ostras y una botella de vino blanco. El burgomaestre lo detuvo con un gesto del dedo.

—Amigo mío, tráigame media ración de esturión de Kitchingan y una copa de licor de menta. El esturión, sin salsa... —Se volvió hacia Víktor—. Como iba diciendo, temo que nuestra conversación no pueda ser considerada como de sobremesa, ya que hablaremos de asuntos y circunstancias no sólo lamentables; yo diría que además son poco apetitosos. Tenía la intención de conversar con usted sobre los gafudos, ese maldito tumor canceroso que lleva varios años minando nuestra infeliz región.

—Sí, sí —dijo Víktor, el asunto comenzaba a interesarle.

El burgomaestre pronunció un discurso nada altisonante, bien meditado y estilísticamente perfecto. Contó cómo veinte años atrás, tras la ocupación, se creó una leprosería en la cañada del Caballo, un campo de cuarentena para personas que sufrían la enfermedad llamada lepra amarilla, o mal de los gafudos. Hablando con propiedad, aquella enfermedad había aparecido en el país en tiempos inmemoriales, como bien sabía el señor Bánev, y como indicaban las investigaciones especializadas, por alguna razón desconocida atacaba con particular frecuencia a los residentes de nuestra región. Sin embargo, sólo gracias a los esfuerzos del señor Presidente se le prestó seria atención a la enfermedad, y sólo por sus indicaciones personales esos infelices, carentes de atención médica, dispersos por todo el país, sometidos con frecuencia a injustas persecuciones por parte de otros sectores de la población, y hasta a la eliminación directa por parte de los ocupantes, esos infelices fueron finalmente reunidos en un lugar y obtuvieron la posibilidad de una existencia tolerable, que adecentaba su situación. Nada de esto da lugar a la menor objeción, y las medidas antes mencionadas sólo pueden ser alabadas. Sin embargo, como ocurre con frecuencia entre nosotros, las mejores y más nobles iniciativas se han vuelto contra nosotros. No vamos a buscar culpables ahora. No nos vamos a dedicar a investigar las actividades del señor Gólem, una actividad probablemente abnegada, pero como se ha aclarado recientemente, preñada de consecuencias harto desagradables. Tampoco nos vamos a dedicar a hacer críticas prematuras, aunque la posición de algunas instancias bastante altas, que tercamente se niegan a prestar atención a nuestras protestas, nos parece incomprensible. Pasemos a los hechos. El burgomaestre bebió una copa de licor de menta, tomó un trocito de esturión y su voz se hizo más aterciopelada todavía, resultaba del todo imposible imaginar que ponía cepos para cazar personas. Con fervorosa elocuencia expresó el deseo de no ocupar demasiado tiempo la atención del señor Bánev con los rumores que circulaban por la ciudad, rumores que debía reconocer eran el resultado de la realización imprecisa y nada unánime, por todos los niveles de la administración, de las orientaciones del señor Presidente: hablamos de la opinión, ampliamente difundida, del papel fatal de los denominados gafudos en el abrupto cambio del clima, de su responsabilidad por el incremento del número de abortos espontáneos y el índice de matrimonios estériles, de la desaparición total en la ciudad de varias especies de animales domésticos y de la aparición de una variedad especial de chinches domésticas, exactamente la chinche alada...

—Señor burgomaestre —dijo Víktor, con un suspiro—. Debo reconocer que me resulta muy difícil seguir sus larguísimos párrafos. Es mejor hablar de manera llana, como buenos hijos de la misma nación. Es mejor no hablar de lo que no vamos a hablar, y hablar de lo que vamos a hablar.

