—¿Qué es esto? —pregunté.
—Gatorade cubano —replicó Chutsky—. Salud.
Vació su vaso y lo dejó en el carrito, de modo que le imité. La bebida era suave, dulce, con cierto sabor a menta, y descubrí que, en efecto, parecía refrescante como el gatorade en un día caluroso. Dejé mi vaso vacío al lado del de Chutsky. Éste cogió otro, de modo que yo también. «Salud», brindó. Entrechocamos los vasos y bebí. Sabía muy bien, y como apenas había bebido o comido debido al ajetreo de la llegada al aeropuerto, me permití disfrutar del mejunje.
A nuestra espalda, la puerta del ascensor se abrió y nuestro botones salió con las bolsas.
—Ya estás aquí —comentó Chutsky—. Vamos a ver la habitación.
Vació su vaso, yo también, y seguimos al botones por el pasillo.
A mitad de camino empecé a sentirme un poco raro, como si mis piernas se hubieran convertido de repente en madera de balsa.
—¿Qué llevaba ese gatorade? —pregunté a Chutsky.
—Sobre todo ron. ¿Qué pasa, nunca habías tomado un mojito?
—Creo que no.
Emitió un leve gruñido, que tal vez había querido ser una carcajada.
—Acostúmbrate. Ahora estás en La Habana.
Le seguí por el pasillo, que de repente se había hecho mucho más largo y luminoso. Ahora me sentía como nuevo. No sé cómo, conseguí llegar hasta la habitación y atravesar la puerta. El botones depositó nuestras bolsas sobre un aparador y abrió las cortinas, que revelaron una habitación muy bonita, amueblada con gusto al estilo clásico. Había dos camas, separadas por una mesita de noche, y un cuarto de baño a la izquierda de la puerta de la habitación.
—Muy bonita —comentó Chutsky, y el botones sonrió e hizo media reverencia—. Gracias —le dijo, y extendió la mano con un billete de diez dólares—. Muchísimas gracias.
El botones aceptó el dinero con una sonrisa, un cabeceo y la promesa de que sólo teníamos que llamar y removería cielo y tierra con tal de satisfacer nuestro capricho más ínfimo, y después desapareció por la puerta y yo me desplomé boca abajo en la cama más cercana a la ventana. Elegí esa cama porque era la más próxima, pero también deslumbraba en exceso, debido al sol agresivo que entraba por la ventana, de modo que cerré los ojos. La habitación no daba vueltas, ni yo me sumí de repente en la inconsciencia, pero me pareció una gran idea quedarme un rato tumbado con los ojos cerrados.
—Diez pavos —observó Chutsky—. Eso es lo que casi todo el mundo gana aquí en un mes. Y, ¡bumba!, se los lleva por cinco minutos de trabajo. Puede que sea doctor en astrofísica. —Se produjo una breve y bienvenida pausa, y después me preguntó, con una voz que se me antojó muy lejana—. Eh, colega, ¿te encuentras bien?
—Nunca me había sentido mejor —contesté, y mi voz también era lejana—. Pero creo que me echaré una siestecita.
31
Cuando desperté, la habitación estaba oscura y silenciosa, y yo tenía la boca muy seca. Moví la mano a tientas sobre la mesita de noche unos momentos hasta que localicé la lámpara, y la encendí. Vi que Chutsky había corrido las cortinas y salido. También vi una botella de agua mineral al lado de la lámpara, la cogí y la abrí, y me bebí la mitad de un largo y satisfecho trago.
Me levanté. Estaba un poco agarrotado a causa de haber dormido boca abajo, pero por lo demás me sentía sorprendentemente bien, además de hambriento, lo cual no era sorprendente. Me acerqué a la ventana y abrí las cortinas. Aún era de día, pero el sol se había desplazado a un lado y calmado un poco, de modo que me quedé mirando el puerto y el rompeolas, además de la larga acera que corría en paralelo, llena de gente. Nadie parecía tener prisa. Los transeúntes deambulaban en lugar de ir a un lugar concreto, y había grupos que hablaban, cantaban y, por lo que deduje a partir de su actividad visible, daban consejos a los que sufrían penas de amor.
