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– Buddy -dijo-, ¿has visto que se llevaran algo del barco? Me refiero a cosas en bolsas de plástico o bolsas de papel marrón, como las de Lucky’s.

– Sí, hay algunas bolsas. Las han puesto en el muelle. Pero no te preocupes, Terror.

– ¿Qué quieres decir?

– No creo que encuentren lo que de verdad están buscando.

– ¿De qué estás…?

– Por teléfono, no, tío. ¿Quieres que pase a buscarte?

McCaleb se detuvo. ¿De qué estaba hablando Buddy? ¿Qué estaba ocurriendo?

– Espera. Te llamaré enseguida.

McCaleb colgó e inmediatamente puso otra moneda de un cuarto de dólar. Marcó su propio número. Nadie respondió. Se puso el contestador y oyó la cinta con su propia voz solicitando que dejaran un mensaje. Después del pitido dijo: «Jaye Winston, si estás ahí contesta.»

Esperó un momento y estaba a punto de repetir lo mismo cuando levantaron el auricular. Sintió un ligero alivio cuando reconoció la voz de Winston.

– Soy Winston.

– Soy McCaleb.

Eso fue todo. Pensaba que entendería cómo ella quería jugar la partida. El modo en que la detective manejara la llamada le proporcionaría una idea más clara de su situación.

– Ah… Terry -dijo ella-. ¿Cómo…? ¿Dónde estás?

El alivio que pudiera haber sentido empezó a desaparecer, sustituido por el pánico. Le había dado la oportunidad de hablar con él de manera oblicua, quizás en clave, actuando como si hablase con un ayudante suyo o incluso con el capitán Hitchens. Pero ella lo había llamado por su nombre.

– No importa dónde estoy -dijo él-. ¿Qué estáis haciendo en mi barco?

– Porque no vienes y lo hablamos.

– No, no quiero hablar de eso ahora. ¿Soy un sospechoso? ¿Se trata de eso?

– Mira, Terry, no compliques esto más de lo que ya está. ¿Por qué no…?

– ¿Hay una orden de detención? Sólo contéstame eso.

– No, Terry.

– Pero soy sospechoso.

– Terry, ¿por qué no me dijiste que tenías un Cherokee negro?

McCaleb estaba anonadado y de pronto comprendió que todo encajaba con él en medio.

– Nunca me lo preguntaste. Escucha lo que estás diciendo, lo que estás pensando. ¿Iba a implicarme en la investigación, traer al FBI, todo, si fuera el asesino? ¿Estáis hablando en serio?

– Acabaste con nuestro único testigo.

– ¿Qué?

– Llegaste a Noone. Te metiste en la investigación y llegaste a nuestro único testigo. Lo hipnotizaste, Terry. Ahora no sirve. Era la única persona que podía haber hecho una identificación y lo perdimos. Él…

Se detuvo al oír el clic de otro teléfono que se descolgaba.

– ¿McCaleb? Soy Nevins. ¿Dónde está?

– Nevins, no estoy hablando contigo. Tienes la cabeza en el culo. Yo sólo…

– Escúcheme, estoy tratando de ser civilizado. Podemos hacer esto fácil y sencillo o podemos ir a saco. La decisión es suya. Tiene que venir y hablaremos.

La cabeza de McCaleb repasó los hechos con rapidez. Nevins y los demás habían llegado a la misma conclusión que él. Habían establecido la conexión de la sangre. El hecho de que McCaleb fuera beneficiario directo del asesinato de Torres lo convertía en sospechoso. Se imaginó que comprobaban su nombre en el ordenador y surgía el registro del Cherokee. Probablemente era el detalle que lo ponía en lo alto de la lista. Obtuvieron una orden de registro y fueron al barco.

McCaleb sintió en su cuello la fría garra del miedo. El intruso de la noche anterior. Empezó a entender que no era una cuestión de qué quería llevarse, sino de qué iba a dejar. Pensó en lo que Buddy acababa de decirle respecto a que los agentes no iban a encontrar lo que estaban buscando. Y el cuadro iba cobrando forma.

– Nevins, me entregaré. Pero antes dime qué tenéis ahí, qué habéis encontrado.

– No, Terry, esto no funciona así. Usted viene y luego hablamos de todo esto.

