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—Sí. —Asintió, metió el dedo en la boca de la botella de gaseosa y se levantó—. Confiemos en que no. —Dio media vuelta, rodeó de nuevo su coche, subió y se marchó.

Si hubiera sido un observador más devoto de las debilidades humanas, me habría llevado una gran alegría al descubrir profundidades inéditas en el detective Coulter. ¡Era maravilloso descubrir que se trataba de un devoto de las artes literarias! Pero esta alegría del descubrimiento quedaba disminuida por el hecho de que yo no albergaba el menor interés por lo que Coulter hiciera en sus ratos libres, siempre que lo hiciera lejos de mí. Apenas había conseguido que el sargento Doakes levantara su vigilancia perpetua de Dexter, y ahora venía Coulter a ocupar su sitio. Era como si yo fuera la víctima de una extraña y siniestra persecución de Dexter llevada a cabo por una secta tibetana. Siempre que el antiguo lama que odiaba a Dexter moría, nacía uno nuevo que le sustituía.

Pero no podía hacer gran cosa al respecto en aquel momento. Estaba a punto de convertirme en una obra de arte de primera categoría, un problema mucho más acuciante. Subí al coche, puse en marcha el motor y me fui a casa.

Cuando llegué, tuve que quedarme fuera y llamar con los nudillos durante varios minutos, puesto que Rita había decidido pasar la cadena de seguridad de la puerta. Supongo que tuve suerte de que no la hubiera atrancado con el sofá y la nevera. Tal vez se debiera a que necesitaba utilizar el sofá. Se había acurrucado en él con sus dos hijos apretados contra ella, uno a cada lado, y después de dejarme entrar (más bien a regañadientes), volvió a adoptar su postura anterior, con un brazo protector alrededor de cada niño. Cody y Astor exhibían una expresión casi idéntica de aburrimiento e irritación. Por lo visto, consideraban que encogerse de terror en la sala de estar no era la mejor forma de pasar el tiempo.

—Has tardado mucho —protestó Rita, mientras volvía a pasar la cadena.

—Tuve que hablar con un detective.

—Bien, pero… —opuso, mientras se embutía en el sofá entre los dos niños—. Quiero decir, estábamos preocupados.

—No estábamos preocupados —terció Astor, al tiempo que ponía los ojos en blanco.

—Porque ese hombre podría estar en cualquier sitio —insistió Rita—. Podría estar ahí fuera, ahora mismo.

Y si bien ninguno de nosotros se lo creía, ni siquiera Rita, los cuatro volvimos la cabeza hacia la puerta para mirar. Por suerte para nosotros, no estaba, al menos por lo que podíamos deducir intentando mirar a través de una puerta cerrada a cal y canto.

—Por favor, Dexter —me imploró Rita, con tanto miedo en la voz que casi pude olerlo—. Por favor. ¿Por qué está pasando esto? No puedo… —Movió las manos de forma desordenada, y después las dejó caer en el regazo—. Esto ha de parar. Haz que pare.

Con toda sinceridad, sólo se me ocurrían unas pocas cosas que preferiría hacer en lugar de conseguir que parara…, y varias podían ser muy adecuadas para ello, en cuanto capturara a Weiss. Pero antes de poder concentrarme en hacer planes felices, sonó el timbre de la puerta.

Rita reaccionó dando un bote en él aire, para luego desplomarse sobre el sofá con un niño apretado a cada lado.

—¡Oh, Dios! —exclamó—. ¿Quién será?

Yo estaba convencido de que no eran predicadores mormones.

—Voy a ver —dije, y fui hacia la puerta. Por si acaso, atisbé por la mirilla (los mormones pueden ser muy insistentes), y lo que vi me asustó todavía más.

El sargento Doakes estaba delante de la puerta.

Aferraba el pequeño ordenador que ahora hablaba por él, y a su lado había una mujer de edad madura muy peripuesta con un traje gris, y aunque no se tocaba con un sombrerito tirolés, yo estaba bastante seguro de que era la federal con la que me habían amenazado, encargada de investigar el intento de secuestro.

