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Por lo tanto, si a los cubanos no les gustaba Estados Unidos y les gustaban los estadounidenses, no implicaba más gimnasia mental que la que había visto y oído casi cada día de mi vida. En cualquier caso, oí un ruido metálico, sonó un timbre estridente y nuestro equipaje empezó a salir por la cinta transportadora. No llevábamos gran cosa, sólo una pequeña bolsa cada uno, una muda de calcetines y una docena de biblias. Pasamos con las bolsas delante de una agente de aduanas que parecía más interesada en hablar con el guardia que tenía al lado que en atraparnos pasando de contrabando armas o carteras de acciones. Se limitó a echar un vistazo a las bolsas y nos indicó con un ademán que pasáramos, sin perder ni una sílaba de su rapidísimo monólogo. Y entonces, quedamos en libertad y salimos por la puerta al sol de fuera. Chutsky llamó con un silbido a un taxi, un Mercedes gris, y bajó un hombre con una librea gris y una gorra a juego, quien vino a recoger nuestras bolsas.

—Hotel Nacional —le indicó; éste tiró nuestras maletas en el maletero, y todos subimos.

La autopista de La Habana tenía montones de baches, pero estaba casi desierta. Vimos algunos taxis, un par de motocicletas y algunos camiones del ejército que se movían con lentitud, y nada más hasta llegar a la ciudad. Entonces, las calles estallaron de vida de repente, con coches antiguos, bicicletas, multitudes de gente que invadían las aceras, y unos autobuses de aspecto muy raro tirados por camiones diesel. Eran dos veces más largos que los autobuses norteamericanos, en forma de eme, con los dos extremos alzados como alas, que luego descendían hasta un punto bajo de techo liso en el centro. Iban todos tan abarrotados de gente que parecía imposible que alguien más subiera, pero mientras miraba, uno de ellos se detuvo y, obviamente, otro grupo de gente se apelotonó en el interior.

—Camellos —comentó Chutsky, y le miré con curiosidad.

—¿Perdón? —pregunté.

Movió la cabeza en dirección a uno de los extraños autobuses.

—Les llaman camellos. Dicen que es debido a su forma, pero yo diría que está relacionado con el olor que reina en el interior en las horas punta. —Sacudió la cabeza—. Cuatrocientas personas juntas, volviendo a casa del trabajo, sin aire acondicionado y las ventanillas que no se abren. Increíble.

Era una información fascinante, o al menos eso pensaba Chutsky, porque no dijo nada más profundo, aunque estábamos atravesando una ciudad en la que yo nunca había estado. Por lo visto, su instinto de convertirse en guía turístico había muerto, y nos deslizamos entre el tráfico hasta llegar a un ancho bulevar que corría a lo largo del mar. Al otro lado del puerto, en lo alto de una loma, vi un antiguo faro y algunas almenas, y al otro lado una nube de humo negro que se alzaba hacia el cielo. Entre nosotros y el océano había una acera ancha y un rompeolas. Las olas rompían en el muro y lanzaban espuma al aire, pero por lo visto a nadie le importaba mojarse un poco. Había montones de personas de todas las edades sentadas, de pie, paseando, pescando, tumbadas y besándose en aquel lugar. Pasamos junto a una escultura extrañamente contorsionada, cruzamos una zona pavimentada, giramos a la izquierda y ascendimos una suave colina. Y allí estaba, el Hotel Nacional, junto con la fachada que pronto acogería el rostro sonriente de Dexter, a menos que encontráramos a Weiss antes.

El conductor detuvo el coche delante de una majestuosa escalinata de mármol. Un portero vestido de almirante italiano se acercó y dio una palmada, y un botones uniformado salió corriendo para coger nuestras maletas.

—Ya hemos llegado —anunció Kyle sin necesidad. El almirante abrió la puerta y Chutsky bajó. Me dejaron que abriera mi puerta, pues estaba al otro lado de la escalinata de mármol. Bajé a un bosque de sonrisas solícitas. Chutsky pagó al chófer, y seguimos al botones escaleras arriba hasta entrar en el hotel.

