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—Y yo le di una patada muy fuerte en la ingle —observó Astor.

Miré a los dos a través de mi nube roja de dolor producida por las mordeduras de hormigas. Parecían muy complacidos consigo mismos, y la verdad era que yo también estaba complacido. Weiss lo había intentado…, pero ellos habían resistido. Mis pequeños depredadores. Casi fue suficiente para paliar el dolor de las mordeduras. Pero sólo casi, sobre todo porque Rita estaba golpeando las mordeduras tanto como a las hormigas, lo cual aumentaba mi dolor.

—Tienen un par de auténticos Lobatos —dijo el agente Lear, y miró a Cody y a Astor con una expresión de aprobación mezclada con cierta preocupación.

—Sólo Cody —comentó Astor—. Y sólo ha ido a una reunión.

El agente Lear abrió la boca, se dio cuenta de que no tenía nada que decir y volvió a cerrarla. Se volvió hacia mí.

—La grúa llegará dentro de un par de minutos. Y los de urgencias querrán echar un vistazo, sólo para asegurarse de que todos están bien.

—Estamos bien —aseguró Astor.

—Bien —continuó Lear—, si quiere quedarse con su familia, puede que consiga poner el tráfico en marcha de nuevo.

—Creo que no habrá problema —repliqué. Lear miró a Rita con una ceja enarcada, y ella asintió.

—Sí. Por supuesto.

—De acuerdo —dijo el agente—. Supongo que los federales querrán hablar con usted. Quiero decir, sobre el intento de secuestro.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Rita, como si oír aquella palabra consiguiera que todo fuera real.

—Creo que el tipo estaba como una chota —aventuré esperanzado. Al fin y al cabo, ya tenía bastantes problemas para que, encima, el FBI se pusiera a investigar mi vida familiar.

Lear no se inmutó. Me miró muy serio.

—¡Se trataba de un se-cues-tro! —exclamó—. De sus hijos. —Me miró un momento para asegurarse de que conocía la palabra, y después se volvió y agitó un dedo en dirección a Rita—. Procure que la gente de urgencias les eche un vistazo a todos. —Volvió a mirarme impasible—. Y sería mejor que usted se vistiera, ¿no cree?

Dio media vuelta, cruzó la calle y empezó a hacer gestos a los coches, en un intento de lograr que el tráfico se moviera de nuevo.

—Creo que las tengo todas —anunció Rita, al tiempo que propinaba la última palmada a mi espalda—. Dame tu camisa. —La cogió, la agitó vigorosamente y me la devolvió—. Será mejor que te la pongas —insistió, aunque era incapaz de imaginar por qué, de repente, toda Miami estaba tan obsesionada con mi desnudo parcial. Me puse la camisa, después de lanzar una suspicaz mirada al interior, en busca de hormigas rojas rezagadas.

Cuando mi cabeza asomó a la luz del día de nuevo, Rita ya había aferrado de nuevo por la mano a Astor y a Cody.

—Dexter, dijiste… ¿Cómo pudiste…? ¿Por qué estás aquí?

No estaba seguro de lo poco que podía decirle, al tiempo que aportaba una respuesta satisfactoria, y por desgracia no podía achacarlo otra vez a mí cabeza y lanzar un gemido. Estaba convencido de que ayer había agotado aquel truco. Y decir que el Pasajero y yo habíamos llegado a la conclusión de que Weiss iría a secuestrar a los niños, porque eso sería lo que nosotros habríamos hecho en su lugar, tampoco llevaría a nada. Decidí probar una versión algo edulcorada de la realidad.

—Es que, hum… Es ese tipo que voló la casa ayer. Tuve la corazonada de que volvería a intentarlo. —Rita me miró—. Es decir, secuestrar a los niños para hacerme daño.

—Pero tú ni siquiera eres un policía de verdad —protestó Rita, con cierta indignación en la voz, como si alguien hubiera quebrantado una regla básica—. ¿Por qué intentaría hacerte daño?

Era una buena observación, sobre todo porque en el mundo de Rita (y hablando en términos generales, también en el mío), los expertos en salpicaduras de sangre no acaban enzarzados en reyertas de sangre.

—Creo que es por Deborah —argumenté. Al fin y al cabo, ella sí era una policía de verdad, y no estaba presente para contradecirme—. Era alguien a quien ella perseguía cuando la apuñalaron, y yo estaba delante.