– Voy a colgar, Nevins. Es tu última oportunidad.

– No vaya a ninguna oficina de correos porque su foto va a estar colgada en la pared. En cuanto ordenemos todo esto.

McCaleb colgó, mantuvo la mano en el auricular y apoyó la frente contra él. No estaba seguro de qué estaba pasando ni de qué hacer. ¿Qué habían encontrado? ¿Qué había escondido el intruso en el barco?

– ¿Está bien?

Se volvió de golpe y vio a la chica del piercing en la boca y la nariz.

– Sí, ¿y tú?

– Ahora sí. Sólo necesitaba hablar con alguien.

– Conozco esa sensación.

La chica se alejó de los teléfonos y McCaleb levantó de nuevo el receptor y echó otra moneda de veinticinco centavos. Buddy contestó antes de que terminara de sonar el primer timbrazo.

– Muy bien, escucha -dijo McCaleb-. Quiero que vengas aquí. Pero no vas a poder salir de ahí fácilmente.

– ¿Cómo que no? Esto es un país…

– Acabo de hablar con ellos y saben que alguien me ha avisado de que estaban allí. Así que esto es lo que quiero que hagas. Quítate los zapatos y pon tus llaves y tu cartera dentro. Luego mete los zapatos en el cesto de la colada y llénalo de ropa. Entonces sal con el cesto y…

– No tengo ropa en el cesto, Terry. He hecho la colada esta mañana, antes de que se presentase esta gente.

– Bueno, Buddy. Pon algunas prendas (ropa limpia) en el cesto para que parezca que es ropa sucia. Esconde tus zapatos. Haz que parezca que sólo vas a la lavandería. No cierres la escotilla y asegúrate de que llevas cuatro monedas de un cuarto en la mano. Te pararán, pero si lo haces bien te creerán y te dejarán pasar. Entonces métete en el coche y ven a buscarme.

– Podrían seguirme.

– No. Probablemente ni te mirarán después de que te dejen pasar a la lavandería. Quizá deberías entrar antes en la lavandería y luego ir al coche.

– Vale. ¿Dónde te recojo?

McCaleb no dudó. Lockridge se había ganado su confianza. Además, sabía que tomaría sus propias precauciones.

Después de colgar, McCaleb llamó a Tony Banks y le dijo que pasaría por su negocio. Banks le dijo que allí estaría.

McCaleb caminó hasta el Jerry’s Famous Deli y pidió un sándwich de pavo y ensalada de zanahoria y repollo con salsa rusa para llevar. También pidió pepinillos y una lata de Coca-Cola. Después de pagar el sándwich, cruzó Beverly Boulevard y regresó al Cedars. Había pasado tantos días y noches en el centro médico que se conocía de memoria la distribución. Tomó el ascensor a la tercera planta, donde se hallaba la maternidad y sabía que había una sala de espera con vistas al helipuerto y, más allá, Beverly Boulevard y el Jerry’s. No era raro ver a un padre expectante devorando un sándwich en la sala de espera. McCaleb sabía que podía sentarse a comer allí y aguardar a Buddy Lockridge.

El sándwich le duró menos de cinco minutos, pero transcurrió una hora sin que divisara a Lockridge. McCaleb observó que dos helicópteros llegaban con neveras rojas que contenían órganos para ser trasplantados.

Estaba a punto de llamar al Double-Down para ver si los agentes habían detenido a Lockridge cuando vio el familiar Taurus de Buddy aparcando frente a la charcutería. McCaleb se acercó a la ventana y examinó Beverly Boulevard, luego miró el cielo en busca de un helicóptero de la policía o el FBI. Se apartó de la ventana y se encaminó al ascensor.

En la parte de atrás del Taurus había un cesto lleno de ropa. McCaleb subió, lo miró y luego miró a Lockridge, que estaba tocando alguna melodía irreconocible con la armónica.

– Gracias por venir, Buddy. ¿Algún problema?

Lockridge dejó el instrumento en el bolsillo de la puerta.

– No. Me pararon tal como dijiste que harían y me hicieron algunas preguntas. Pero yo me hice el sueco y me dejaron pasar. Creo que fue porque sólo llevaba las cuatro monedas. Ésa fue una buena, Terry.