Mientras les miraba y pensaba en todos los problemas que podían representar, medité sobre la posibilidad de dejar la puerta cerrada y fingir que no estábamos en casa. Pero fue un pensamiento pasajero. He descubierto que, cuanto más deprisa huyes de los problemas, antes te echan el guante, y estaba convencido de que si no dejaba pasar a Doakes y a su nueva amiga, volverían con una orden de registro, y puede que Coulter y Salguero también. Así que, entristecido por estos lúgubres pensamientos, y mientras intentaba dotar a mi rostro de la correcta combinación de sorpresa y estupor, abrí la puerta.

—Mueve. La. ¡Cabronazo!

La risueña voz de barítono artificial de Doakes resonó mientras clavaba tres veces su garra en el teclado de su cajita plateada.

La federal apoyó una mano sobre su brazo para calmarle, y después me miró.

—¿Señor Morgan?¿Podemos entrar? —Exhibió sus credenciales con paciencia, mientras yo les miraba. Por lo visto, era la agente especial Brenda Recht, del FBI—. El sargento Doakes se ofreció a acompañarme para hablar con usted —dijo, y yo pensé que había sido muy amable.

—Pues claro que pueden entrar —concedí, y entonces tuve una de esas felices inspiraciones que llegan a veces en el momento preciso—. Pero los niños se han llevado un susto tan grande… Y es posible que el sargento Doakes les asuste. ¿Podría esperar fuera?

—¡Cabronazo! —bramó Doakes, como si estuviera gritando alegremente, «¡Hola, vecino!»

—Además, su lenguaje es un poco grosero para los chicos —añadí.

La agente especial Recht miró a Doakes. Como agente del FBI no podía admitir que nada la asustara, ni siquiera Doakes el cyborg, pero dio la impresión de pensar que se trataba de una buena idea.

—Claro. ¿Por qué no espera aquí fuera, sargento?

Doakes me fulminó con la mirada durante un largo momento, y en la oscura distancia casi pude oír el rugido airado de su Pasajero. Pero se limitó a levantar su garra plateada, echar un vistazo al teclado y pulsar una de sus frases pregrabadas.

—Aún te sigo vigilando, cabronazo —me aseguró la metálica voz risueña.

—Me parece estupendo —reconocí—, pero vigíleme a través de la puerta, ¿de acuerdo?

Indiqué a Recht con un ademán que entrara, y cuando lo hizo cerré la puerta a sus espaldas, dejando que Doakes la traspasara con la mirada.

—Parece que no le cae usted muy bien —observó la agente especial Recht, y me quedé impresionado por su agudo ojo para los detalles.

—No. Creo que me culpa de lo que le pasó.

Lo cual era cierto en parte, aunque ya le caía mal antes de que perdiera las manos, los pies y la lengua.

—Ajá —prosiguió la mujer, y si bien me di cuenta de que estaba meditando al respecto, no comentó nada más sobre el tema. Se acercó al sofá, donde Rita seguía aferrando a Cody y a Astor—. ¿Señora Morgan? —Volvió a mostrar sus credenciales—. Agente especial Recht, FBI. ¿Puedo hacerle algunas preguntas sobre lo sucedido esta tarde?

—¿FBI? —inquirió Rita, con un tono tan culpable como si estuviera sentada sobre bonos al portador robados—. Pero eso es… ¿Por qué…? Sí, por supuesto.

—¿Lleva pistola? —le preguntó Astor.

Recht la miró con cierta ternura cautelosa.

—Sí —contestó.

—¿Dispara a la gente con ella?

—Sólo en caso necesario —precisó Recht. Paseó la vista a su alrededor y localizó la silla disponible más cercana—. ¿Puedo sentarme y hacerle unas preguntas?

—Oh —dijo Rita—. Lo siento muchísimo. Yo sólo estaba… Sí, por favor, siéntese.

Recht se acomodó en el borde de la silla y me miró antes de dirigirse a Rita.

—Cuénteme qué pasó —la instó, y como Rita vaciló, continuó—: Iba con los niños en el coche, entró en la U.S. 1…

—Apareció como caído del cielo —señaló Rita.

Bum —añadió en voz baja Cody, y yo le miré sorprendido. Estaba sonriendo un poco, lo cual también era alarmante. Rita le miró apesadumbrada, y después prosiguió: