Выбрать главу

Albert susurró al oído de Amelia: «Ahora es cuando nos pasará la factura por haber ayudado a Rajel».

– Estoy muy impresionado por vuestra peripecia para salvar a esa joven judía, Rajel Weiss -les dijo nada más servirles una copa del empurpurado vino portugués.

– Sí, fue algo complicado, pero tuvimos suerte -respondió Albert.

– ¿Suerte? Yo diría que demostrasteis inteligencia y sentido de la improvisación. Os felicito a los dos.

Mientras observaba a Amelia de reojo, lord James carraspeó antes de continuar. La muchacha parecía tranquila, segura de sí misma, sin dejar entrever su agitación interior.

– Bien, estamos en guerra y las guerras se sabe cómo empiezan pero no cómo ni cuándo acaban. El enemigo es fuerte y será él o nosotros. Cuando hablo de nosotros me refiero a la Europa de la razón, la de los valores con los que hemos crecido y creído. Y en esta guerra no hay lugar para los neutrales. Lo siento por ti, Albert.

– Precisamente quería hablarte de algunas personas que he conocido en Berlín. Me comprometí con ellas a defender su causa en Inglaterra, de manera que lo haré ante ti. Tu amigo el barón Max von Schumann pertenece a un grupo de oposición a Hitler.

– Eso ya lo sé, ¿qué crees que hacía aquí este verano? Nos pidió ayuda para derrocar a Hitler, una ayuda que en aquel momento no podíamos prestarle.

– Pues os habéis equivocado.

– Sí, hay quien se ha equivocado pensando que no habría guerra, que Hitler no se iba a atrever a invadir Polonia, a dar los pasos que está dando. Yo siempre he pensado que lo haría, pero mis superiores opinaban lo contrario. Aun así, el grupo del barón Von Schumann es… bueno, gente de aquí y de allá, sin organizar, no estoy seguro de que sea un grupo de oposición eficaz, con capacidad de hacer algo más que reunirse para lamentar que Hitler se haya convertido en el amo de Alemania.

– Te equivocas, tío. Verás, además de los comunistas y de los socialistas no creo que haya muchos grupos de oposición organizados contra Hitler. Y los comunistas, aunque perseguidos en Alemania, se encuentran con que su jefe, Stalin, ha pactado con Hitler. Los socialistas no tienen fuerza por sí solos para derrocar el régimen. En mi opinión habría que convencer a todos los grupos de oposición para que trabajaran coordinadamente. El jefe del grupo de Max von Schumann es el profesor Karl Schatzhauser, que además de ser un médico prestigioso, también es un respetado profesor universitario. Creo que deberías tenerle en cuenta.

– ¿Te has comprometido a algo?

– Sólo a transmitiros su petición de ayuda y a dar mi opinión de que son merecedores de ella.

– Bien, tendré en cuenta lo que me dices, aunque sólo puedo prometerte que lo comunicaré a mis superiores. Ahora quería hablaros de otro asunto… es un tema delicado y espero contar en cualquier caso con vuestra discreción.

Tanto Amelia como Albert le aseguraron que así sería.

– Las guerras no se ganan sólo en el frente, necesitamos información y ésta hay que recogerla detrás de las líneas enemigas, para lo cual son necesarios hombres y mujeres valientes. Mi departamento en el Almirantazgo va a preparar a algunos hombres y mujeres para que lleven a cabo esa labor, civiles todos filos y con unas cualidades específicas, como las que usted tiene, Amelia.

– ¡Tío Paul, qué pretendes! -le interrumpió Albert.

– Sólo saber si estáis dispuestos a colaborar para que esta guerra termine cuanto antes.

– Soy periodista y mi única manera de colaborar contra la guerra es contándole a la gente lo que sucede.

– Ya te lo he dicho, Albert, en esta ocasión no podrás ser neutral. Por más que la política de Chamberlain ha sido la de contemporizar con Hitler, nos hemos visto abocados a la guerra. Desgraciadamente Hitler no se va a conformar con Polonia, sin olvidarnos de que los soviéticos, como supongo sabes, han decidido quedarse con Finlandia. Me temo que aún no sabemos realmente la dimensión que va a alcanzar esta guerra, pero mi obligación es suministrar a mis superiores información para que tomen las decisiones adecuadas. Tras la declaración de guerra hemos tenido que abandonar Alemania, pero necesitamos ojos y oídos allí.

