—No, no pasa nada, señor Morgan —intervino Deutsch—. Hacemos muchas manualidades. Podemos empezar tallando jabón, y después cambiaremos a madera. —Guiñó el ojo a Cody—. Si le preocupa que trabaje con cuchillos, no dejaremos que se haga daño.
No me pareció diplomático decir que no estaba preocupado por la posibilidad de que Cody se hiciera daño con un cuchillo. Ya sabía muy bien qué extremo sujetar, y había demostrado un talento precoz a la hora de hundir la punta. Pero estaba muy seguro de que no aprendería a tallar animales como él deseaba en los Lobatos, al menos hasta llegar al nivel de Explorador Águila.
—Ya lo hablaremos con mamá —me limité a decir—, a ver qué opina ella.
Deutsch asintió.
—¡Fantástico! —exclamó—. Entretanto, no seas tímido. Métete de cabeza, colega.
Cody me miró, y después asintió.
—Muy bien —prosiguió Deutsch, y se enderezó por fin—. Bien, vamos a empezar.
Me saludó con un cabeceo y se volvió para empezar a reunir a sus tropas.
Cody meneó la cabeza y susurró algo. Me incliné un poco hacia él.
—¿Qué?
—De cabeza.
—Sólo es una expresión —comenté.
Me miró.
—Bastante estúpida.
Deutsch había atravesado la sala y estaba pidiendo silencio mientras reunía a los chicos, agrupados ahora en la parte delantera de la sala. Había llegado el momento de que Cody se sumara, aunque al principio no fuera de cabeza. Me levanté y extendí una mano hacia él.
—Vamos —le animé—. Todo saldrá bien.
Cody no parecía muy convencido, pero se puso en pie y miró al grupo de chicos normales que convergía hacia Deutsch. Se alzó en toda su pequeña estatura y respiró hondo.
—Vale —dijo, y fue a unirse al grupo.
Le vi abrirse paso entre la multitud con cautela hasta encontrar su sitio y se paró, solo y con la mayor valentía posible. No iba a ser fácil, ni para él, ni para mí. Le costaría mucho integrarse en un grupo que no tenía nada en común con él. Era un diminuto lobo que intentaba vestirse con piel de cordero y aprender a decir ¡beeee! Y si aullaba a la luna aunque sólo fuera una vez, el juego habría terminado.
¿Y yo? Sólo podía mirar, y tal vez darle un consejo de vez en cuando. Yo también había pasado por una fase similar, y todavía recordaba su terrible dolor. Darse cuenta de que para los demás era todo y para siempre, pero nunca para mí: las carcajadas, la amistad, la sensación de pertenecer a algo, cosas que yo jamás sentiría. Y todavía peor, en cuanto comprendí que yo estaba al margen de todo eso, tuve que fingir que lo sentía, aprender a exhibir la máscara de felicidad con el fin de ocultar la mortal vaciedad de mi interior.
Y recordé la espantosa torpeza de aquellos primeros años de esfuerzos, los primeros intentos horribles de reír, siempre en el momento equivocado y siempre con un sonido tan inhumano. Incluso hablar a los demás con naturalidad, con soltura, sobre las cosas adecuadas y con los sentimientos expresados correctamente. Aprender lenta, dolorosa, desmañadamente; ver cómo los demás hacían esas cosas sin el menor esfuerzo y sentir el dolor añadido de estar al margen de aquella elegante facilidad de expresión. Algo sencillo, saber reír. Tan sin trascendencia, a menos que no sepas cómo y tengas que aprender observando a los demás, como yo.
Como Cody debería hacer ahora. Tendría que padecer todo el vil proceso de comprender que era diferente y siempre lo sería, y después aprender a fingir que no lo era. Y eso sólo era el comienzo, el primer tramo fácil del Camino de Harry. Después, las cosas se complicarían todavía más, serían más difíciles y dolorosas, hasta construir toda una vida artificial Todo falso, en todo momento, con tan sólo los breves y tan escasos intervalos de realidad al filo de la navaja…, y yo iba a legar todo eso a Cody, aquel ser pequeño y que había sido traumatizado por su padre que se erguía ahora tan tieso, en busca de una sensación de pertenencia que jamás llegaría.
