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«Ay, qué bien me vendría ahora una botella —pensó Víktor—. Lo convidaría, le contaría un par de chistes irlandeses, diría horrores de los jefes que siempre promueven a los trepas, me quejaría de los estudiantes, y el tipo seguramente se ablandaría.»

—Qué lluvia tan feroz la que está cayendo —dijo Víktor. El policía gruñó con bastante neutralidad, sin rabia—. Antes, había un clima magnífico —prosiguió Víktor, y entonces tuvo una ocurrencia—: Y fíjese usted, allí en la leprosería no llueve, pero cuando se aproxima alguien de la ciudad, empieza enseguida un aguacero.

—Sí, claro —replicó el policía—. Se lo han montado bien en la leprosería.

Se establecía el contacto. Conversaron sobre el clima, cómo era antes y cómo se había vuelto ahora, demonios. Descubrieron que tenían amigos comunes en la ciudad. Conversaron sobre la vida capitalina, las minifaldas, la lacra de la homosexualidad, el brandy de importación y los narcóticos de contrabando. De manera natural coincidieron en señalar que no había orden alguno, nada parecido a antes de la guerra o, digamos, inmediatamente después. Ser policía era tener un trabajo miserable, aunque en los periódicos escribieran que eran los bondadosos y severos guardianes del orden, engranajes indispensables del mecanismo estatal. Pero la edad de jubilación había aumentado, el monto de la pensión había disminuido, por una herida en el servicio daban una miseria, ahora les habían retirado las armas, y en tales condiciones, quién se iba a arriesgar... En resumen, se había creado una situación tal que, con un par de tragos, el policía le hubiera dicho: «Bien, chaval, vete con Dios. Yo no te he visto y tú a mí tampoco». Sin embargo, no había nada de beber, y el momento para pasarle un soborno no había madurado aún cuando el camión llegó ante la entrada de la jefatura de policía, el rostro del agente se ensombreció de nuevo y le indicó secamente a Víktor que lo siguiera deprisa.

El leproso se negó a explicarle nada al oficial de guardia y exigió que los condujeran de inmediato ante el jefe de policía. El oficial de guardia le respondió que seguramente el jefe lo recibiría a él personalmente, pero en lo relativo a este otro señor, está acusado de robar un vehículo, no tiene nada que hacer en la oficina del jefe, hay que interrogarlo y preparar el informe correspondiente.

—No —dijo el leproso con firmeza y serenidad—, eso no va a ocurrir, el señor Bánev no va a contestar a ninguna pregunta y tampoco va a firmar declaración alguna, pues para ello existen determinadas circunstancias relacionadas únicamente con el señor jefe de policía.

El oficial de guardia, a quien todo le daba lo mismo, se encogió de hombros y fue a informar a su superior. Mientras estaba ausente, apareció el chofercillo, aquel chico del mono de trabajo manchado de aceite, que no sabía nada y había bebido lo suyo, así que al momento se puso a gritar, a pedir justicia, a declarar su inocencia y otros asuntos trascendentes. El leproso, con cuidado, le quitó el albarán que el chico agitaba en el aire, se acomodó ante un escritorio y lo firmó. Asombrado, el chofer calló, y en ese mismo momento les dijeron a Víktor y al leproso que el jefe los esperaba.

El jefe de policía los recibió con aire severo. Miró con desagrado al leproso, pero evitó que sus ojos se cruzaran con los de Víktor.

—¿Qué desean? —preguntó.

—¿Podemos sentarnos? —replicó el leproso.

—Sí, por supuesto —dijo el jefe de policía con cierto embarazo, tras una corta pausa.

Todos tomaron asiento.

—Señor jefe de policía —comenzó a decir el leproso—. Se me ha encomendado que le manifieste una protesta por la repetida retención ilegal de cargas destinadas a la leprosería.

—Sí, he oído algo de eso —respondió el jefe de policía—. El conductor estaba bebido, nos vimos obligados a retenerlo. Pienso que todo se aclarará en los próximos días.

—Ustedes no retuvieron al conductor, sino la carga —objetó el leproso—. Sin embargo, eso no es tan esencial. Gracias a la bondad del señor Bánev, la carga fue entregada con un pequeño retraso, y usted debe darle las gracias al señor Bánev aquí presente, ya que un retraso considerable de esa carga por culpa suya, señor jefe de policía, hubiera podido causarle grandes problemas.

—Qué curioso —dijo el jefe de policía—. No entiendo ni quiero entender de qué se trata, ya que como funcionario oficial no acepto amenazas. Con respecto al señor Bánev, en ese sentido existe un código de leyes donde se han previsto semejantes conductas.

Era obvio que no se atrevía a mirar a Víktor.

—Veo que, en realidad, usted no comprende en qué situación se encuentra. Pero se me ha encomendado informarle que en caso de una nueva retención de nuestras cargas, tendrá que vérselas con el general Pferd.

Se hizo el silencio. Víktor no sabía quién era el general Pferd, pero el jefe de policía conocía perfectamente aquel apellido.

—Creo que se trata de una amenaza —dijo, inseguro.

—Sí —aceptó el leproso—. Y una amenaza más que real.

El jefe de policía se puso en pie de un salto. Víktor y el leproso lo imitaron.

—Tomaré en consideración todo lo que he oído hoy. Su tono, caballero, deja mucho que desear; sin embargo, prometo a las personas que le han dado esta encomienda que estudiaré el caso y tan pronto aparezcan los culpables serán castigados. Eso también se aplica al señor Bánev.

—Señor Bánev —dijo el leproso—, si debido a este incidente tiene algún problema con la policía, comuníqueselo de inmediato al señor Gólem. Hasta la vista —le dijo al jefe de policía.

—Hasta la vista —respondió aquél.

A las ocho de la noche, Víktor bajó al restaurante, y se dirigía a su mesita, donde ya estaba reunido el grupo de siempre, cuando Teddy lo llamó.

—Hola, Teddy —dijo Víktor, recostándose en el mostrador—. ¿Cómo va todo? —Y, en ese momento, se acordó—: ¡Ah! ¡La cuenta! ¡Ayer me pasé bebiendo!

—La cuenta, bien —gruñó Teddy—. No es para tanto: rompiste el espejo y tiraste un lavamanos. ¿Te acuerdas del jefe de policía?

—¿Y qué pasó con él? —se asombró Víktor.

—Ya sabía que no te ibas a acordar. Tenías los ojos como los de un cerdito asado. No te dabas cuenta de nada... Tú, tú mismo —insistió Teddy clavando el índice en el pecho de Víktor—, encerraste al pobrecillo en el servicio, aseguraste la puerta con una escoba y no lo dejaste salir. Nosotros no sabíamos quién estaba allí, creíamos que se trataba de Kvadriga. Bueno, que se quede ahí un rato, pensamos... Y después, tú mismo lo sacaste, y te pusiste a gritar: «¡Pobrecillo, si se ha embarrado todo!». Y le metías la cabeza en el lavamanos. El lavamanos se cayó y nos costó Dios y ayuda separarte de él.

—¿En serio? —dijo Víktor—. Vaya, vaya. Por eso hoy me mira mal. —Teddy asintió, comprensivo—. Demonios, qué feo —balbuceó Víktor—, tendría que disculparme... ¿Cómo me permitió hacerle eso? Es un tipo fuerte...