– Y si no me equivoco, pretendes invitarnos a formar parte de esos grupos que estás organizando.

– Sí, así es. Tú eres estadounidense y puedes ir por todas partes sin despertar sospechas, y la señorita Garayoa es española. Su país es aliado de Hitler, y con su pasaporte puede viajar por Alemania sin despertar sospechas. Antes me hablabas del barón Von Schumann, cuyo papel como integrante de la oposición no me interesa tanto como el hecho de que es un militar de alta graduación bien considerado en el Ejército. Tiene acceso a información que puede sernos vital.

– Max von Schumann nunca traicionará a Alemania. Sólo quiere acabar con Hitler -terció Amelia.

– Pero eso, querida señora, no lo podrá hacer sin romper unos cuantos platos. Me temo que en estas circunstancias todos terminaremos haciendo lo que no nos gusta.

– Lo siento, tío Paul, no puedo ayudarte -declaró Albert.

Paul James miró a su sobrino con disgusto. Esperaba que la guerra le hubiera abierto los ojos pero Albert continuaba teniendo un sentido romántico del periodismo.

– Dígame, lord James, si Gran Bretaña gana la guerra a Alemania ¿qué efecto tendrá en el resto de Europa? -preguntó Amelia.

– No entiendo…

– Quiero saber si el fin de Hitler puede suponer que las potencias europeas decidan restablecer la democracia en España. Quiero saber si van a seguir apoyando y reconociendo a Franco.

A lord James le sorprendió la pregunta de Amelia. Era evidente que la joven sólo colaboraría si creía que eso podía beneficiar a España, de manera que se tomó unos segundos mientras buscaba las palabras adecuadas para responder a Amelia.

– No puedo asegurarle nada. Pero una Europa sin Hitler sería diferente. La posición del Duce no sería la misma en Italia, y en cuanto a España… es evidente que para Franco supondría un duro revés no contar con el apoyo germano. Su posición sería más débil.

– Bien, si es así, creo que estaría dispuesta a colaborar contra Hitler.

– ¡Estupendo! Una decisión muy atinada, querida Amelia.

– ¡Pero Amelia, no puedes hacerlo! Tío, no debes engañarla…

– ¿Engañar? No lo hago, Albert, no lo hago. Amelia ha hecho una ecuación y el resultado puede ser el que anhela. No se lo puedo garantizar, pero si ganamos esta guerra habrá consecuencias inmediatas en la política europea, naturalmente también en España.

– Para mí es suficiente que haya una sola posibilidad. ¿Qué quiere que haga? -dijo Amelia.

– ¡Oh! Por lo pronto prepararse. Necesita entrenamiento y seguramente reforzar las lenguas que habla. ¿Cuáles son? ¿Ruso, francés, alemán?

– Hablo francés igual que español; en alemán no tengo problemas, incluso dicen que mi acento es bastante bueno; en cuan-(o al ruso, la verdad es que sólo me defiendo. Tengo cierta facilidad con los idiomas.

– ¡Perfecto!, ¡perfecto! Trabajará sus conocimientos de ruso y pulirá aún más su alemán. Además aprenderá a enviar y descifrar mensajes y también algunas técnicas imprescindibles en el negocio de la información.

– Amelia, te pido que reconsideres el compromiso que estás adquiriendo. No tienes ni idea de dónde te estás metiendo. Y tú, lío Paul, no tienes derecho a embaucar a Amelia y a ponerla en peligro por una causa que no es la suya. Los dos sabemos que España no es una prioridad para la política exterior de Gran Bretaña, incluso Franco os molesta menos en el poder que si hubiera un gobierno comunista. No permitiré que engañes a Amelia.

– ¡Por favor, Albert! ¿Crees que la estoy engañando? No lo haría aunque sólo fuera por ti. Alemania se ha convertido en un gran peligro para todos, tenemos que ganar esta guerra. Yo no he dicho que si ganamos eso signifique la caída de Franco, sólo que sin Hitler las cosas no serán igual. Amelia es inteligente, sabe lo que da de sí la política.