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—Así. Si no puede matarme, se las ingeniará para que me detengan por asesinato.

Chutsky estudió el dibujo durante un largo rato, y después silbó en voz baja.

—Canastos, muchacho. ¿Y estas cosas que hay al pie…?

—Cadáveres. Dispuestos como los que Deborah estaba investigando cuando este hombre la apuñaló.

—¿Por qué hacer esto?

—Es una especie de obra de arte. O sea, él cree que lo es.

—Sí, pero ¿por qué hacerte esto a ti, colega?

—Por el tipo que detuvieron cuando apuñalaron a Deborah. Le di una patada fuerte en la cabeza. Era su novio.

—¿Era? —preguntó Chutsky—. ¿Dónde está ahora?

Nunca he comprendido la gracia de la automutilación. Al fin y al cabo, la vida consiste en trabajar y hacerlo bien. Pero si hubiera podido eliminar la palabra «era» mordiéndome la lengua, lo habría hecho de buena gana. Sin embargo, ya no había marcha atrás, por lo cual, me puse a buscar a tientas un ápice de mi antes agudo ingenio, y encontré un fragmento.

—No pagó la fianza y desapareció.

—¿Y este tipo te echa la culpa porque su novio se piro?

—Eso creo. —Chutsky me miró, y después contempló el dibujo de nuevo.

—Escucha, colega. Tú conoces a este tipo, y sé que has de hacer caso de tu intuición. A mí siempre me ha funcionado, nueve veces de cada diez. Pero esto es, no sé. —Se encogió de hombros—. Como poco consistente, ¿no te parece? —Señaló el dibujo con un dedo—. En cualquier caso, tienes razón en una cosa. Si va a hacer esto, necesitas mi ayuda. Mucho más de lo que supones.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté cortésmente.

Chutsky golpeó el dibujó con el dorso de la mano.

—Este hotel —contestó—. No es The Breakers. Es el Hotel Nacional. En La Habana. —Y al ver que la boca de Dexter se desmoronaba de un modo indigno, añadió—: Ya sabes, La Habana. La de Cuba.

—Pero eso no es posible. Yo he estado allí. Esto es The Breakers.

Me sonrió, la irritante sonrisa con aires de superioridad que me encantaría probar alguna vez cuando no fuera disfrazado.

—No eras bueno en historia, ¿verdad?

—Creo que me perdí esa clase. ¿De qué estás hablando?

—El Hotel Nacional y The Breakers fueron construidos a partir de los mismos planos, con el fin de ahorrar dinero. Son prácticamente idénticos.

—¿Y por qué estás tan seguro de que éste no es The Breakers?

—Escucha —dijo Chutsky—. Mira los coches antiguos. Cuba en estado puro. ¿Ves esa especie de cochecito de golf, con la burbuja encima? Es un Coco Loco, y sólo los hay allí, no en Palm Beach. Y la vegetación, esa masa de la izquierda. No se ve en The Breakers. Sólo en La Habana. —Dejó caer el cuaderno y se inclinó hacia atrás— Por lo tanto, yo diría que el problema está solucionado, colega.

—¿Por qué lo dices? —le pregunté, irritado tanto por su actitud como por la falta de lógica en todo lo que había dicho.

Chutsky sonrió.

—Es muy difícil para un norteamericano ir a la isla —contestó—. No creo que pueda conseguirlo.

Una pequeña moneda cayó en la ranura y una luz se encendió en el cerebro de Dexter.

—Es canadiense.

—De acuerdo —replicó con tozudez—. Podría ir, pues. —Se encogió de hombros—. Pero tal vez no recuerdes que el asunto está un poco crudo por allí. Quiero decir… No podría hacer esto. —Dio un manotazo sobre el dibujo—. En Cuba no. La policía se le echaría encima como… —Chutsky frunció el ceño y se llevó el gancho reluciente a la cara con aire pensativo. Paró a tiempo antes de metérselo en el ojo—. A menos que…

—¿Qué? —pregunté.

