– Eso creo -dijo Buddy-. No veo a nadie, y nadie me ha parado por el camino. No he visto ningún coche sospechoso en el aparcamiento.
– ¿Qué tal está mi barco?
Se produjo un silencio mientras Buddy lo miraba.
– Sigue ahí. Parece que han puesto cinta amarilla entre los muelles, como para no dejarte pasar o algo así.
– Vale, Bud, voy para allá. Pasaré por la lavandería antes y dejaré el maletín en una de las secadoras. Si voy al barco y no salgo, ve a buscar la bolsa y no te separes de ella hasta que sepas algo de mí. ¿De acuerdo?
– Claro.
– Bueno, escucha. Si todo va bien en el barco, no me quedaré mucho por aquí, así que voy a decirte esto ahora: gracias por todo, Buddy, me has ayudado mucho.
– Está claro, tío. No importa lo que esos cabrones traten de hacerte. Yo sé que eres legal.
McCaleb le dio las gracias de nuevo y colgó, luego se puso el maletín bajo el brazo y se dirigió al puerto. Primero se coló en la lavandería y encontró una secadora vacía para esconder el maletín. Luego caminó hasta el barco sin problemas. Antes de abrir la puerta corredera echó un último vistazo al puerto y no vio nada raro, nada que disparase las alarmas. Advirtió la oscura silueta de Buddy Lockridge, sentado en el puente de mando del Double-Down. Oyó un trémolo de la armónica y saludó a la figura en las sombras. Entonces abrió la puerta.
El aire estaba viciado en el barco, pero aún quedaba un leve rastro de perfume. Supuso que Jaye Winston lo había dejado tras de sí. No encendió la luz, sino que buscó la linterna sujeta con una abrazadera a la parte inferior de la mesa de navegación. La encendió y la mantuvo a su lado, apuntando al suelo. Se dirigía a la cubierta inferior, porque sabía que tenía que actuar con rapidez. Sólo quería recoger la suficiente ropa y medicamentos para unos días. Sabía que de un modo u otro, no dispondría de más tiempo.
Abrió una de las escotillas del pasillo y sacó el talego. Entonces fue al camarote principal y recogió la ropa que iba a necesitar. El hecho de actuar de manera subrepticia, a la luz de una linterna, prolongó el proceso, pero finalmente consiguió lo que necesitaba.
Cuando hubo acabado, cargó la bolsa por el pasillo para recoger los medicamentos y su bloc. Puso la bolsa abierta sobre el lavabo y estaba a punto de empezar a colocar las cajas de la farmacia y los viales cuando reparó en algo. Cuando había cruzado el pasillo había una luz arriba. La luz de la cocina. O quizá alguna de las del techo del salón. Se quedó un momento paralizado y trató de escuchar algún sonido procedente de arriba mientras repasaba sus propios movimientos. Estaba seguro de que no había encendido ninguna luz cuando entraba.
Escuchó durante casi medio minuto, pero no oyó nada. Retrocedió sigilosamente hasta el pasillo y miró por la escalera. Se quedó en silencio absoluto y escuchó de nuevo mientras trataba de evaluar sus opciones. La única salida además de volver atrás por las escaleras era la escotilla del camarote de proa. Pero era absurdo pensar que quien estaba arriba no había cubierto esa ruta de escape.
– Buddy, ¿eres tú?
La respuesta llegó tras un breve silencio.
– No, Terry, no es Buddy.
Era una voz de mujer. McCaleb la reconoció.
– ¿Jaye?
– ¿Por qué no subes?
Volvió a mirar al lavabo. La linterna estaba dentro de la bolsa marinera, iluminando sólo su contenido. Por lo demás estaba a oscuras.
– Ya subo.
Ella estaba sentada en la mecedora, cerca de la mesa de café de madera de teca. Al parecer McCaleb había pasado junto a ella en la oscuridad. Se sentó en otra silla igual situada al otro lado del salón.
– Hola, Jaye. ¿Cómo estás?
– He tenido días mejores.
– Yo también. Iba a llamarte por la mañana.
– Bueno, aquí estoy.
– ¿Y dónde están tus amigos?
– No son mis amigos. Y decididamente no son amigos tuyos, Terry.
– Parece que no. ¿Entonces qué ocurre? ¿Cómo es que tú estás aquí y ellos no?