El vestíbulo parecía tallado del mismo bloque de mármol que la escalinata. Era un poco estrecho, pero se alejaba hasta perderse de vista en la brumosa distancia. El botones nos guió hasta el mostrador de recepción, dejando atrás un grupo de lujosas sillas y un cordón de terciopelo. El recepcionista pareció alegrarse muchísimo de vernos.

—Señor Freeney —lo saludó, al tiempo que inclinaba la cabeza muy contento—. Me alegro mucho de volver a verle. —Enarcó una ceja—. No habrá venido por el Festival de Arte, ¿verdad?

Tenía menos acento que muchos habitantes de Miami, y Chutsky también pareció alegrarse de verle.

Le estrechó la mano.

—¿Cómo estás, Rogelio? Yo también me alegro de verte. He venido para presentar a un tipo nuevo. —Apoyó la mano sobre mi hombro y me empujó hacia delante, como si yo fuera un muchacho hosco obligado a besar a la abuelita en la mejilla—. Éste es David Marcey, una de nuestras estrellas prometedoras. Predica unos sermones del copón.

Rogelio me estrechó la mano.

—Me alegro mucho de conocerle, señor Marcey.

—Gracias. Este lugar es muy bonito.

Hizo una media reverencia de nuevo y se volvió hacia el teclado del ordenador.

—Espero que disfruten de su estancia. Si al señor Freeney no le parece mal, les pondré en la planta ejecutiva. Así estarán más cerca del desayuno.

—Eso suena muy bien —dije.

—¿Una habitación o dos? —preguntó.

—Creo que esta vez sólo una, Rogelio —respondió Chutsky—. Hemos de controlar la cuenta de gastos en este viaje.

—Por supuesto —replicó Rogelio. Pulsó unas cuantas teclas más, y después, con un majestuoso ademán, deslizó dos llaves por encima del mostrador—. Tengan.

Chutsky apoyó la mano sobre las llaves y se inclinó hacia delante.

—Una cosa más, Rogelio —dijo, y bajó la voz—. Un amigo nuestro va a llegar desde Canadá. Se llama Brandon Weiss. —Acercó las llaves a él, y en su lugar dejó un billete de veinte dólares—. Nos gustaría darle una sorpresa. Es su cumpleaños.

Rogelio movió una mano y el billete de veinte dólares desapareció como una mosca atrapada por un lagarto.

—Por supuesto. Les informaré de inmediato.

—Gracias, Rogelio.

Chutsky dio media vuelta y me indicó con un ademán que le siguiera. Recorrimos el pasillo hasta el final, en compañía del botones que cargaba con nuestras bolsas, hasta llegar a una hilera de ascensores preparados para subirnos a la planta ejecutiva. Un grupo de personas vestidas con mucho gusto estaban esperando, y puede que fuera obra de mi imaginación febril, pero pensé que miraban horrorizados mi indumentaria de misionero. De todos modos, no tenía otro remedio que ceñirme al guión, así que les dediqué una sonrisa y conseguí reprimir la tentación de largarles un rollo religioso, posiblemente del Apocalipsis.

La puerta se abrió y la multitud entró en el ascensor. El botones sonrió.

—Pase, señor, les seguiré dentro de un momento.

El Justo Reverendo Freeney y yo entramos.

Las puertas se cerraron. Percibí más miradas angustiadas dirigidas a mis zapatos, pero nadie dijo nada, de modo que yo opté por lo mismo. Pero sí me pregunté por qué teníamos que compartir la habitación. No había tenido un compañero de cuarto desde la universidad, y no salió muy bien. Además, sabía muy bien que Chutsky roncaba.

Las puertas se abrieron y salimos. Seguí a Chutsky hacia la izquierda, en dirección a otra zona de recepción, donde un camarero nos esperaba junto a un carrito con hielo. Hizo una reverencia y nos dio a cada uno un vaso alto.