Sacudió la cabeza un poco.

—Este tipo es muy listo, ¿verdad?

—Bien —reconocí a regañadientes—. Sé que él se lo cree.

—Por lo tanto, ha de saberlo. Lo cual quizá significa… —sugirió Chutsky, negándose a terminar una frase con algo que se pareciera a un sustantivo. Sacó su teléfono, uno de esos grandes con pantalla más grande todavía. Lo sujetó sobre la mesa con el gancho y empezó a teclear con un dedo a toda velocidad—. Maldita sea… Vale… Ajá. —Siguió mascullando otras brillantes observaciones. Vi que aparecía Google en la pantalla, pero nada legible desde el otro lado de la mesa—. Bingo —dijo por fin.

—¿Qué?

Sonrió, muy satisfecho con su inteligencia.

—Allí siempre hay festivales. Para demostrar lo sofisticados y libres que son. —Empujó el teléfono hacia mí—. Como éste —dijo.

Acerqué el teléfono y leí la pantalla.

—«Festival Internacional de Artes Multimedia» —leí.

—Empieza dentro de tres días —me aclaró Chutsky—. Haga lo que haga este tipo, proyecciones, clips, lo que sea, la policía recibirá la orden de dejarle a su aire. Por el festival.

—Y la prensa ira —observé—. De todas partes del mundo.

Chutsky hizo un gesto con el gancho que habría sido como alzar la mano con la palma hacia arriba, de haber tenido mano. Los ganchos no tienen palmas, por supuesto, pero el significado era claro.

—Tal como están las cosas recibirá cobertura informativa en Miami como si tuviera lugar en Miami.

Y era verdad. Miami recibía cobertura oficial y extraoficial sobre todo lo que sucedía en La Habana, con más detalle que sobre los acontecimientos de Fort Lauderdale, que estaba al lado. De modo que si me implicaba en La Habana, yo sería condenado en Miami, con el premio añadido de que no podría hacer nada al respecto.

—Perfecto.

Y lo era. Weiss tenía vía libre para llevar a la práctica su espantoso proyecto, y después recibir toda la atención que anhelaba con tanto desespero, como un paquete de vacaciones envuelto en celofán. Lo cual no parecía muy bueno para mí. Sobre todo porque sabía que no podía ir a Cuba a detenerle.

—Muy bien —concedió Chutsky—. Tiene sentido. Pero ¿por qué estás tan seguro de que irá?

Era, por desgracia, una buena pregunta. Medité al respecto. En primer lugar, ¿estaba seguro de verdad? Como no quería asustar a Chutsky de ningún modo, envié una cautelosa y silenciosa pregunta al Oscuro Pasajero. ¿Estás seguro al respecto?, le pregunté.

Oh, si, confirmó, con una sonrisa de dientes afilados. Muy seguro.

Bien, pues. Asunto concluido. Weiss iría a Cuba para desenmascarar a Dexter. Pero yo necesitaba algo más convincente que la silenciosa certidumbre. ¿Qué pruebas poseía en realidad, aparte de los dibujos, que probablemente no se admitirían en un tribunal? No cabía duda de que algunos eran muy interesantes. La imagen de la mujer con los seis pechos, por ejemplo, era algo que se te quedaba grabado en la cabeza.

Recordé aquel dibujo, y esta vez se produjo un clang casi audible cuando una moneda muy gorda cayó.

Había una hoja de papel encajada en la encuadernación de la página en cuestión.

Con una lista de vuelos entre La Habana y México.

El tipo de información que desearías tener a mano en el caso de que, por ejemplo, tuvieras que abandonar La Habana por piernas. Si, digamos, habías esparcido algunos cadáveres bastante poco comunes delante del hotel de cinco estrellas más importante de la ciudad.

Cogí el cuaderno, saqué el horario de vuelos y lo dejé encima de la mesa.

—Irá.

Chutsky levantó el papel y lo desdobló.

—Cubana de Aviación —leyó.