¿De veras tenía derecho a obligarle a insertarse en aquel doloroso molde? Sólo porque yo también lo había sufrido, ¿significaba que él también debía pasar por la misma prueba? Porque si era sincero conmigo mismo, en los últimos tiempos no me funcionaba nada bien. El Camino de Harry, algo que había parecido tan claro, pulcro e inteligente, se había internado en la maleza. Deborah, la única persona del mundo que debería comprenderme, dudaba que fuera correcto, incluso que fuera real, y ahora estaba en la UCI mientras yo vagaba por la ciudad masacrando inocentes.
¿Era eso lo que yo deseaba para Cody?
Le vi prestar el Juramento de Lealtad, y no encontré respuesta alguna.
Y así, un Dexter muy pensativo volvió a casa después de la reunión, seguido de un herido e inseguro Cody.
Rita nos recibió en la puerta con expresión preocupada.
—¿Cómo ha ido? —preguntó a Cody.
—Bien —contestó él, con una expresión que afirmaba todo lo contrario.
—Ha ido bien —dije, en un tono algo más convincente—. Y mejorará mucho más.
—Por fuerza —murmuró Cody.
Rita paseó la vista entre Cody y yo.
—No… O sea, ¿vas a…? ¿Vas a…? Cody, ¿vas a seguir yendo?
Cody me miró, y casi vi una pequeña y afilada hoja destellar en sus ojos.
—Iré —le aseguró a su madre.
Rita pareció aliviada.
—Eso es maravilloso. Porque es verdad. Sé que te va a gustar.
—Estoy seguro de que le gustará —intervine.
Mi móvil empezó a sonar y contesté.
—Sí.
—Se ha despertado —anunció Chutsky—. Y ha hablado.
—Voy enseguida.
19
No sé lo que me esperaba cuando llegué al hospital, pero no fue lo que vi. Nada parecía haber cambiado. Deborah no estaba sentada en la cama haciendo el crucigrama mientras escuchaba su iPod. Seguía inmóvil, rodeada del montón de máquinas y Chutsky. Él continuaba sentado en la misma postura de súplica, y en la misma silla, aunque había conseguido afeitarse y cambiarse de camisa en algún momento…
—¡Eh, tío! —gritó jovial cuando me paré junto a la cama de Deborah—. Está mejorando. Me miró y pronunció mi nombre. Se va a recuperar del todo.
—Estupendo —dije, aunque no me parecía claro que pronunciar un nombre de una sílaba significara que mi hermana fuera a recobrar la plena normalidad a la velocidad de un cohete—. ¿Qué han dicho los médicos?
Chutsky se encogió de hombros.
—La misma mierda de siempre. Que no me haga grandes ilusiones, demasiado pronto para estar seguros, nervioso autónomo, bla bla bla. —Alzó la mano en un gesto de impotencia—. Pero ellos no la vieron cuando despertó como yo. Me miró a los ojos, y yo me di cuenta. Sigue ahí, colega. Se va a poner bien.
Pensé que poco más podía decir, de modo que murmuré unas cuantas sílabas bienintencionadas y carentes de significado y me senté. Y si bien esperé con paciencia durante dos horas y media, Debs no saltó de la cama y se puso a hacer ejercicios calisténicos. Ni siquiera repitió el truco de abrir los ojos y pronunciar el nombre de Chutsky, de modo que al final me fui a la cama sin sentir la certeza mágica de Chutsky.
A la mañana siguiente, cuando llegué al trabajo, estaba decidido a ponerme a trabajar de inmediato para averiguar todo cuanto pudiera sobre Doncevic y su misterioso colega. Pero apenas había tenido tiempo de dejar mi taza de café sobre la mesa, cuando recibí una visita del Fantasma Chungo de Navidad, en la persona de Israel Salguero, de Asuntos Internos. Entró en silencio y se sentó en la silla plegable que había delante del escritorio sin emitir el menor sonido. Sus movimientos transmitían una sensación de amenaza aterciopelada que yo habría admirado, de no estar dirigida contra mí. Le miré, y él me miró un momento, hasta que por fin cabeceó.