Выбрать главу

Hasta entonces, sólo podría respirar hondo, beber cerveza y fingir que disfrutaba de la preciosa vista y la maravillosa música. Practica la sonrisa seductora, Dexter. ¿Cuántos dientes podemos exhibir? Muy bien. Ahora, sin clientes, sólo los labios. ¿Hasta qué punto puedes elevar las comisuras de la boca, antes de que dé la impresión de que padeces gravísimos dolores de tripa?

—Eh, ¿te encuentras bien, colega? —preguntó Chutsky veinte minutos después. Por lo visto, había permitido que mi cara abandonara la Sonrisa Feliz y diera paso al Rictus.

—Estoy bien. Estoy, hum… Muy bien, de veras.

—Ajá —dijo, aunque no parecía muy convencido—. Bien, será mejor que te llevemos de vuelta al hotel.

Vació su vaso y se levantó, al igual que Iván. Se estrecharon la mano, y después éste se volvió a sentar, Chutsky agarró su maletín y nos dirigimos hacia el montacargas. Miré hacia atrás y vi que Iván pedía otra copa, y miré a Chutsky con una ceja enarcada.

—Oh. No queremos salir juntos. Al mismo tiempo.

Bien, supongo que era de lo más lógico, puesto que por lo visto ahora estábamos viviendo en una película de espías, de modo que miré con cautela a todo el mundo, mientras bajaba en el montacargas, para comprobar que no eran agentes del cártel malvado. Por lo visto, no lo eran, puesto que conseguimos salir sanos y salvos a la calle. Pero en cuanto la cruzamos en busca de un taxi, pasamos ante un caballo que esperaba con una calesa, algo en lo que habría debido fijarme para evitarlo, porque no les caigo bien a los animales, y este caballo se encabritó, a pesar de que se veía viejo y cansado, y estaba masticando plácidamente algo en un morral. No fue una maniobra muy impresionante, nada digna de John Wayne, pero levantó ambas patas del suelo y me dirigió un relincho de extremo desagrado, cosa que sobresaltó al conductor casi tanto como a mí. Pero apresuré el paso y logramos cazar un taxi sin que nubes de murciélagos me atacaran.

Volvimos al hotel en silencio. Chutsky iba sentado con el maletín sobre el regazo y miraba por la ventana, mientras yo procuraba no escuchar a aquella gorda luna sobrecogedora. Pero no tuve mucho éxito. Estaba en todas las vistas de tarjeta postal de La Habana que atravesábamos, siempre brillante, lasciva y lanzando ideas maravillosas, ¿y por qué no podía yo salir a jugar? Pero no podía. Sólo pude devolverle la sonrisa y decir, pronto. Será pronto.

En cuanto encuentre a Weiss.

32

Volvimos a nuestra habitación sin más incidentes y sin intercambiar más de una docena de palabras. La falta de verborrea de Chutsky estaba demostrando ser un rasgo encantador de su personalidad, puesto que, cuanto menos hablaba, menos tenía que fingir yo interés en lo que decía, y me ahorraba mover los músculos faciales. De hecho, las pocas palabras que pronunció fueron tan agradables y cautivadoras, que casi me sentí predispuesto a que me cayera bien.

—Voy a dejar esto en la habitación —comentó, al tiempo que levantaba el maletín—. Después, ya pensaremos en la cena.

Sabias y bienvenidas palabras. Como esta noche no saldría a la maravillosa luz oscura de la luna, la cena sería un sustituto muy aceptable.

Subimos en el ascensor y nos encaminamos por el pasillo hacia la habitación, y cuando entramos, Chutsky depositó con cuidado el maletín sobre la cama y se sentó a su lado, y se me ocurrió entonces que lo había llevado con nosotros hasta el bar de la azotea por ningún motivo lógico, y que ahora lo trataba con mucho cariño. Como la curiosidad es uno de mis escasos defectos, decidí entregarme a ella y preguntar por qué.

—¿Por qué son tan importantes para ti esas maracas?

Sonrió.

—Por nada —contestó—. Nada de nada.

—Entonces, ¿por qué las paseas de un extremo a otro de La Habana?

