– El padre Müller es sacerdote católico, y miembro de nuestro pequeño grupo de oposición a Hitler. Naturalmente, está con nosotros a título personal, no como representante de la Iglesia católica.
Amelia y Albert miraron con interés al clérigo, quien, a su vez, les observó con preocupación.
– No hace falta que les explique la situación de los judíos alemanes, sometidos a persecución. De la noche a la mañana muchos de ellos desaparecen conducidos a campos de trabajo, sin que posteriormente sea posible obtener alguna información sobre la suerte que corren en esos lugares. Pues bien, una familia judía conocida del padre Müller tiene un problema y Max y yo hemos pensado que quizá ustedes nos puedan ayudar. Pero será mejor que el padre Müller les explique la situación.
El sacerdote carraspeó antes de comenzar a hablar y, mirando directamente a Amelia, explicó lo que esperaba de ella.
– Soy huérfano. Mi padre murió cuando era un niño y mi madre me sacó adelante junto a mi hermana mayor. Mi padre tenía un taller de encuadernación que nos daba para vivir holgadamente, incluso tenía un empleado. Cuando mi padre murió, mi madre se hizo cargo del negocio, y mi hermana mayor la ayudaba cuanto podía, pero no hace falta recordarles las penurias por las que ha pasado Alemania, y a la desgracia de la muerte de mi padre se unió que en el taller comenzó a faltar trabajo. Muy cerca del taller, en los alrededores de la Chamissoplatz, mis padres tenían unos amigos, los Weiss, que tenían un negocio de compraventa de libros. El señor Weiss, además de amigo, era cliente de mi padre, solía llevarle viejas ediciones para que las encuadernara. El señor Weiss no es judío pero su esposa, Batsheva, sí lo es. Tenían una sola hija, Rajel, de mi misma edad, se puede decir que crecimos juntos y para mí es como una hermana. Cuando mi padre murió, el señor Weiss ayudó a mi madre cuanto pudo y a pesar de las dificultades que él mismo tenía que afrontar, nunca dejó de ampararnos. Hace un año, el señor Weiss murió de un ataque al corazón y dos meses más tarde la Gestapo detuvo a Batsheva acusándola de vender libros prohibidos. No era verdad, pero se la llevaron y lo único que hemos podido averiguar es que la pobre mujer está en un campo de trabajo. Afortunadamente, el día que la Gestapo se presentó en la librería no estaba Rajel, de manera que se libró de que también se la llevaran. Desde entonces vive con mi madre, con mi hermana Hanna y conmigo, la tenemos escondida pero tememos por ella. No estaré tranquilo hasta que no la sepa fuera de Alemania, pero no es fácil para los judíos conseguir permisos para viajar. Hace un año el Gobierno canceló sus pasaportes… en fin, les supongo al corriente de lo que pasa. A través de unos amigos, que me aseguran que conocen a un funcionario, puede que consigamos un documento para Rajel, pero es necesario que alguien la respalde, que tenga un valedor para conseguir ese documento, y sobre todo que se la lleve de aquí. Max asegura que Carla Alessandrini le tiene a usted un gran aprecio, y ha pensado… Bueno, se nos ha ocurrido que si la señora Alessandrini se presentara como valedora de Rajel nos sería más fácil conseguir el permiso de viaje. Si la señora Alessandrini asegurara que quiere a Rajel como doncella, ayudante o lo que le parezca más conveniente, las autoridades quizá no se lo nieguen. Esto es lo que quería pedirles: que salven a Rajel, para mí es como una hermana y yo… yo se lo agradecería eternamente.
– Supongamos que Carla Alessandrini consigue que le den a Rajel ese permiso y podemos sacarla de Alemania. Después ¿qué? -preguntó Albert James.
– Sálvenla. Hagan lo posible por que pueda llegar a Estados Unidos, allí hay una comunidad judía en la que quizá encuentre algún apoyo, puede que localice a alguno de los parientes de su madre que hace años emigraron a Nueva York.
– No les prometo nada, pero se lo pediré a Carla. Ella es antifascista y aborrece a los nazis. Y si ella no pudiera hacerlo quizá podría intentarlo yo, al fin y al cabo soy española y Franco es aliado de Hitler. Incluso si Carla la saca de Alemania, yo puedo ayudar a pasar a Rajel a España y llevarla hasta Portugal -afirmó Amelia.
