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La presencia de Carla era el mejor salvoconducto. Los revisores, la policía, incluso la Gestapo no parecían desconfiar de la diva, tanto era así que a pesar de los temores de Albert, de Amelia, de Vittorio y de la propia Rajel, el viaje hasta la capital francesa transcurrió sin incidentes.

Rajel resultó ser una mujer de aspecto agradable, con el cabello castaño y los ojos del mismo color, tímida, dulce y muy culta; todos quedaron cautivados por su bonhomía.

En París, Carla y Vittorio se alojaron en el hotel Meurice, donde la diva había decidido pasar un par de días antes de continuar viaje hacia Roma. No era un capricho, sino la manera de dar tiempo a Amelia y a Albert para poder llegar a la frontera con España. Aunque no habían tenido ningún tropiezo hasta el momento, Carla pensaba que era mejor estar cerca por si les detenían a causa de Rajel.

En aquel momento en Francia cundía el desánimo. El país estaba oficialmente en guerra con Alemania y el primer ministro Édouard Daladier estaba empezando a ser superado por los acontecimientos.

Amelia había trazado un plan que consistía en llegar hasta Biarritz y desde allí continuar hasta la frontera con España, que pensaba pasar no a través de la aduana sino de los pasos que años atrás había conocido en sus excursiones con Aitor. Aún tenía fresca en la memoria la temporada en que había convalecido en el caserío del ama Amaya, y la amistad que allí había forjado con sus hijos Edurne y Aitor. Amelia se preguntaba si Aitor habría regresado de México y si en ese caso, viviría exiliado en el País Vasco francés. Si fuera así, estaba segura de que Aitor les ayudaría.

Albert condujo sin descanso hasta Biarritz, y cuando llegaron Amelia los llevó a casa de su abuela Margot. La anciana había fallecido tiempo atrás, pero Amelia confiaba en que Yvonne, su criada, conservara las llaves de la casa o siguiera viviendo en ella.

Cuando se acercaron a la casa, situada en la cornisa frente al mar, Amelia observó que las contraventanas estaban abiertas.

Pidió a Albert y a Rajel que la esperaran en el coche, puesto que no estaba segura de lo que se iba a encontrar.

Yvonne abrió la puerta y al principio pareció no reconocerla, luego la abrazó llorando.

– Mademoiselle Amelia, ¡qué alegría verla! ¡Dios mío, qué sorpresa!

La hizo pasar a la casa, y entre lágrimas le contó lo que Amelia ya sabía, que madame Margot había fallecido.

– Madame no sufrió, pero los últimos días estuvo muy agitada, parecía saber que iba a morir y se lamentaba de no poder despedirse de sus hijos ni de sus nietos, especialmente de usted y de mademoiselle Laura, que eran sus nietas favoritas.

Yvonne le explicó que madame Margot le había dado permiso para permanecer en la casa, segura de que sus hijos, cuando pudieran ir a Biarritz, continuarían manteniéndola a su servicio.

– La señora hizo testamento meses antes de morir; aquí tengo un sobre que me dio, está cerrado, pero madame me dijo que dentro estaba el nombre del notario al que Don Juan y don Armando debían acudir. Madame era muy previsora y estaba muy preocupada por la guerra en España; me entregó una cantidad de dinero para que no me falte nada en la vejez y… bueno, aquí estoy, esperando que aparezca alguien de la familia Garayoa.

Amelia le explicó que estaba de viaje camino de España acompañada de unos amigos y que les vendría bien descansar y comer algo caliente.

También fue un alivio para Albert y Rajel encontrarse a salvo en aquella casa. Yvonne no necesitaba que le explicaran nada para darse cuenta de que algo importante sucedía y de que Amelia estaba en un apuro, y por la noche, cuando Rajel se retiró a descansar y Albert se quedó dormido de puro agotamiento, Yvonne se acercó a Amelia.

