—Sí, entiendo —pronunció Víktor lentamente—. Lo entiendo perfectamente.
«Aunque seas una bestia —pensó—, aunque seas un cerdo cebado, puedo entenderte. ¿Qué es lo que ha ocurrido con los leprosos? Eran callados, jorobados, caminaban apartándose de todos, no se decía de ellos nada semejante, y si de algo había quejas era de que apestaban como si fueran infecciosos, que fabricaban juguetes excelentes, objetos de madera... La madre de Fred decía, lo recuerdo, que echaban el mal de ojo, que la leche se cortaba por culpa de ellos, que nos traerían la guerra, la peste y el hambre... Y ahora están allí, tras su cerca de alambre espino, ¿y qué es lo que hacen? Uf, hacen muchísimas cosas. Cambian el estado del tiempo, atraen a los niños (¿para qué?) y han espantado a los gatos (otra vez, ¿para qué?) y a sus chinches les han salido alas.»
—Seguramente usted piensa que estamos sentados en nuestros despachos, mano sobre mano —dijo el burgomaestre—. De eso, nada. Pero, ¿qué podemos hacer? Estoy preparando un proceso contra Gólem. El señor inspector sanitario Pavor Summan ha aceptado asesorarme. Haremos hincapié en el hecho de que aún no se ha dado una opinión unívoca sobre el carácter infeccioso de la enfermedad, y Gólem se aprovecha de ello, en su calidad de criptocomunista. Eso, en primer lugar. En segundo, trataremos de responder al terror con el terror. La Legión Urbana, nuestro orgullo, chicos magníficos, águilas... pero eso quizá no sea lo que haga falta. No recibimos orientaciones desde arriba. La policía está en una situación ambigua... y en general... Así que ponemos obstáculos como podemos. Retenemos las mercancías que van destinadas a ellos, los envíos personales, por supuesto, nunca la comida ni la ropa de cama, sino los libros de todo tipo, compran muchísimos... Hoy hemos detenido un camión y siento cierto alivio. Pero todas esas tonterías son para calmar la angustia, lo que habría que hacer es algo radical...
—Así que águilas —dijo Víktor—, chicos magníficos... ¿Cómo se llama ése? ¿Flamenda? Ése, el sobrino...
—Flamin Yuventa —dijo el burgomaestre—, ¡mi sustituto para asuntos de la Legión! ¡Un águila! ¿Usted lo conoce?
—Más o menos. ¿Y para qué retienen los libros?
—Cómo que para qué... Por supuesto, es una tontería, pero somos seres humanos, es que estamos hartos. Y, además —siguió diciendo el burgomaestre con una sonrisa, como si estuviera avergonzado—, es una tontería, por supuesto, pero corre el rumor de que ellos, sin libros, no pueden... de la misma manera que la gente normal no puede vivir sin alimentos.
Se hizo el silencio. Víktor pinchaba la carne con el tenedor, ahora sin apetito. «Sé muy poco de los mohosos, y lo que sé no me hace sentir la menor simpatía hacia ellos. Quizá todo sea porque no me han gustado desde mi niñez. Pero conozco bien al burgomaestre y su banda, la grasa y el tocino de la nación, los lacayos presidenciales, sus centurias negras. Por lo tanto, si estáis en contra de los leprosos, eso significa que en ellos hay algo... Por otra parte, se puede escribir el artículo más feroz, de todos modos nadie se arriesgaría a publicarme, pero el burgomaestre estaría satisfecho, yo podría cobrarle el favor, podría vivir bien aquí. ¿Quién de los verdaderos escritores puede jactarse de que vive bien? Podría instalarme aquí, obtener una sinecura, una plaza, por ejemplo, de inspector municipal de playas urbanas, y dedicarme a escribir sobre lo bien que vive una buena persona que se dedica a aquello que ama, y hablar sobre este tema ante los niños prodigio. Ah, el problema consiste en aprender a secarse. Te escupen a la cara y te secas. Primero, con vergüenza, después con perplejidad, y quién sabe si después te secarás con dignidad, mientras sientes, incluso, cierto placer.»