En el puerto, un neumático grande cabeceaba en el oleaje, con un hombre colgado de su centro que sujetaba una especie de yo-yo cubano, que es una cucharilla de sedal sin carrete ni caña. Y más lejos todavía, justo antes de desaparecer en el horizonte, estaban pasando tres grandes barcos, aunque no conseguí dilucidar si eran de pasajeros o mercantes. Los pájaros volaban en círculos sobre las olas, el sol se reflejaba en el agua. En conjunto, era una bonita vista, que me condujo a descubrir que no había nada de comer en la ventana, de modo que localicé la llave de la habitación en la mesita de noche y bajé al vestíbulo.
Encontré un comedor enorme en el lado opuesto a los ascensores y, al lado, encajado en un rincón, había un bar chapado en madera oscura. Los dos se veían muy agradables, pero no era lo que estaba buscando. El camarero me dijo, en un inglés perfecto, que había una cafetería en el sótano, bajando la escalera al otro lado del pasillo, y le di las gracias, también en un inglés perfecto, y me encaminé hacia la escalera.
La decoración de la cafetería constituía un homenaje al cine, y pasé un mal trago durante un momento, hasta que vi la carta y me di cuenta de que servían algo más que palomitas de maíz. Pedí un bocadillo cubano, por supuesto, y una Iron Beer, y me senté a una mesa para contemplar luces, cámara y acción con tan sólo una pizca de amargura. Weiss estaba cerca, o a punto de estarlo, y había prometido convertir a Dexter en una gran estrella. Yo no quería ser una estrella. Prefería mucho más trabajar en la oscuridad de las sombras, acumulando con discreción una excelencia sin mácula en la especialidad que había elegido. Esto sería imposible a menos que consiguiera detener a Weiss, y como no estaba muy seguro de cómo pensaba hacerlo, la perspectiva era muy deprimente. De todos modos, el bocadillo estaba bueno.
Cuando terminé de comer, volví a subir la escalera y, guiado por un capricho, bajé la escalinata de mármol y salí del hotel. Una fila de taxis aguardaba. Pasé de largo y seguí la larga acera, dejé atrás una hilera de Chevys y Buicks antiguos, incluso un Hudson. Tuve que leer el nombre en el extremo delantero. Varias personas de aspecto muy risueño estaban apoyadas contra los coches, y todas se mostraron ansiosas por llevarme de paseo, pero yo sonreí y me encaminé hacia la lejana entrada principal. Al otro lado había un montón desordenado de lo que semejaban carritos de golf con armazones de plástico de colores chillones sujetos a ellos. Sus conductores eran más jóvenes y no tan sofisticados como los que se encargaban del Hudson, pero estaban igualmente ansiosos por impedir que utilizara mis piernas. No obstante, conseguí quitármelos de encima también.
Me detuve en la entrada y paseé la vista a mi alrededor. Delante tenía una calle sinuosa con un bar o club nocturno. A mi derecha, una carretera descendía la colina hasta el bulevar que corría paralelo al rompeolas, y a mi izquierda, también colina abajo, vi lo que parecía un cine en la esquina y una hilera de tiendas. Y mientras estaba contemplando todo esto y trataba de decidir qué dirección tomar, un taxi se detuvo a mí lado, la ventanilla bajó y Chutsky me llamó en tono perentorio desde dentro.
—Entra. Vamos, colega, sube al taxi. Date prisa.
No tenía ni idea de por qué era tan importante, pero subí y el taxi nos condujo hasta el hotel, giró a la derecha antes de la puerta principal y entró en el aparcamiento pegado a un ala del edificio.
—No puedes pasearte por delante de la fachada —me amonestó—. Si el tipo te ve, todo se irá a la mierda.
—Oh —concedí, y me sentí algo estúpido. Tenía razón, por supuesto, pero Dexter estaba tan poco acostumbrado a acechar de día que ni se me había ocurrido.