Max von Schumann invitó a la pareja a cenar en su residencia, situada en el corazón de la ciudad.
La casa tenía dos plantas y estaba rodeada de un frondoso jardín. Un mayordomo les abrió la puerta y les condujo a la biblioteca donde les esperaban Max y Ludovica.
– Me alegro de que estén aquí, aunque dadas las circunstancias quizá no sea el mejor momento para venir a Alemania…
– ¡Vamos, querido, no alarmes a nuestros invitados! -le interrumpió Ludovica.
– La verdad es que Berlín me ha sorprendido -confesó Albert.
– Es imposible no amar esta ciudad -afirmó Ludovica.
– ¿Cree que Hitler cumplirá con la amenaza de invadir Polonia? -quiso saber Albert.
Max carraspeó incómodo y evitó responder a la pregunta, pero a Albert no se le escapó la mirada que el barón cruzó con su esposa.
Y en esa mirada fugaz pudo leer que la amenaza de Hitler de invadir Polonia iba a hacerse realidad.
Albert confesó que había leído algunos de los discursos de Hitler y le resultaba un misterio que los alemanes se dejaran embaucar por el Führer.
– Tengo la impresión de que trata a los alemanes como si fueran niños.
– ¡Oh, usted no tiene ni idea de cómo estaba Alemania antes de que gobernara el Führer! Bien sabe Dios que Alemania no contaba, por no hablarle de la falta de trabajo, de dinero, de futuro… Hitler ha devuelto a Alemania la dignidad, nos respetan en Europa, y, como usted mismo puede ver, ahora es un país próspero. En Alemania no hay paro. Pregunte, pregunte en la calle, para las clases trabajadoras Hitler es una bendición, y también para nosotros, que estábamos a punto de arruinarnos -explicó Ludovica.
– ¿A quién se refiere cuando habla de «nosotros»? -preguntó Albert.
– A las familias que durante siglos hemos contribuido a la prosperidad de nuestra patria. Los industriales alemanes estaban casi en la ruina, y sé de lo que hablo, puesto que mi familia tiene fábricas en el Rhur.
Max parecía incómodo con las explicaciones de Ludovica. Amelia creyó ver un rictus de crispación en el rostro de su amigo mientras Ludovica hablaba y enaltecía la figura de Hitler, y pensó que las desavenencias debían de ser profundas entre el matrimonio.
– Hay muchos alemanes que no opinan como Ludovica -sentenció Max, incapaz de contenerse por más tiempo.
– Pero querido, son los comunistas, los socialistas y toda esa gentuza los que son incapaces de admitir que gracias al Führer Alemania ha vuelto a ser una gran nación. Pero los buenos alemanes tenemos mucho que agradecer a Adolf Hitler.
– Yo soy un buen alemán y no tengo nada que agradecerle -respondió Max.
– Agradezcámosle que haya puesto a los judíos en el lugar que les corresponde. Los judíos han sido las sanguijuelas de Alemania.
– ¡Basta, Ludovica! Sabes que no admito que hables en mi presencia de esa manera. Cuento entre mis mejores amigos a muchos alemanes que son judíos.
– Lo siento, querido, pero aunque seas mi marido no puedo compartir contigo esa idea que tienes de los judíos. No son como nosotros, pertenecen a una raza inferior.
– ¡Ludovica!
– Vamos, Max, sé coherente, ¿no defiendes la libertad? Pues permíteme expresarme con libertad. Espero no estar escandalizando a nuestros invitados… ¿Verdad que no, querida Amelia?
Amelia apenas esbozó una sonrisa. No comprendía cómo Max podía haberse casado con aquella mujer. No tenía nada en común con la baronesa, salvo que ambos pertenecían a viejas familias y se conocían desde niños. Sintió compasión por él.
Cuatro días después, el 1 de septiembre de 1939, Alemania invadió Polonia. Albert telefoneó a Max para intentar concertar una nueva cita, en esta ocasión a solas, sin Ludovica.
– Hoy me resulta imposible quedar con usted, hágase cargo -se disculpó Max.