El burgomaestre le lanzó una mirada rápida, calculó algo mentalmente, comparó algo; quién sabe qué estaría comparando, pero seguramente todo valía: el hecho de que Víktor se emborrachaba con Roscheper, que las borracheras eran conocidas en todo el país, que Irma era una niña prodigio, que existía una tal Diana, y muchísimas otras cosas, tantas que el burgomaestre comenzó a marchitarse visiblemente y, con un grito, pidió que le sirvieran una copa de coñac. Víktor también pidió una copa a gritos. El burgomaestre soltó una carcajada, contempló la sala que ya se había vaciado de clientes, y dio un leve puñetazo sobre la mesa.

—Está bien, con usted no hay que andarse por las ramas —dijo—. Se ha vuelto imposible vivir en la ciudad, dele las gracias a su amigo Gólem. A propósito, ¿sabe que Gólem es un criptocomunista? Sí, se lo aseguro, existen informes... Está pendiente de un hilo, ese Gólem suyo... Lo que le digo es que están pervirtiendo a los niños ante nuestros ojos. Esa carroña se ha colado en las escuelas y ha echado a perder totalmente a los niños... Los electores están molestos, algunos abandonan la ciudad, hay mar de fondo, temo que en cualquier momento empiecen los linchamientos, la administración regional no mueve un dedo: ésa es la situación que tenemos. —Vació la copa—. Debo decirle cuánto odio a esa chusma, los mataría a dentelladas, pero me dan náuseas. No me creerá, señor Bánev, pero los odio hasta tal punto que les pongo cepos. Pervertir a los niños es lo de menos. Los niños son niños, los puedes pervertir cuanto quieras, siempre les parecerá poco. Pero póngase en mi situación. Estas lluvias son asunto de ellos, no sé cómo lo hacen, pero es así. Construimos un sanatorio, un balneario de aguas medicinales, el clima era un lujo, el dinero llegaba a paletadas, venían incluso desde la capital, ¿y en qué ha terminado todo? Lluvia, niebla, clientes con congestión nasal... A continuación todo empeora, viene de visita un físico famoso... he olvidado su nombre, seguramente usted lo conoce... estuvo dos semanas y listo: pescó el mal de los gafudos y a la leprosería. ¡Excelente publicidad para el sanatorio! Después, otro caso, y otro, y otro, los clientes desaparecieron del todo. El restaurante se consume, el sanatorio agoniza, gracias a Dios que apareció un entrenador idiota, entrena un equipo para torneos en países lluviosos... Y el señor Roscheper colabora, en cierto sentido... ¿Me entiende usted? Intenté ponerme de acuerdo con ese tal Gólem, pero fue como hablar con una pared: terco como una muía. Me dirigí a las altas instancias, sin resultado. Más arriba, y nada. Más arriba todavía, y me responden que acusan recibo y han emitido las orientaciones correspondientes a las instancias inferiores... Los odio, pero me sobrepuse a mí mismo y fui a visitarlos a la leprosería. Me dejaron entrar. Les estuve rogando, traté de convencerlos... ¡Qué tipos más miserables! Miran a uno con esos ojos despellejados como si uno fuera un gorrión, como si no estuviera ahí... —Se inclinó hacia Víktor y le dijo en un susurro—: Temo que haya un motín. ¿Usted me entiende?

—Sí —dijo Víktor—. ¿Y qué pinto yo en todo esto?

El burgomaestre se reclinó en el asiento, sacó un habano a medio fumar de un estuche de aluminio y lo encendió.

—En mi situación sólo me queda llamar a todas las puertas. Se necesita transparencia. El municipio ha dirigido una petición al departamento de sanidad, el señor Roscheper la firmará y espero que usted también, pero no creo que tenga mucho efecto. ¡Hace falta transparencia! Se necesita un buen artículo en un diario de la capital, firmado por alguien famoso. Por usted, señor Bánev. El material es de gran actualidad, precisamente para un tribuno como usted. Se lo ruego. En mi nombre y en el de la municipalidad, y en el de los infelices padres... Hay que conseguir, aunque sea, que se lleven de aquí la leprosería al quinto infierno. A cualquier parte, pero que no quede aquí ni el olor de los gafudos, de esa carroña. Eso es lo que quería decirle.