Sujetó el maletín con el gancho y lo abrió con la mano.

—Porque ya no contiene maracas. —Introdujo la mano en él y sacó una pistola automática de aspecto impresionante—. Eh, presto.

Pensé en que Chutsky había paseado el maletín por toda la ciudad para reunirse con I-bán, quien se había presentado con un maletín idéntico, y ambos los habían dejado debajo de la mesa mientras estábamos sentados y escuchábamos «Guantanamera».

—Acordaste intercambiar los maletines con tu amigo —observé.

—Bingo.

No consta entre las cosas más inteligentes que he dicho, pero me quedé sorprendido, y lo que salió de mi boca fue:

—Pero ¿por qué?

Chutsky me dedicó una sonrisa tan cordial, tolerante y paternalista, que de buena gana habría vuelto la pistola contra él y apretado el gatillo.

—Es una pistola, colega. ¿Para qué crees que sirve?

—Hum. ¿defensa propia?

—Te acuerdas de la razón por la que hemos venido aquí, ¿verdad?

—Para encontrar a Brandon Weiss —contesté.

—¿Encontrarle? —preguntó Chutsky—. ¿Es eso lo que te estás diciendo? ¿Vamos a encontrarle? —Sacudió la cabeza—. Hemos venido a matarle, colega. Has de meterte eso en la cabeza. No sólo hemos de encontrarle, hemos de eliminarle. Vamos a matarle. ¿Qué pensabas que íbamos a hacer? ¿Llevarle a casa con nosotros y regalarlo al zoo?

—Pensaba que eso estaba mal visto aquí. Esto no es Miami.

—Ni tampoco Disneylandia —replicó de manera innecesaria, en mi opinión—. Esto no es un picnic, colega. Hemos venido a matar a ese tipo, y cuanto antes te acostumbres a esa idea, mejor.

—Sí, lo sé, pero…

—No hay pero que valga. Vamos a matarle. Ya veo que eso te supone un problema.

—En absoluto.

Por lo visto, no me oyó, o bien estaba lanzado a un discurso preexistente y ya no podía parar.

—No puedes mostrarte aprensivo por un poco de sangre —continuó—. Es de lo más natural. Todos nos criamos escuchando que matar está mal.

Depende de a quién, pensé, pero me lo callé.

—Pero las normas están hechas por gente que no podría ganar sin ellas. En cualquier caso, matar no siempre está mal, colega —dijo, y aunque parezca extraño, me guiñó el ojo—. A veces, hay que hacerlo. Y a veces, la víctima se lo merece. Porque, o bien un montón de gente morirá si no lo haces, o puede que sea una cuestión de acabar con él antes de que él acabe contigo. Y en este caso… concurren ambas circunstancias, ¿verdad?

Y si bien era muy extraño escuchar esta tosca versión de mi credo de toda la vida en labios del novio de mi hermana, sentado en la cama de una habitación de hotel de La Habana, me llevó una vez más a dar las gracias a Harry, tanto por haberse adelantado a su tiempo como por ser capaz de expresarlo de una forma que no me diera la impresión de estar haciendo trampas en el solitario. De todos modos, no me entusiasmaba la idea de utilizar una pistola. Me parecía mal, como ir a lavar los calcetines en la pila bautismal de la iglesia.

Pero, al parecer, Chutsky estaba muy complacido consigo mismo.

—Walther, nueve milímetros. Unas armas estupendas. —Cabeceó, metió la mano de nuevo dentro del maletín y extrajo otra pistola—. Una para cada uno —dijo. Me dio una de las pistolas y la cogí con aire pensativo—. ¿Crees que podrás apretar el gatillo?

Sé qué extremo de una pistola hay que sujetar, piense lo que piense Chutsky. Al fin y al cabo, me crié en casa de un policía, y trabajo con policías a diario. Es que no me gustan esas cosas. Son muy impersonales y carecen de elegancia. Pero me la había arrojado como en plan de desafío, y encima de todo lo que había pasado, no estaba dispuesto a hacer caso omiso. De modo que extraje el cargador, volví a cargarla y la sostuve en posición de disparo, tal como Harry me había enseñado.