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Después de colgar pensé: «¿qué regalarle a Sónechka?». No sé hacer regalos. Sobre todo a las mujeres. ¿Coñac? No vale, aunque a Sónechka le gusta el buen coñac. ¿Perfume? No entiendo nada de esos perfumes. ¿Quizá lo mejor sería simplemente regalarle cincuenta rublos en cheques del Vnieshpociltorg [13]? Resultaba violento. Lo que tendría que regalarle era un libro, eso. Ay, si tuviera alguna buena edición con reproducciones de cuadros... o un poco más de dinero, trescientos cincuenta rublitos, en Planeta estaban vendiendo la Galería de Washington,¡una maravilla!

Quizá, por asociación con Washington, me vino a la mente Dashiell Hammett. Hace tiempo que Sónechka se afilaba los dientes para entrarle a mi ejemplar de Dashiell Hammett. Es un tomo con sus mejores cosas, yo diría que obras escogidas, como las que hay en mi tomito marrón de Bulgákov. Cosecha rojaestá ahí, y El halcón maltes,y La llave de cristal...Me los sé casi de memoria, y Sónechka tiene casi tanto derecho a ese libro como yo.

Tras llegar a esa decisión, puse el libro de Bulgákov en su lugar, fui a las baldas de autores extranjeros y, echando a un lado una maqueta de un barco parecido a un dragón, un junco de Thuyeng, utilizado por los antiguos vietnamitas para pasear a sus soberanos, tomé en mis manos The Novels of Dashiell Hammett.Mientras hojeaba las páginas de bordes dorados, pensé que lo leería ese día y al siguiente, antes de despedirme del libro. Lentamente, para no irritar mi dolido costado, me acomodé en el diván y el libro que tenía en las manos decidió abrirse por El halcón maltes.

Leí hasta el punto donde el teniente Dundee y el detective Tom visitan a Sam Spade de madrugada, y en ese momento me di cuenta de que no aguantaba más. Puse el libro a un lado, me senté con mucho trabajo y bajé los pies del diván.

Me dolía el costado, quién sabe cuántas veces me había dolido aquel maldito costado izquierdo. Fui al baño, me levanté la camisa ante el espejo y eché un vistazo. El costado era gordo, fláccido, y no mostraba señales del golpe. Igual que en ocasiones anteriores. Fui a la cocina, me serví el resto del coñac y lo bebí a pequeños sorbos, como beben sake los japoneses.

La primera vez que me había roto esa costilla fue en el sesenta y cinco, en invierno, en Murashi, cuando el diablo me empujó a deslizarme en un trineo finés por una abrupta pendiente hasta el río. Todos se habían lanzado, y decidí que yo no era menos que ellos. Pero sí lo era, porque a mitad del descenso sentí miedo, de repente me pareció que mi velocidad era casi cósmica y, para no salir volando a la puñeta, decidí catapultarme. Y me catapulté. Avancé unos veinte pasos, saltando sobre el costado izquierdo, por un terreno accidentado. «Se ha roto la costilla», me dijo el cirujano de nuestra policlínica cuando al regresar de Murashi acudí a su consulta, quejándome de dolor en el costado. Ésa fue la primera vez.

Dos años después, fui en una ocasión a comer al club. Busqué una mesa libre, y en ese momento me atacó Trepa Nacional, bastante ebrio. Se encontraba en un estado de fascinación agresiva (debido a los derechos de autor cobrados por su chapuza de turno), me abrazó con sus largas extremidades, de la misma manera que, en su época, Hércules abrazó a Anteo, me levantó sobre la madre tierra y me apretó de tal manera que la costilla sólo tuvo tiempo de crujir. «¿Sabes? Tienes una fisura», me dijo un amigo médico cuando me quejé de dolor en su presencia. La segunda vez.

