La lluvia simplemente caía, salpicaba un fino polvo húmedo desde los techos, la lluvia se concentraba en las corrientes de aire formando remolinos que iban de una pared a otra, la lluvia se precipitaba rugiendo por los oxidados tubos de desagüe, se vertía por el pavimento y corría por cauces abiertos entre los adoquines. Nubes de un color gris negruzco se arrastraban sobre los tejados. En las calles, el ser humano era un huésped no deseado y la lluvia no tenía piedad de él.
Víktor llegó a la plaza de la ciudad y vio gente. Estaban bajo un toldo, a la entrada de la jefatura de policía: dos agentes, vistiendo sus impermeables de reglamento, y un chico desaseado, con un mono de trabajo lleno de manchas de aceite. Delante del toldo, había un enorme camión con cubierta de lona embreada, con los neumáticos del lado izquierdo sobre la acera. Uno de los dos policías era el jefe. Miraba a un lado, con su poderosa quijada muy tensa, mientras el chico gesticulaba con desesperación e intentaba demostrarle algo con voz plañidera. El otro policía fumaba y también se mantenía en silencio, con expresión de disgusto. Víktor caminó hacia ellos y a unos veinte pasos de la entrada oyó lo que decía el chico.
—¿Y qué pinto yo en todo esto? —gritaba—. ¿He infringido el código de circulación? No he infringido nada. ¿Están en orden mis documentos? Están en orden. La carga está bien, aquí está el albarán. ¿Qué, acaso es la primera vez que vengo a la ciudad?
El jefe de policía vio a Víktor y su rostro se torció en un gesto de desagrado extremo. Le dio la espalda y, como si no viera al chico, se dirigió al otro agente.
—Entonces, te quedas aquí. Vigila que todo esté en orden. Y no montes en la cabina, porque se lo robarán todo. No dejes que nadie se acerque al furgón. ¿Está claro?
—Está claro —dijo el policía, con expresión irritada.
El jefe de policía abandonó la entrada, montó en su coche y partió.
—Oiga, usted —gritó el chico airado, dirigiéndose a Víktor después de escupir—, ¿qué cree, soy culpable o no? —Víktor se detuvo y el chico se sintió animado por ello—. Viajo con normalidad. Estoy transportando libros a la zona especial. Lo he hecho mil veces. Ahora, me detienen y me ordenan dirigirme a la jefatura de policía. ¿Por qué? ¿He infringido el código de circulación? No he infringido nada. ¿Están en orden mis documentos? En orden, aquí tengo el albarán. Me han retirado el carné para que no pueda huir. ¿Y adonde voy a huir?
—No grites más —le dijo el policía.
—¿Qué es lo que he hecho? —preguntó el chico volviéndose hacia él de inmediato—. ¿He rebasado el límite de velocidad? No lo he hecho. Me van a descontar el retraso. Y me han retirado el carné...
—Se aclarará —dijo el policía—. ¿Por qué te preocupas tanto? Vete a la taberna, es un asunto sin importancia.
—¡Ay, jefecillos de mierda! —gritó el chico, poniéndose sobre la marcha la gorra en su erizada cabeza—. ¡No hay justicia en ninguna parte! Giras a la izquierda, te detienen; vas a la derecha, te vuelven a detener. —Estaba a punto de bajar a la calle, pero se detuvo e, implorante, le dijo al policía—: ¿Quiere que le pague una multa o algo así?
—Lárgate, lárgate —masculló el policía.
—¡Me prometieron una bonificación por entrega anticipada! He pasado toda la noche conduciendo...
—¡Te digo que te largues!
El chico volvió a escupir, se acercó al furgón, pateó dos veces el neumático delantero, después se encorvó de repente y echó a andar por la plaza con las manos metidas en los bolsillos.
El agente miró a Víktor, miró el camión, miró al cielo, el cigarrillo se le apagó; entonces escupió la colilla y echó a caminar hacia la jefatura, quitándose el capuchón sobre la marcha.
Víktor estuvo cierto tiempo parado allí, y a continuación caminó a lo largo del camión. El furgón era enorme, potente, parecido a los transportes de infantería motorizada. Víktor miró a su alrededor. Unos metros delante del camión, con el neumático delantero ladeado, se empapaba bajo la lluvia una Harley de la policía, pero no había otros vehículos en las cercanías.
«Podrán alcanzarme —pensó Víktor—, pero no me detendrán, una mierda.» Se sintió alegre. «Y qué demonios —pensó—: el famoso escritor Bánev, tras emborracharse una vez más, se llevó un vehículo ajeno para divertirse; por suerte, todo concluyó sin víctimas...» Se dio cuenta de que aquello no sería nada sencillo, que no sería el primero que regalaba a las autoridades un pretexto plausible para meter en el calabozo a un ciudadano inquieto, pero no quería cambiar de idea, quería someterse a su impulso. «En última instancia, escribiré el artículo que me pide ese canalla», pensó.
Abrió la portezuela de la cabina y se sentó al volante. No tenía llave, tuvo que arrancar los cables del encendido y hacer un cortocircuito. Cuando el motor se puso en marcha, antes de cerrar la portezuela Víktor miró hacia atrás, a la entrada de la jefatura. Allí estaba el policía, con la misma expresión de irritación en el rostro y un cigarrillo entre los labios. Era obvio que no se había dado cuenta de nada. Víktor cerró la portezuela, bajó a la calle con cuidado, cambió la marcha y salió disparado hacia la bocacalle más próxima.
Era divertidísimo correr por las calles que sabía desiertas, metiendo las ruedas en charcos profundos para convertirlos en fuentes, girar el pesado volante ayudándose con todo el cuerpo, dejando atrás la fábrica de conservas, el parque, el estadio donde los Hermanos de Raciocinio seguían pateando sus balones como máquinas empapadas. Siguió adelante por la carretera, por los baches, dando saltos en el asiento y oyendo a sus espaldas cómo, con cada sacudida, caía pesadamente la carga mal colocada. Por el retrovisor no se veía a ningún perseguidor, y era difícil distinguir algo con semejante lluvia. Víktor se sintió muy joven, muy necesario quién sabe a quién, e incluso ebrio. Desde el techo de la cabina le sonreían hermosas mujeres, recortadas de revistas, en la guantera encontró un par de cigarrillos y se sintió tan bien que estuvo a punto de pasarse el cruce de caminos, pero frenó a tiempo y giró, siguiendo la flecha, que indicaba: leprosería, 6 km. Allí se sentía como un descubridor, porque nunca había recorrido aquel camino, ni a pie, ni en un vehículo. El camino era bueno, mucho mejor que la carretera municipaclass="underline" al principio el asfalto era muy parejo, bien cuidado, y después pasó a ser de hormigón. Cuando vio el pavimento de hormigón se acordó del alambre espino y los soldados, y cinco minutos después pudo ver todo aquello.
Una valla sencilla de alambre se extendía a ambos lados del camino de hormigón y desaparecía en la lluvia. El camino estaba cortado por un portón alto con una caseta de guardia, la puerta de la caseta estaba abierta y en el umbral estaba de pie un soldado con su casco, sus botas y su impermeable, bajo el cual asomaba el cañón de un fusil automático. Otro soldado, sin casco, vigilaba por un ventanuco.
«Nunca he estado en un campo de prisioneros —entonó Víktor—, pero no le des todavía gracias a Dios...» Quitó el pie del acelerador y se detuvo delante del portón. El soldado salió de la caseta y se le acercó. Era un soldadito muy joven, pecoso, de unos dieciocho años.