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Cuando dobló en el cañón de Topanga, guardó la armónica. La carretera serpenteaba y necesitaba mantener ambas manos al volante. Sin más distracciones, empezó a considerar su situación. Primero pensó en Winston y en cuánto podía confiar en ella. Sabía que era capaz y ambiciosa. Lo que no sabía era cómo respondería a la inevitable presión que se encontraría al ir contra el FBI y el Departamento de Policía de Los Ángeles. Concluyó que era afortunado por tenerla de su lado, pero que no podía sentarse a esperar que ella resolviera el caso. Sólo podía contar consigo mismo.

Supuso que si Winston no conseguía convencer a los otros, no dispondría de más de dos días antes de que lograran que un jurado de acusación presentara cargos y su cara saliera en los medios de comunicación. Después, sus probabilidades de trabajar en el caso se reducirían drásticamente. Sería la estrella de las noticias de las seis y de las once. No tendría más remedio que renunciar a la investigación, conseguir un abogado y entregarse. Entonces la prioridad sería demostrar su inocencia en el tribunal, sin que importara atrapar al verdadero asesino y a quien lo había contratado.

Había un apartadero de gravilla en la carretera; McCaleb se detuvo allí, y miró al oscuro precipicio que se abría a su derecha. A lo lejos, vio las luces cuadradas de una casa hundida en el desfiladero y se preguntó que se sentiría al vivir ahí. Buscó la armónica en el asiento de la derecha, pero se había escurrido en una de las curvas de la serpenteante carretera.

Transcurrieron tres minutos sin que pasara ningún coche. Volvió a poner el Taurus en el carril y continuó su camino. Una vez en lo alto de la montaña, la carretera se enderezaba un poco y descendía hacia las colinas de Woodland. Se quedó en Topanga Canyon Boulevard hasta que alcanzó Sherman Way y luego cortó hacia el este, hacia Canoga Park. Cinco minutos más tarde, se detuvo ante la casa de Graciela y observó las ventanas durante unos minutos. Pensó en qué iba a contarle. No estaba seguro de lo que había empezado con ella, pero sentía que era algo importante. Antes incluso de abrir la puerta del coche, ya barajaba la posibilidad de que su relación hubiera concluido.

Ella le abrió antes de que él llegara, y McCaleb se preguntó si habría estado observándolo sentado en el coche.

– ¿Terry, estás bien? ¿Por qué estás conduciendo?

– Tenía que hacerlo.

– Pasa, pasa.

Ella retrocedió y le invitó a entrar. Fueron a la sala de estar y se sentaron en los mismos lugares del sofá modular que habían ocupado antes. En un rincón había una mesita de madera con una televisión en color pequeña encendida con el volumen bajo. Estaban empezando las noticias de las diez en Canal 5. Graciela apagó la tele con el mando a distancia. McCaleb puso el pesado maletín a sus pies. Había dejado el talego en el coche, porque no estaba dispuesto a dar por sentado que lo invitarían a quedarse.

– Cuéntame -dijo ella-. ¿Qué está pasando?

– Creen que lo hice yo. El FBI, el departamento de policía, todos menos la detective del sheriff. Creen que maté a tu hermana por el corazón.

McCaleb miró a la cara de Graciela, y luego apartó la mirada como un hombre culpable. Se estremeció al pensar en la reacción de ella, pero en el fondo sabía que era culpable. Era el beneficiario del crimen, aunque no tuviera nada que ver con el asesinato. Estaba vivo por la muerte de Gloria. Una pregunta resonó en su mente como si cerraran de un portazo una docena de puertas en un oscuro pasillo. ¿Cómo iba a ser capaz de vivir con eso?

– Es ridículo -dijo Graciela enfadada-. ¿Cómo pueden pensar que tú…?

– Espera -la interrumpió McCaleb-, tengo que explicarte algunas cosas, Graciela. Luego decide si quieres creerme o no.

– No tengo que oír…

Él levantó la mano para interrumpirla una vez más.

– Escúchame, por favor. ¿Dónde está Raymond?

– Está durmiendo. Mañana tiene que ir al colegio.

Él asintió y se inclinó hacia delante. Puso los codos en las rodillas y juntó las manos.

