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—Temo que te acusen de cualquier cosa —dijo Teddy—. Hoy por la mañana andaba por aquí un poli, tomando declaraciones... seguro te cae el artículo sesenta y tres: ofensas a la dignidad con agravantes. O pudiera ser algo peor. Un acto terrorista. ¿Te das cuenta de cómo puede terminar todo? Yo, en tu lugar...

Teddy sacudió la cabeza.

—¿Qué? —preguntó Víktor.

—Dicen que hoy ha venido a verte el burgomaestre.

—Sí.

—¿Y qué quería?

—Una tontería. Quiere que escriba un artículo. Contra los leprosos.

—¡Aja! —dijo Teddy y se animó—. En realidad, es una tontería. Escríbele ese artículo y todo se arreglará. Si el burgomaestre queda satisfecho, el jefe de policía no se atreverá a chistar, puedes meterle la cabeza en el inodoro todos los días. El burgomaestre lo tiene aquí... —Teddy mostró un enorme puño huesudo—. Así que todo se arreglará. Por este motivo, la casa te invita a un trago. ¿Bidestilada?

—Sí, la bidestilada va bien —dijo Víktor, pensativo.

Ahora veía la visita del burgomaestre desde un ángulo totalmente distinto.

«Mira cómo me han trincado —pensó Víktor—. Sí... O te largas, o haces lo que te decimos, o te metemos al calabozo. Por cierto, tampoco sería tan fácil largarse. Si es un acto terrorista, te encuentran. Ay, hermanito alcohólico, da asco verte. Y no te metiste con cualquiera, sino con el jefe de policía.» Sinceramente, la idea y la realización estuvieron bien. No recordaba nada, aparte del suelo de mosaico cubierto de agua, pero podía imaginarse bien toda la escena. «Sí, Víktor Bánev, la persona más querida, mi cerdito asado, oposicionista de café con leche, y ni siquiera de café con leche, de café aguado, favorito del señor Presidente... Sí, se ve que te ha llegado el momento de venderte, como se dice. Rots-Tusov es un tipo con experiencia, que en estos casos dice que hay que venderse sin dificultades y bien caro, mientras más honesta sea tu pluma, más deben pagar por ella los que tienen el poder, así al venderte, causas daños al adversario, y hay que esforzarse para que ese daño sea el máximo...» Víktor se bebió de un trago la copa de licor sin sentir el menor placer por ello.

—Bien, Teddy, gracias. Dame la cuenta. ¿Es mucho?

—Tu bolsillo lo resistirá. —Teddy sonrió, burlón, y sacó una hoja de papel de la caja registradora—. Debes: por un espejo de baño, setenta y siete, por un lavamanos grande de loza, sesenta y cuatro, en total, como habrás calculado, ciento cuarenta y uno. La lámpara la incluimos en la pelea anterior. Lo único que no entiendo —prosiguió, mientras miraba cómo Víktor contaba el dinero— es con qué rompiste el espejo. El vidrio era grueso, de tres dedos. ¿Le entraste de cabeza, o qué?

—¿La cabeza de quién? —preguntó Víktor, sombrío.

—Está bien, no te preocupes —dijo Teddy, mientras recibía el dinero—. Escribes un articulillo, te rehabilitas, te pagan tus honorarios y todo se arreglará... ¿Te sirvo otra?

—No, gracias, después... Después de cenar, vengo por aquí —dijo Víktor y se marchó a su sitio.

En el restaurante todo era como siempre: a media luz, los olores, el sonido de la vajilla en la cocina; un joven con gafas y portafolio, su acompañante con una botella de agua mineral; el doctor R. Kvadriga, muy cargado de espaldas; Pavor, erguido y serio, a pesar del catarro; Gólem, despatarrado en el butacón, con su hinchada nariz de profeta borracho. El camarero.

—Pulpo. Una botella de cerveza. Y algo de carne —pidió Víktor.

—Se le ha terminado el juego —dijo Pavor en tono de reproche—. Le dije que no siguiera emborrachándose.

—¿Cuándo me dijo semejante cosa? No lo recuerdo.

—¿Y qué juego es ése que se te ha terminado? —quiso saber el doctor R. Kvadriga—. ¿Por fin has matado a alguien?

—¿Tú tampoco te acuerdas? —le preguntó Víktor.

—¿De qué, de lo de ayer?

—Sí, ayer... Me emborraché como un cerdo —contó Víktor, volviéndose hacia Gólem—, metí al ciudadano jefe de policía en el servicio...

—¡Bah! Todo eso es mentira —dijo R. Kvadriga—. Eso fue lo que le dije al instructor. Esta mañana ha venido a preguntarme. Imaginaos, tenía una acidez espantosa, la cabeza se me partía en pedazos, estaba aquí sentado, mirando por la ventana, y de pronto aparece ese imbécil y comienza a coser su muñeco.

—¿Cómo ha dicho? —preguntó Gólem—. ¿Coser?

—Sí, a coser —dijo R. Kvadriga, atravesando una tela imaginaria con una aguja imaginaria—. Pero no cose pantalones, sino un muñeco feo, una carpeta judicial... Le dije en su cara que todo era mentira, que ayer había estado toda la noche en el restaurante y todo había estado tranquilo, en orden, como siempre, ningún escándalo; en una palabra, un coñazo... No pasará nada —le dijo a Víktor, intentando animarlo—. Imagínate... ¿Y por qué lo hiciste? ¿No te cae bien?

—Es mejor que hablemos de otra cosa —propuso Víktor.

—Bien, ¿y de qué vamos a hablar? —preguntó R. Kvadriga, ofendido—. Esos dos discuten constantemente quién no deja entrar a quién en la leprosería. Al fin ocurre algo interesante, y entonces no quieres hablar de eso.

Víktor cortó la mitad del pulpo, se la llevó a la boca y bebió un trago de cerveza.

—¿Quién es el general Pferd? —preguntó.

—Caballo —respondió R. Kvadriga—. Potro. Der Pferd.¿O será das?

—Pero, ¿alguien conoce a ese general? —insistió Víktor.

—Cuando yo servía en el ejército —dijo el doctor R. Kvadriga—, el comandante de nuestra división era su excelencia, general de infantería Arsmani.

—¿Y qué? —preguntó Víktor.

—Es un chiste. «Ars»,en alemán, quiere decir trasero —explicó Gólem, que hasta ese momento se había mantenido en silencio.

—¿Y dónde ha oído hablar del general Pferd? —preguntó Pavor.

—En el despacho del jefe de policía.

—¿Y qué?

—Nada. ¿Así que nadie lo conoce? Excelente. Sólo he preguntado si alguien lo conocía.

—Y el sargento mayor se llamaba Buttocks —insistió R. Kvadriga—. El sargento mayor Buttocks.

—¿También sabe inglés? —preguntó Gólem.

—Bueno, dentro de esos límites —respondió R. Kvadriga.

—Bebamos —propuso Víktor—. ¡Camarero, una botella de coñac!

—¿Una botella, para qué? —preguntó Pavor.

—Debe alcanzar para todos.

—De nuevo armará otro escándalo.

—Déjeme en paz, Pavor —dijo Víktor—. Vaya abstemio que me he buscado.