Cuando el padre Müller se marchó, Max y el profesor Schatzliauser se disculparon con Amelia y Albert.
– Sabemos -dijo Max- que os hemos puesto en una situación comprometida y debo confesar que la idea ha sido mía, por lo que os pido disculpas. Conozco desde hace algún tiempo al padre Müller, es un hombre bueno y me gustaría ayudarle, aunque para ello os haya metido a vosotros en el lío. Sobre todo a ti, Amelia, puesto que tú eres la amiga de Carla Alessandrini.
De regreso al hotel Amelia y Albert discutieron. A él le preocupaba que Carla se sintiera utilizada por Amelia y eso pudiera resquebrajar la amistad entre las dos mujeres, y él sabía lo importante que era Carla para Amelia.
Pero Albert no conocía qué clase de mujer era la Alessandrini, y en cuanto Amelia le expuso la situación no dudó ni un momento aceptar ayudar a Rajel, a pesar de que su marido, Vittorio, le pidió prudencia.
– ¿Prudencia? ¿Cómo me pides prudencia cuando puedo ayudar a una pobre desgraciada? Lo haré, claro que lo haré, me presentaré en la policía solicitando el permiso de viaje para Rajel, diré que no puedo prescindir de sus servicios, que es una camarera extraordinaria. Aunque tenga que llamar a Goebbels para conseguir ese permiso… sacaremos a esa chica de aquí.
Amelia abrazó a su amiga y llorando le dio las gracias. Ella sabía que la diva tenía un gran corazón y no había dudado de que aceptaría hacer aquel favor tan peligroso.
Acompañada por el padre Müller y por la propia Rajel, Carla se presentó ante la oficina encargada de expedir los permisos de viaje de los judíos. Previamente, el funcionario del que dependía la tramitación había recibido un soborno en metálico, dinero facilitado por el propio Max.
Carla rellenó un sinfín de papeles, respondió a otro sinfín de preguntas absurdas y sobre todo se comportó más diva que nunca, sabiendo que eso podía impresionar a aquellos oficinistas. Cuando uno de los funcionarios insistió en que expedir el permiso llevaría tiempo, Carla, muy enojada, hizo una escena.
– ¿Tiempo? ¿Cuánto tiempo cree que puedo quedarme en Berlín? Llamaré al ministro Goebbels para que resuelva este problema, y ya veremos si le gusta que ustedes me contraríen como lo están haciendo. ¡Pienso decirle que si esto no se resuelve, jamás volveré a cantar en Berlín!
Rajel obtuvo su pasaporte, en el que estamparon la palabra Jude.
Carla, Vittorio, Amelia y Albert, junto con Rajel, salieron de Berlín el 12 de octubre. Antes de dejar la ciudad, Amelia insistió a Max para que le ayudara a buscar a los Wassermann.
– No puedo creer que no hayas podido averiguar dónde están -se quejó Amelia.
– No puedo preguntar directamente, compréndelo, pero te aseguro que estoy haciendo lo imposible por averiguar su paradero.
– Cuando les encuentres tienes que ayudarles, ¡júrame que les sacarás de donde estén!
– Te doy mi palabra de honor de que haré cuanto pueda por ayudarles.
– ¡Eso no es suficiente! ¡Tienes que sacarles del campo de trabajo o de donde estén!
– No puedo prometértelo, Amelia; si lo hiciera, te estaría mintiendo.
Sacar a Rajel de Berlín era sólo la primera parte del plan que habían ido elaborando los días previos. Irían en tren hasta París, y desde allí, Carla regresaría a Italia, mientras que Albert y Amelia llevarían a Rajel hasta la frontera con España. Amelia se había comprometido a pasar con ella a España acompañándola después hasta Portugal. Albert, por su parte, se encargaría no sólo de acompañarlas, sino de gestionar en la embajada británica los permisos necesarios para que Rajel pudiera viajar hasta Nueva York. Albert pensaba telefonear a su tío Paul James para que con su influencia, dado su cargo en el Almirantazgo, la embajada británica no se mostrara remisa a facilitar los documentos que necesitaba Rajel Weiss para viajar a América.