—Por supuesto, no queremos meterle prisa —dijo el burgomaestre—. Usted es una persona ocupada, etcétera. ¿Dentro de una semana, eh? Le daremos todos los materiales, podemos proporcionarle incluso un esquema, un modelo según el cual sería deseable que... Y cuando su experimentada mano se ponga a trabajar, todo comenzará a funcionar. Y bajo ese artículo aparecería la firma de tres hijos excelsos de nuestra ciudad: el diputado Roscheper Nant, el famoso escritor Bánev y el doctor Rem Kvadriga, laureado con el premio estatal.
«Trabaja bien —pensó Víktor—. No recuerdo semejante insistencia entre nosotros, la gente de izquierda. Haríamos insinuaciones, le daríamos la vuelta para no ofender a la persona, no presionarla más de lo estrictamente necesario para que, Dios nos libre, no vayan a sospechar una intención interesada... ¡Hijos excelsos!... Pero este canalla está absolutamente seguro de que escribiré el artículo, y lo firmaré, de que no tengo dónde meterme y de que a Bánev, inmerso en tantos líos, lo único que le queda es rendirse, manos arriba, y ganarse con el sudor de su frente la existencia tranquila en su ciudad natal... Y soltó lo del esquemita... ya sabemos de qué esquema se trata, cómo debe ser ese esquema para que publiquen a Bánev, a quien ha salpicado la saliva del presidente. Sí, señor Bánev... te gusta el coñac, te gustan las chicas, te gusta el pulpo marinado con cebolla, así que aprende a empujar el carro...»
—Meditaré su propuesta —dijo, sonriendo—. El proyecto me parece bastante interesante, pero su realización exige forzar la conciencia en cierto grado. —Hizo un guiño salaz al burgomaestre.
El funcionario se echó a reír.
—¡Claro que sí! «La conciencia de la nación, un espejo preciso», etcétera. Claro que me acuerdo... —Se inclinó de nuevo hacia Víktor, con cara de conspirador, y le susurró—: Le ruego que pase mañana por mi oficina. Sólo habrá allí gente de confianza. Pero sin esposas, ¿eh?
—Con respecto a eso, me veo obligado a rechazar decididamente su invitación —dijo Víktor mientras se ponía de pie, y volvió a hacer un guiño salaz—. Tengo cosas pendientes. En el sanatorio.
Se despidieron casi amigos. El escritor Bánev fue inscrito en la élite de la ciudad, y para calmar los nervios, excitados por semejante honor, tuvo que beber una copa de coñac tan pronto la espalda del burgomaestre desapareció por la puerta.
«Por supuesto, podría irme de aquí al infierno —pensó Víktor—. No me permitirán marcharme al extranjero ni yo quiero irme; no tengo nada que hacer allí, en todas partes es lo mismo. Pero en nuestro país hay unos cuantos sitios donde puedo esconderme y dejar pasar el tiempo.» Imaginaba un lugar soleado, bosques de hayas, aire embriagador, granjeros silenciosos, olores a leche y miel... y a boñiga, y mosquitos... y el hedor de la letrina, el aburrimiento... y los televisores antiguos, y la intelectualidad locaclass="underline" un cura pícaro y mujeriego, un maestro bebedor de aguardiente casero... Aunque, en general, había sitios adonde huir. Pero eso es lo que están esperando, que me vaya, que los pierda de vista, que me meta en mi madriguera, que lo haga yo mismo sin que me obliguen, porque mandarme al destierro es demasiado trabajoso, se armaría un escándalo, correrían rumores... En eso estriba toda la desgracia: les daría una gran alegría. Se largó, cerró la boca, lo han olvidado, ha dejado de rezongar...
Víktor pagó la cuenta, subió a su habitación, se puso el impermeable y salió bajo la lluvia. De repente sintió muchos deseos de ver nuevamente a Irma, de conversar con ella sobre el progreso, de averiguar por qué bebía tanto (en realidad, ¿por qué bebo tanto?), y quizá Bol-Kunats esté allí, y seguramente Lola no estará... Las calles estaban mojadas, grises, desiertas, los manzanos morían lentamente de humedad en los jardines. Por primera vez Víktor se dio cuenta de que algunas casas tenían las puertas claveteadas. La ciudad había cambiado mucho: los vallados estaban a punto de caer, bajo las cornisas crecía un musgo blanquecino, las paredes se habían desteñido y la lluvia continuaba reinando en la calle.