– Mademoiselle -dijo-, creo que tiene problemas, y si yo pudiera ayudar… Madame Margot confiaba en mí y usted sabe cuánto quiero a su familia, a usted la conocí apenas recién nacida, lo mismo que a su hermana Antonietta. Yo llegué a esta casa porque me trajo la madre de madame Margot, madame Amelie, de la que lleva usted su nombre…

– Lo sé, lo sé, Yvonne… ¡Claro que sé que puedo confiar en ti! Verás, vamos a pasar a España pero no por la frontera sino por los pasos de la montaña. ¿Recuerdas a Aitor, el hijo del ama Amaya? El me enseñó senderos escondidos por donde sólo pasan las cabras.

– Muchos españoles han venido aquí huyendo de Franco, si usted los viera, ¡pobrecillos! No sé nada de Aitor, pero conozco a un español que se refugió aquí con su familia y que era del PNV. Un buen hombre, que trabaja mucho para dar de comer a sus hijos. Antes de la guerra parece que tenía un negocio, pero lo perdió todo al exiliarse. Suerte que estaba casado con una mujer de aquí y ahora trabaja en un hotel. Si usted quiere… no sé… quizá él sepa algo de Aitor…

– ¡Cuánto te lo agradecería! Aitor podría sernos de gran ayuda, le vi hace unos meses en México y parecía dispuesto a regresar para ayudar a los refugiados, ¡ojalá lo haya hecho!

– Mañana iré temprano a ver a ese hombre, a las siete ya está en la recepción del hotel.

Yvonne cumplió lo prometido, y dijo a Amelia que el hombre del PNV iría a visitarles aquella misma tarde cuando terminara su jornada de trabajo. Albert había decidido dejar hacer a Amelia, aunque tenía dudas; pensaba que no era prudente confiar en un extraño.

A las seis y media de la tarde Patxi Olarra se presentó en la casa. Albert calculó que tendría unos cincuenta años. Parecía un hombre vigoroso y tenía el cabello totalmente blanco.

Amelia le preguntó si conocía a Aitor Garmendia, dándole detalles de quién era, dónde estaba situado el caserío familiar y que la última vez que le había visto fue en México como secretario de un dirigente del PNV en el exilio.

Olarra escuchó en silencio y se tomó su tiempo antes de hablar.

– ¿Qué es lo que quieren? -preguntó a bocajarro.

– ¿Querer? Nosotros no queremos nada, soy amiga de Aitor desde la infancia…

– Ya, pero ¿qué quiere de él? -insistió Olarra.

– Ya le he dicho que me gustaría saber si está por aquí, y si es así, verle. Supongo que los exiliados del PNV se mantendrán en contacto, sabrán los unos de los otros…

– Veré qué puedo hacer por usted.

Patxi Olarra se levantó de la silla y haciendo una inclinación de cabeza salió de la cabeza sin decir una palabra más.

– ¡Qué hombre tan extraño! -comentó Albert.

– Los vascos son gente de pocas palabras, si tienen que hacer algo lo hacen y ya está -respondió Amelia.

– No sé si es amigo o nos va a traicionar -dijo Albert preocupado.

– No sabe nada de nosotros, no ha visto a Rajel.

– Ya, pero… no sé… me inquieta.

– Es un buen hombre, se lo aseguro -terció Yvonne.

Pasaron dos días sin que tuvieran ninguna noticia de Olarra, y Amelia decidió que no esperarían más e intentarían cruzar por sus propios medios a España.

– Pero ¿estás segura de que te acuerdas de los pasos de los que te habló Aitor? -le preguntó Albert con preocupación.

– Claro que sí -respondió Amelia con más seguridad de la que de verdad tenía.

Rajel, por su parte, se había confiado a Amelia de tal manera que a pesar de tener más edad dependía de ella como si de una niña se tratara.

Amelia había organizado la marcha para el día siguiente, de manera que les propuso acostarse pronto y descansar.

– Los pasos de la montaña no son fáciles, y es mejor que descansemos.

Aún no se habían ido a dormir cuando alguien llamó al timbre. Se pusieron tensos, en guardia. Yvonne mandó a Rajel al piso de arriba, mientras ella acudía a abrir la puerta.

Fuera, alguien preguntó por Amelia y ella al reconocer aquella voz gritó de alegría.