– Han registrado mi barco. Mientras estaba contigo lo estaban registrando. Hicieron la misma conexión que nosotros: la sangre. Pero me buscan a mí. Encontraron cosas en mi barco. Yo mismo quiero contártelo antes de que se lo oigas decir a ellos o te enteres por la televisión o el diario.

– ¿Qué cosas, Terry?

– Escondido debajo de un cajón, encontraron el pendiente de tu hermana. La cruz que se llevó el asesino.

La miró un momento antes de continuar. Ella clavó la vista en la mesita de café mientras pensaba en lo que acababa de oír.

– También encontraron la foto del coche de Cordell y un gemelo que le habían quitado a Donald Kenyon. Encontraron todos los iconos que se llevó el asesino. Mi fuente, la detective del sheriff, me ha dicho que van a pedir que un jurado de acusación presente cargos. No puedo volver al barco.

Ella lo miró un momento antes de apartar la mirada. Se levantó y caminó hasta la ventana, a pesar de que la cortina estaba echada. Negó con la cabeza.

– ¿Quieres que me vaya? -dijo McCaleb a su espalda.

– No, no quiero que te vayas. Esto no tiene sentido. ¿Cómo pueden…? ¿Le hablaste a la detective del intruso? Tuvo que ser él quien puso esas cosas en el cajón. Él es el asesino. ¡Oh, Dios mío! Estuvimos tan cerca del… -No terminó la frase.

McCaleb se levantó y se le acercó, aliviado. Graciela no creía nada de aquella historia. La abrazó desde atrás y hundió su cara en el pelo de ella.

– Me alegro tanto de que me creas -susurró.

Ella se volvió en sus brazos y se dieron un largo beso.

– ¿Qué puedo hacer para ayudarte? -susurró ella.

– Sólo seguir creyendo. Y yo haré el resto. ¿Puedo quedarme aquí? Nadie sabe que estamos juntos. Quizá vengan aquí, pero no creo que sea para buscarme a mí, sino sólo para decirte que creen que yo soy el culpable.

– Quiero que te quedes mientras te haga falta y tú quieras.

– Sólo necesito un sitio para trabajar. Un sitio donde pueda estudiarlo todo otra vez. Tengo la sensación de que se me ha pasado algo. Como la sangre. Tiene que haber algunas respuestas en todos esos papeles.

– Puedes trabajar aquí. Me quedaré en casa mañana y te ayudaré a…

– No, no puedes hacerlo. No puedes hacer nada fuera de lo normal. Sólo quiero que te levantes por la mañana, que lleves a Raymond a la escuela y luego vayas al hospital. El resto es mi trabajo.

McCaleb sostuvo la cara de Graciela en sus manos. El peso de su culpa había disminuido por el sólo hecho de que ella estuviera allí con él. Sintió que de un modo sutil se abría en su interior un pasaje largo tiempo cerrado. No estaba seguro de adónde conduciría, pero sabía en el fondo de su alma que deseaba recorrer ese pasaje, que debía hacerlo.

– Estaba a punto de acostarme -dijo ella.

Él asintió.

– ¿Vienes conmigo?

– ¿Y Raymond? No deberíamos…

– Raymond está dormido. No te preocupes por él. Por ahora ocupémonos de nosotros dos.

38

Por la mañana, después de que Graciela y Raymond se hubieran ido y la casa quedara en calma, McCaleb abrió el maletín de piel y desplegó todos los documentos en seis pilas que colocó sobre la mesa de café. Mientras lo contemplaba todo, se bebió un vaso de naranjada y se comió dos tartas de arándanos que supuso destinadas a Raymond. Luego se puso a trabajar, con la esperanza de que eso mantuviera su mente lejos de cuestiones que escapaban a su control, en particular la investigación de Jaye Winston de los nombres de la lista.

A pesar de la distracción, McCaleb empezaba a sentir una inyección de adrenalina. Estaba buscando el detalle revelador. La pieza que antes no encajaba, pero que ahora tendría tanto sentido que le contaría la historia. Había sobrevivido en el FBI haciendo caso a sus instintos. Y esta vez estaba siguiendo uno. Sabía que cuanto mayor era el expediente del crimen, cuanta mayor era la acumulación de datos, más fácil resultaba que se ocultara el detalle revelador. McCaleb se disponía a ir a por él, como quien busca la manzana más roja en la frutería, ésa que cuando la sacas desmonta la pila y hace rodar toda la fruta por el suelo.