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—Yo no soy abstemio —objetó Pavor—. Me gusta beber y nunca dejo pasar la ocasión para tomarme un trago, como un hombre de verdad. Pero no entiendo por qué hay que emborracharse. Y en mi opinión, es totalmente innecesario emborracharse cada noche.

—Aquí lo tenemos de nuevo —dijo R. Kvadriga con desesperación—. ¿Cuándo ha llegado?

—No nos vamos a emborrachar —dijo Víktor, mientras servía coñac a todos—. Simplemente, beberemos. Como lo hace en este momento la mitad de la nación. La otra mitad se emborracha, que se los lleve el diablo, nosotros simplemente beberemos.

—Ahí está el problema —repuso Pavor—. Cuando todo el país se dedica a emborracharse, y no sólo todo el país, sino el mundo entero, toda persona decente debe mantenerse sobria.

—¿Nos considera personas decentes? —preguntó Gólem.

—Al menos, cultos.

—En mi opinión —intervino Víktor—, la gente culta tiene muchas más razones para emborracharse que la gente ignorante.

—Es posible —asintió Pavor—. Sin embargo, la persona culta está obligada a comportarse dentro de ciertos marcos. La cultura obliga... Casi todas las noches nos sentamos aquí, conversamos, bebemos, jugamos a los dados. Y en todo ese tiempo, ¿ha dicho alguno de nosotros algo que sea por lo menos serio, aunque sea inteligente? Risitas, bromitas... nada más que risitas y bromitas.

—Algo serio, ¿por qué? —preguntó Gólem.

—Porque todo se está yendo al abismo mientras soltamos risitas y bromitas. El banquete en tiempos del cólera. Debería darnos vergüenza, señores.

—Bien, Pavor —dijo Víktor, conciliador—. Diga algo serio. No tiene que ser inteligente, que sea serio por lo menos.

—No quiero nada serio —proclamó R. Kvadriga—. Sanguijuelas. Hierbajos. ¡Puf!

—¡Chist! —lo regañó Víktor—. Sigue durmiendo. Es verdad, Gólem, hablemos aunque sea una vez de algo serio. Comience, Pavor, cuéntenos algo del abismo.

—¿Risitas de nuevo? —dijo Pavor con amargura.

—No, palabra de honor que no —respondió Víktor—. Quizá soy irónico. Pero eso es debido a que llevo toda la vida escuchando historias sobre abismos. Todos aseguran que la humanidad camina hacia el abismo, pero nadie puede demostrarlo. Y en la vida real resulta siempre que todo ese pesimismo filosófico es consecuencia de problemas familiares o carencia de dinero.

—No —dijo Pavor—, no... La humanidad camina hacia el abismo porque está en bancarrota.

—Carencia de dinero —masculló Gólem.

Pavor no le prestó atención. Se dirigió exclusivamente a Víktor, hablando con la cabeza inclinada y mirando de reojo.

—La humanidad está en bancarrota biológica: cae la natalidad, se extiende el cáncer, el retraso mental, las neurosis, las personas se convierten en adictos a los narcóticos. Tragan cientos de toneladas de alcohol, de nicotina, de narcóticos, comenzaron con el hachís y la cocaína y han llegado al LSD. Sencillamente, estamos degenerando. Hemos aniquilado la naturaleza auténtica, y la artificial nos está aniquilando a nosotros. Sigo: estamos en bancarrota ideológica, hemos recorrido todos los sistemas filosóficos y los hemos desacreditado a todos, hemos probado todos los sistemas morales posibles, pero seguimos siendo las mismas bestias amorales que eran los trogloditas. Lo más terrible consiste en que toda esa masa humana gris de nuestros días sigue siendo la misma chusma que ha sido siempre. Está constantemente ávida de dioses, líderes y orden, y cada vez que obtiene dioses, líderes y orden queda insatisfecha, porque en realidad no necesita nada, ni dioses ni orden, lo que necesita es el caos, la anarquía, pan y circo. Ahora está atada por la férrea necesidad de recibir semanalmente un sobrecito con el salario, pero esa necesidad la asquea y huye todos los días de ella mediante el alcohol y los narcóticos. Que el diablo se lleve a ese montón de mierda pútrida, lleva apestando nueve mil años y para lo único que sirve es para apestar. Lo terrible es lo otro, la descomposición nos abarca a usted y a mí, a personas con mayúscula, a hombres con personalidad. Vemos esa descomposición y hacemos como si no nos tocara, pero sigue envenenándonos de la misma manera, mina nuestra voluntad, nos devora. Y además, está esa maldición, la educación democrática: igualdad, fraternidad, todos los hombres son hermanos, todos están hechos del mismo material... Nos identificamos constantemente con la canalla y nos reprochamos cuando nos damos cuenta de que somos más inteligentes que ella, que tenemos otras necesidades, otros objetivos en la vida. Es hora de entender todo esto y llegar a conclusiones: ha llegado el momento de salvarse.

—Ha llegado el momento de beber —dijo Víktor.

Lamentaba ya el haber aceptado hablar de algo serio con aquel inspector sanitario. Tenía ahora un aspecto desagradable. Se había alterado mucho, tanto que sus ojos bizqueaban. Eso echaba a perder su aspecto, y hablaba como todos los adeptos a los abismos, diciendo puras banalidades. Sintió deseos de decirle exactamente eso: deje de cubrirse de vergüenza, Pavor, vuélvase de perfil y búrlese con ironía.

—¿Eso es todo lo que me puede responder? —inquirió Pavor.

—También puedo darle un consejo. Más ironía, Pavor. No se altere tanto. De todas maneras, no puede hacer nada. Y si pudiera, no sabría qué.

—Yo sí lo sé —dijo Pavor con expresión burlona.

—¿Qué?

—Sólo hay una manera de detener la descomposición...

—Lo sabemos, lo sabemos —dijo Víktor sin pensar—, ponerles camisas doradas a todos los imbéciles y que marchen. Toda Europa está bajo nuestros pies. Eso ya ha ocurrido.

—No —dijo Pavor—. Eso fue sólo un aplazamiento. La solución es única: eliminar la masa.

—Hoy está usted de un humor excelente —replicó Víktor.

—Eliminar al noventa por ciento de la población —prosiguió Pavor—. Quizá al noventa y cinco. La masa ha cumplido su misión: sus entrañas han parido la flor y nata de la humanidad, los que han creado la civilización. Ahora está muerta, como una patata podrida que ha dado vida a una nueva planta. Y cuando el difunto comienza a pudrirse, es hora de enterrarlo.

—Dios mío. ¿Y todo eso porque tiene catarro y no lo dejan entrar en la leprosería? ¿O tiene problemas familiares?

—No se haga el tonto. ¿Por qué no quiere pensar en cosas que conoce perfectamente? ¿A causa de qué degeneran las ideas más luminosas? A causa de la estupidez de la masa gris. ¿Cuál es la causa de las guerras, del caos, de la maldad? La estupidez de la masa gris, que elige los gobiernos que se merece. ¿Cuál es la causa de que el siglo de oro siga estando desesperadamente tan lejos? La rutina y la ignorancia de la masa gris. En principio, Hitler tenía razón, una razón subconsciente, percibía que había demasiadas cosas sobrantes en la tierra. Pero era un producto de la masa gris y lo echó a perder todo. Era una estupidez organizar el aniquilamiento según criterios raciales. Además, él no contaba con medios auténticos de aniquilamiento.

—Y usted, ¿qué criterio utilizaría para el aniquilamiento?