Al oír hablar de Leipzig, miré involuntariamente a mi derecha. Por suerte, el Grano Purulento no estaba.
—Y tú, ¿qué? —gritó Petia de repente, arrancándome la carpeta de las manos—. ¡Ah! ¿También te dedicas a la música? —preguntó al ver las partituras—. Deja eso, no te lo aconsejo. Es perder el tiempo. —Me devolvió la carpeta—. Ahora mismo, yo... Te juro que yo mismo me sorprendí. He recibido una calificación de locura. Simplemente, de locura. Ese tipo no me ha querido devolver los manuscritos. «No se los daré —me dice—, los utilizaré de baremo». Y yo le explico: «De qué baremo hablas, lo he escrito a la carrera, fue un pedido casual». Y él me responde: «Para usted será un pedido casual, para nosotros es un baremo». ¡No, Félix, no se puede engañar a la máquina, ni se te ocurra!
De nuevo se abrió la puerta del semáforo y el Grano Purulento regresó al pasillo. Cruzó el umbral, cerró bien la puerta a sus espaldas y se detuvo. Estuvo allí varios segundos, apoyando una mano en la pared mientras apretaba su cartapacio con la otra. Su rostro era verde, como el de un cadáver descompuesto, su boca estaba entreabierta y se le salían los ojos de las órbitas.
—¿Cómo es posible? —siseó, esta vez con toda claridad—. ¿Cómo es eso posible? Yo mismo, con mis propios ojos...
Se tambaleó, Petia y yo corrimos hacia él, para sostenerlo. Pero nos rechazó con la mano en la que llevaba el cartapacio.
—Yo mismo, personalmente... —gritó, en un chillido, mirando al espacio entre nosotros—. Yo, personalmente... ¡Yo mismo!
—Tonterías —le dijo Petia, animoso, mientras le rodeaba la cintura con la mano donde llevaba el bastón—. No ha ocurrido nada de importancia. Eso ya pasó antes y pasará muchas veces, Mefodi Kirílich...
—¿Se da cuenta de lo que está diciendo? —le preguntó Mefodi Kirílich con cierta desesperación en la voz—. ¿No será que han sonado las trompetas del juicio final?
—¡No, no, no, no, no, no! —objetó Petia—. Eso se lo garantizo. Las únicas trompetas que sonarán serán las de la banda municipal. Sentémonos, Mefodi Kirílich, hay que tomar aliento...
—¡Yo, personalmente!... —gritó ronco el anciano, mientras se sentaba, obediente—. Y después, lo leyó...
—Usted, Mefodi Kirílich, leyó las líneas, y había que leer entre líneas —explicó Petia mientras me hacía un guiño descarado—. Seguramente, había un texto oculto que usted no captó. Por consiguiente, la máquina lo ha engañado.
—¿Qué texto oculto? ¿Qué máquina? Oiga, joven, ¿acaso entiende de qué estoy hablando?
Todo aquello me resultaba penoso y repulsivo, volví el rostro y vi que en el semáforo estaba ahora encendido el letrero de entre. Me levanté de mi asiento como un sonámbulo y acepté la invitación.
En alguna ocasión había visitado un centro de informática, por lo que los grandes armarios grises, los paneles llenos de lámparas parpadeantes, las pantallas y medidores no llamaron mi atención en aquel recinto grande y bien iluminado. Lo más extraño e interesante era el hombre que estaba sentado tras el escritorio, revisando carpetas y rollos de papel.
Tenía mi edad al parecer, era flaco, de cabellos castaño claro, ralos, de rasgos corrientes, en los que a la vez había detalles imperceptiblemente significativos. En aquel rostro algo causaba alarma, había algo en él que concitaba una necesidad interior de centrarse y hablar poco, hablar literariamente y sin la menor jactancia. Vestía una bata azul de laboratorio, puesta por encima de un traje gris, una camisa de blancura nívea y una corbata pasada de moda, discreta, con un nudo también pasado de moda.
—Por favor, cierre bien la puerta —pronunció con una voz suave y agradable.
Miré a mis espaldas y vi que había dejado la puerta entreabierta, me disculpe y la cerré. A continuación me presenté. Algo cambió en el rostro del hombre y me di cuenta de que conocía mi nombre. Por cierto, él no dijo el suyo.
—Mucho gusto —se limitó a responder—. Si me permite, echemos un vistazo a lo que nos ha traído. Venga para acá, siéntese.
En estas palabras, tan simples y corrientes, me pareció oír cierta superioridad, tan clara que de repente sentí la necesidad de explicarme, de justificarme, de decirle que no estaba eludiendo nada, que así de complicadas habían sido mis circunstancias en los últimos tiempos, que en general yo había estado allí el día anterior, literalmente a veinte pasos de su puerta, de nuevo por causas que no dependían de mí.
Por cierto, aquel ataque agudo, casi fisiológico, de respeto culpable pasó enseguida y por supuesto, no le dije nada semejante, simplemente me acerqué a su escritorio, le puse delante mi carpeta y me senté en un cómodo butacón de respaldo bajo. De repente, sentí un impulso en dirección contraria, un deseo de repantigarme, de cruzar las piernas, de mirar distraído a mi alrededor y decir alguna banalidad frívola, como: «¡Qué bien viven los científicos, mira cómo se lo han montado!».
Mas, por supuesto, no dije nada así, no crucé las piernas, y estuve allí sentado en una postura adecuada, mirando cómo tomaba mi carpeta, abría con cuidado las cintas, sonreía con sus labios finos y, al parecer, me miraba por entre los cabellos que caían ahora delante de su cara, con curiosidad, con picardía, pero obviamente con benevolencia.
Abrió la carpeta y vio las partituras. Sus cejas se alzaron levemente. Balbuceando una disculpa, estiré la mano para recoger aquellas páginas, pero él, sin quitar la vista del pentagrama, me detuvo con un leve gesto de la mano. Indudablemente, sabía leer las notas y lo que había leído le había interesado, porque cuando finalmente me permitió retirar de la carpeta el manuscrito del ángel caído, me miró con ojos grises y serios.
—Hay que decir que aparecen papeles curiosos en las viejas carpetas de los escritores —pronunció.
No supe qué responder, y él tampoco esperaba mi respuesta. Ahora hojeaba con cuidado las copias de mis reseñas sobre manuscritos vulgares que ya se habían podrido en los archivos de las editoriales, las copias de los resúmenes de patentes japonesas, los manuscritos de mis traducciones de revistas técnicas japonesas y otros desperdicios, recuerdo de mis años duros, cuando me dejaron de publicar y se dedicaban a calumniarme...
Él lo revisaba todo, al parecer con la esperanza de hallar en aquel montón de basura algo que tuviera una mínima utilidad, y sentí una horrible vergüenza, me sentí como un cerdo, porque delante de mí estaba una persona seria y rigurosa, no un chapuzas cualquiera, no un oportunista, que al parecer había leído a Sorokin, que esperaba de Sorokin un material serio que pudiera servir de apoyo en el trabajo, que esperaba de Sorokin una decencia elemental, pero Sorokin le había entregado un saco de porquería, lo había vaciado sobre su escritorio, y ahí tienes, trágatelo.
Ésas eran las emociones que me estremecían cuando él cerró finalmente mi carpeta, puso sus manos pálidas sobre ella y me miró de nuevo.
—Veo, Félix Alexándrovich, que usted no siente el menor interés por el valor objetivo de su obra.
No sé si en sus palabras o en su tono había un reproche, pero mi carácter plebeyo y contradictorio me hizo ponerme en guardia.
—¿Por qué piensa eso?