– Lo entiendo, pero ¿y en los próximos días?
– Desde luego, desde luego; en principio voy a quedarme en Berlín, ya encontraré un momento para verle.
Dos días más tarde, el 3 de septiembre, Gran Bretaña, Francia, Australia y Nueva Zelanda declararon la guerra a Alemania. Así empezó la Segunda Guerra Mundial. El 5 de septiembre Estados Unidos se proclamó neutral, lo que facilitó que Albert pudiera continuar en Berlín sin problemas, al igual que Amelia por su condición de española.
Max von Schumann hizo algo más que volver a reunirse con Albert James, también le presentó a algunos de sus amigos que al igual que él estaban en contra de Hitler.
El grupo estaba integrado por profesores, abogados, algún pequeño comerciante e incluso otro aristócrata primo de Max, además de dos pastores protestantes. En definitiva, hombres de la burguesía ilustrada que abominaban de lo que Hitler estaba haciendo con Alemania.
Albert simpatizó con Karl Schatzhauser, un viejo profesor de medicina que había sido uno de los maestros de Max cuando el barón cursaba sus estudios.
Karl Schatzhauser vivía en un edificio de la Leipziger Strasse, peligrosamente cerca del cuartel general de la Gestapo, lo que no parecía amedrentarle a la hora de citar a sus amigos que formaban parte de un grupo clandestino de oposición a Hitler.
– ¿Por qué no se coordinan con los socialistas y los comunistas? -preguntó Albert al profesor Schatzhauser.
– Deberíamos hacerlo, pero es tanto lo que nos separa… Orco que ellos no se liarían de nosotros y puede que algunos de nosotros tampoco nos fiáramos de ellos. No, no es el momento de actuar conjuntamente. Ahora mismo, los comunistas no saben qué hacer después del pacto que ha firmado el ministro Ribbentrop con los rusos. Para ellos ese pacto es una tragedia: aquí Hitler encarcela y persigue a los comunistas y, sin embargo, Stalin pasa todo esto por alto y firma con Alemania. Además, lo que quieren los comunistas alemanes es convertir nuestra patria en otra Unión Soviética, y lo que nosotros pretendemos es que Alemania recupere la normalidad.
– Pero eso les resta fuerza a la hora de oponerse a Hitler -insistió Albert.
– Nosotros queremos una Alemania cristiana, democrática, donde todos estemos subordinados a la ley y no a los caprichos enloquecidos de ese cabo al que hemos convertido en canciller. Y no crea que no pienso que los partidos moderados no han tenido su parte de responsabilidad permitiendo llegar a Hitler al poder. No se puede contemporizar con personajes como él, es un error que hemos cometido los alemanes y también las naciones europeas.
– Para poder ser eficaces tenemos que pasar inadvertidos y por eso les insisto a nuestros amigos que debemos actuar como los camaleones -dijo Schatzhauser-. Por ejemplo, Max quería dejar el Ejército, pero le he convencido para que no lo hiciera porque nos resulta más útil dentro, así sabemos qué es lo que piensan los jefes militares, cuántos pueden llegar a simpatizar con nosotros, qué planes tiene Hitler… Todos debemos permanecer en nuestros puestos, no hace falta demostrar ningún entusiasmo por el Führer pero tampoco significarnos tanto que terminemos en los calabozos de la Gestapo. Allí no seríamos de ninguna utilidad a nuestro país.
A Albert le impresionaba la firmeza y claridad de ideas del profesor Schatzhauser, mientras que Amelia creía que Max, el profesor y sus amigos eran demasiado pusilánimes para ser eficaces contra un monstruo como Hitler.
Los berlineses parecían vivir ajenos al sufrimiento de la guerra, y Berlín continuaba siendo la Stadtder Musik und des Theaters (la ciudad de la música y de los teatros).
– ¡Albert, aquí dicen que Carla Alessandrini estrenará Tristán e Isolda en la Deutsches Opernhaus dentro de quince días!
– ¿Tu amiga Carla viene a Berlín? Me dijiste que era una antifascista convencida.