– Porque de vez en cuando resulta que uno de los locales bobos es más listo que los chicos del FBI.
McCaleb sonrió sin asomo de humor.
– Sabías que tenía que volver a por mis medicinas.
Ella le devolvió la sonrisa y asintió.
– Ya te hacen a medio camino de México, o allí. Pero yo vi el armario lleno de medicamentos y supe que volverías. Era como una correa.
– Así que ahora me vas a detener y te vas a llevar la gloria.
– No necesariamente.
Él no respondió en primera instancia. Meditó las palabras de ella y se preguntó cómo iba a jugar la partida Winston.
– ¿Qué estás diciendo, Jaye?
– Estoy diciendo que las pruebas dicen una cosa, pero mi instinto dice otra. Normalmente confío en mi instinto.
– Yo también. ¿De qué pruebas estás hablando? ¿Qué habéis encontrado aquí?
– Poca cosa, sólo una gorra de béisbol con el emblema CI. Suponemos que quiere decir Catalina Island, y coincide con la descripción que dio James Noone de la gorra que llevaba el conductor del Cherokee. Luego nada más, hasta que abrimos el cajón de arriba de la mesa de navegación.
McCaleb miró la mesa de navegación. Recordaba haber abierto el cajón de arriba y haberlo revisado después de que el intruso huyera asustado la noche anterior. No había echado nada en falta ni nada que pudiera incriminarle.
– ¿Qué había en el cajón?
– Nada. Estaba debajo. Enganchado debajo.
McCaleb se levantó y se acercó a los cajones de la mesa. Sacó el cajón superior y le dio la vuelta. Pasó el dedo por encima del residuo de adhesivo dejado por trozos de precinto. Sonrió y negó con la cabeza. Pensó en el poco tiempo que le hacía falta al intruso para entrar, sacar un paquete con la cinta preparada y pegarlo bajo el cajón superior.
– Déjame adivinar -dijo-. Era una bolsa de plástico…
– No. No digas nada. Si dices algo podría usarse en contra tuya. No quiero hacerte daño, Terry.
– Eso ya no me preocupa. Así que déjame adivinar. Debajo del cajón había una bolsa con el pendiente de Gloria Torres y una fotografía de la familia de James Cordell, la que se llevaron de su coche.
Winston asintió. McCaleb volvió a su silla.
– Te olvidas del gemelo de Donald Kenyon -dijo ella-. Un signo de dólar en plata de ley.
– Eso no lo sabía. Apuesto a que Nevins y Uhlig y ese capullo de Arrango empezaron a dar saltos cuando encontraron la bolsa.
– La verdad es que estuvieron pavoneándose -dijo ella-. Se pusieron muy contentos.
– Pero tú no.
– No, era demasiado fácil.
Se sentaron en silencio durante unos momentos.
– Sabes, Terry, no pareces muy preocupado porque se hayan encontrado en tu barco pruebas que te relacionan con los tres asesinatos, por no mencionar el motivo obvio. -Señaló con la cabeza el pecho de McCaleb-. No, como mucho pareces moderadamente enfadado. ¿Vas a decirme por qué?
McCaleb se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas. De este modo su cara quedó iluminada.
– Todo lo han colocado, Jaye. La gorra, el pendiente, todo. La noche pasada alguien entró aquí. No se llevó nada. Así que debió dejar cosas. Tengo testigos. Me han tendido una trampa. No sé por qué, pero es una trampa.
– Bueno, si estás pensando en Bolotov, olvídalo. Está en la prisión de Van Nuys desde que el oficial de la condicional lo detuvo el domingo por la tarde.
– No, no estoy pensando en Bolotov. Él no tiene nada que ver con esto.
– Desde luego, parece una historia distinta.
– Los acontecimientos han eliminado la posibilidad de que fuera sospechoso. Pensé en él por el robo de cerca de su trabajo en el que se llevaron una HK P7, ¿recuerdas? Eso le daba la pistola adecuada para hacerlo sospechoso en el caso de Cordell y Torres. Pero el robo fue en diciembre, cerca de Navidad. Ahora añade a Kenyon. Lo mataron con una P7 en noviembre. Así que no podía ser la misma pistola, aunque Bolotov fuese el ladrón. De manera que es inocente. Aun así no sé por qué se puso hecho una furia conmigo y luego salió corriendo.