El año antepasado, cuando navegué de Petropávlovsk a Vladivostok formando parte de una brigada de escritores, frente a la isla Matsua nos atrapó una tormenta de intensidad ocho. La brigada de escritores, bañada en vómito, fallecía cómodamente en sus literas, pero yo, que no me mareo, no sé por qué fui a la cubierta. Levanté exactamente un segundo la mano de la barandilla y el viento me lanzó con terrible violencia contra la borda, golpeándome ese mismo costado. «Me temo que tiene usted una fractura», me dijo el médico de a bordo, y como después quedó claro, sus temores tenían fundamento.

Con esa vez, fueron tres, y me parecía que como mi costado adoraba precisamente el número tres, las desventuras de mi costilla terminarían ahí. Pero está visto que no se construye una casa sin cuatro paredes...

Miré el mundo con tristeza a través de la botella vacía, y la guardé en el armarito bajo el fregadero. Tomaré un poco de té, eso es lo que haré. Puse la tetera al fuego y me quedé de pie junto a la ventana, pegando la frente al vidrio frío.

Qué basura, qué porquería. Parecía que todo estaba en orden, que todas las preocupaciones habían quedado atrás, y ahora, de nuevo, la maldita costilla... El que guía mi destino se había desentendido de cualquier proyecto elegante y había apelado a métodos directos, groseros, malvados. ¿Y a qué se parecía todo esto? ¡En pleno día, en una enorme megalópolis, sin venir al caso se rompe una costilla un señor mayor, una persona seria, no un deportista frívolo, un matón ni un alcohólico! Es amargo, camaradas. Amargo e indecente.

Volví al despacho a por Dashiell Hammett y comencé a buscar junto a la mesa de la cocina una pose en la que me doliera menos. Como en ocasiones anteriores, resultó que lo mejor era la pose preferida de Katia: de rodillas sobre el taburete, los codos sobre la mesa, el trasero al aire. Comencé a vivir en esa pose. A tomar el té, a leer sobre la pesada estatua de oro puro de un halcón, que los caballeros malteses confeccionaron una vez como regalo para el rey de España, y en nuestros días los gángsters habían comenzado una sangrienta cacería en su busca. Cuando leí hasta el punto en que el capitán de La Palomacae en el despacho de Sam Spade, fulminado por cinco balas, se oyó el timbre de la puerta.

Gimiendo quedamente, sin deseo alguno de separarme de Sam Spade, me fui a abrir. Durante ese tiempo había logrado olvidar totalmente las partituras del ángel caído y a Goga Chachua, y por eso, al verlo en el umbral, sentí un estremecimiento, sobre todo al ver su rostro...

Estaba totalmente demudado. Había una enorme nariz de color azul claro, con venitas azul oscuro, sobre unos bigotazos, había unos labios pálidos y temblorosos, había unos ojos negros, angustiados, llenos de lágrimas y desesperación. Apretaba las malditas partituras enrolladas entre sus manos peludas, que llevaba apretadas contra el pecho. Callaba, y sentí tanto miedo ante un horrible presentimiento que tampoco pude pronunciar palabra, y me limité a echarme a un lado para dejarlo pasar.

Como si estuviera ciego, cruzó el vestíbulo, tropezó contra la pared, y entró en el despacho con pasos indecisos. Allí tiró las partituras sobre la mesa con ambas manos, como si aquel cilindro de papel lo quemara, se dejó caer en el butacón y se llevó las manos a los ojos.

Se me doblaron las piernas y me quedé parado en la puerta, agarrado del marco. Él callaba, y me parecía que aquel silencio se prolongaba demasiado. Además, era como si nunca fuera a terminar, y brotó en mí la esperanza loca de que nunca terminara y nunca conocería el horror que me traía Chachua. Pero, finalmente, habló.

—Oye... —masculló, apartando las manos del rostro y metiendo sus dedos en la espesa cabellera que le cubría las orejas—. ¡De nuevo le han metido una paliza al Spartak! ¿Qué se puede hacer, eh?