—¿Y por eso ahora intenta hacer daño a mis hijos? —preguntó Rita—. ¿Porque Deborah intentó detenerle?

—La mente criminal es así —argüí—. No funciona como la tuya.

De hecho, funcionaba como la mía, y en aquel momento la mente criminal estaba trabajando en una idea acerca de lo que Weiss habría dejado en el coche. No había esperado huir a pie. Era muy posible que hubiera quedado alguna pista en él sobre adonde iría y cuál sería su siguiente movimiento. Y todavía más: podía contener alguna horrible pista que apuntara con un dedo empapado en sangre en mi dirección. Con ese pensamiento, me di cuenta de que necesitaba registrar su coche ya, mientras Lear estuviera ocupado y antes de que llegaran más policías al lugar de los hechos.

—Está loco —continué, porque vi que Rita seguía mirándome expectante—. Puede que tal vez nunca entendamos qué está pensando. —Parecía casi convencida, de modo que, en la creencia de que un mutis veloz era, con frecuencia, el argumento más persuasivo, indiqué el coche de Weiss con un cabeceo—. Creo que debería ver si ha dejado algo importante. Antes de que llegue la grúa.

Rodeé el coche de Rita y me dirigí a la puerta delantera del de Weiss, que estaba abierta.

El asiento delantero albergaba la habitual variedad de basura de coche. Envoltorios de chicle sembraban el suelo, había una botella de agua tumbada en el asiento, un cenicero contenía un puñado de monedas de veinticinco centavos para los peajes. Ni cuchillos de carnicero, ni sierra para cortar huesos, ni bombas. Nada de interés. Estaba a punto de entrar y abrir la guantera, cuando reparé en una libreta grande en el asiento trasero. Era un cuaderno de bocetos de artista, del cual sobresalían los bordes de varias páginas sueltas, sujetas con una goma elástica, y mientras lo miraba la voz de la Habitación Oscura de Dexter gritó, ¡Bingo!

Bajé del coche e intenté abrir la puerta de atrás. Estaba cerrada, hundida por el impacto contra el coche de Rita. Me arrodillé delante del asiento delantero, agarré la libreta y la saqué. Una sirena aulló cerca, así que me alejé del coche de Weiss y me acerqué a Rita, con el cuaderno apretado contra mi pecho.

—¿Qué es eso? —me preguntó.

—No lo sé —contesté—. Vamos a echar un vistazo.

Y ocupado tan sólo en pensamientos inocentes, quité la goma elástica. Una página suelta cayó volando al suelo y Astor la pisó.

—Dexter —dijo—. Se parece a ti.

—Eso no es posible —repuse, al tiempo que le arrebataba la página.

Pero sí era posible. Era un bonito dibujo, muy bien ejecutado, de un hombre de cintura para arriba, en una especie de pose risiblemente heroica tipo Rambo, sosteniendo un gran cuchillo que goteaba sangre, y no cabía la menor duda.

Era yo.

27

Sólo me quedaban unos segundos para admirar la espléndida reproducción de mí mismo. Y después, en rapidísima sucesión, Cody dijo, «Guay», Rita dijo, «Déjame ver» y, lo mejor de todo, llegó la ambulancia. En la confusión que siguió conseguí deslizar el retrato dentro del cuaderno y acompañar a mi familia hasta los paramédicos para que fueran sometidos a una breve pero concienzuda exploración. Y si bien tuvieron que admitirlo a regañadientes, no pudieron encontrar miembros amputados, cráneos desaparecidos ni órganos internos reventados, de modo que, al final, no tuvieron otro remedio que dejar marchar a Rita y a los niños, con siniestras advertencias sobre la obligación de estar alertas, por si acaso.

Los daños sufridos por el coche de Rita eran en su mayor parte superficiales (un faro roto y el guardabarros hundido), de modo que los metí a los tres dentro. En circunstancias normales, Rita les habría dejado en alguna actividad extraescolar y habría vuelto a trabajar, pero existe una ley no escrita la cual te garantiza que puedes tomarte el resto del día libre cuando tú y tus hijos habéis sido atacados por un maníaco, así que decidió llevarles a casa a todos para que se recuperaran del trauma. Y como Weiss seguía suelto, decidimos que, en mi caso, también era mejor que hiciera lo mismo y fuera a casa para protegerles. De modo que me despedí de ellos con la mano mientras se internaban en el tráfico, y yo emprendí el largo y cansado paseo hasta el lugar donde había dejado el coche.