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– Es una apuesta, Albert, en la que en mi caso a lo mejor hay algo que ganar y nada que perder; ya lo he perdido todo -les interrumpió Amelia.

– Si trabajas para el tío Paul vivirás en un submundo del que no podrás escapar.

– No quiero tomar esta decisión sabiéndote en contra. Ayúdame. Albert, entiende por qué he dicho que sí.

Cuando se marcharon, lord James se tomó otro oporto. Estaba contento. Sabía que Amelia Garayoa era un diamante a la espera de pulir. Llevaba demasiado tiempo en la Inteligencia para saber quién tenía potencial para convertirse en un buen agente, y estaba seguro de las cualidades de aquella joven de frágil y delicada apariencia.

Aquella noche lord James durmió de un tirón pero Amelia y Albert la pasaron en vela, discutiendo.

A las siete de la mañana del día siguiente un coche del Almirantazgo pasó a recoger a Amelia.

Lord James llevaba uniforme de marino y pareció alegrarse al verla.

– Pase, pase, Amelia. Me satisface que no haya cambiado de opinión.

– Usted piensa en Inglaterra y yo en España, espero que podamos conciliar nuestros intereses -respondió ella.

– Desde luego, querida, también es mi deseo. Ahora le presentaré a la persona que se encargará de su instrucción, el comandante Murray. El la pondrá al tanto de todo. Antes debe firmar un documento comprometiéndose a una total confidencialidad. También fijaremos sus honorarios, porque esto es un trabajo.

El comandante Murray resultó ser un cuarentón afable que no ocultó su sorpresa al ver a Amelia.

– Pero ¿cuántos años tiene usted?

– Veintidós.

– ¡Si es una niña! ¿Lord James sabe su edad? ¡No podemos ganar la guerra con niños! -protestó.

– No soy una niña, se lo aseguro.

– Tengo una hija de quince años y un hijo de doce, casi tienen su edad -respondió él.

– No se preocupe por mí, comandante, estoy segura de que podré hacer lo que me pidan.

– El grupo que está a mi cargo está formado por hombres y mujeres de más edad, el que menos tiene treinta años, no sé qué voy a hacer con usted.

– Enseñarme todo lo que yo sea capaz de aprender.

Murray le presentó al resto del grupo: cuatro hombres y una mujer, todos británicos.

– Todos ustedes comparten una misma cualidad: el conocimiento de idiomas -les dijo Murray.

Dorothy, la otra mujer del grupo, había sido maestra hasta su reclutamiento. Morena, no muy alta, rondaba los cuarenta, tenía una sonrisa franca y abierta y enseguida simpatizó con Amelia.

Del resto de los integrantes, Scott era el más joven, tenía treinta años, Anthony y John pasaban de los cuarenta.

El comandante Murray les explicó el programa de entrenamiento.

– Aprenderán cosas en común y otras específicas en función de sus cualidades. Se trata de sacar lo mejor de ustedes mismos.

El comandante Murray les fue presentando a sus instructores y a la hora de comer los despidió, citándolos para el día siguiente a las siete en punto.

– Váyanse y descansen, lo van a necesitar.

– ¿Quieres que tomemos una taza de té? -propuso Dorothy a Amelia.

Amelia aceptó complacida. Deseaba regresar para hablar con Albert pero temía volver a discutir con él.

Dorothy resultó ser una persona muy agradable. Le contó a Amelia que era de Manchester pero que había estado casada con un alemán, de manera que hablaba con fluidez el idioma.

– Vivíamos en Stuttgart, pero mi marido murió hace cinco años de un ataque al corazón y decidí regresar a Inglaterra. Nada me ataba allí, porque no tuvimos hijos. No puedes imaginar cómo le echo de menos, pero así es la vida. Al menos creo estar haciendo lo que a él le hubiera gustado, no soportaba a Hitler.

También le puso al tanto de quiénes eran los integrantes del grupo.

– Scott está soltero, es hijo de un diplomático y nació en la India, aunque naturalmente es británico. Creció en Berlín porque su padre estuvo destinado allí. Ha estudiado lenguas clásicas en Oxford, ya sabes, hebreo, arameo… Además domina el alemán y también el francés, creo que por relaciones familiares. Pertenece a una familia distinguida. Anthony es profesor de alemán y está casado con una judía. En cuanto a John, estuvo en el Ejército y cuando se licenció montó un negocio: una academia de idiomas. Parece que tiene una facilidad asombrosa para hablar cualquier lengua. Un tío suyo se casó con una exiliada rusa que le ha enseñado su idioma, pero además habla español, pues estuvo con las Brigadas Internacionales durante la guerra de España, donde aprendió algo de húngaro, y también habla bastante bien el alemán. John no está casado, pero al parecer sí comprometido desde hace tiempo.

Cuando Amelia regresó a casa no encontró a Albert. Le esperó impaciente. Le necesitaba, sobre todo necesitaba su aprobación. Dependía de él más de lo que ella misma admitía, y aunque sabía que su relación no tenía futuro, se decía que mientras pudiera estaría con él.

Albert llegó más tarde de lo habitual, pero parecía de mejor humor que la víspera.

– Lo he conseguido: el primer ministro me recibe mañana, tengo que preparar la entrevista. La van a publicar varios periódicos, en Estados Unidos hay mucho interés por conocer cómo va a afrontar el Reino Unido esta guerra. Ya ti, ¿cómo te ha ido el día?

– Bien, supongo que lo duro comenzará mañana. Hoy he conocido al grupo con el que voy a trabajar, parecen buenas personas.

– Nunca perdonaré al tío Paul que te haya convencido para trabajar para él. La decisión que has tomado te marcará el resto de tu vida.

– Lo sé, pero no puedo quedarme cruzada de brazos después de lo que hemos visto en Alemania.

– No es tu guerra, Amelia.

– No, no es mi guerra, me temo que va a ser la de todos.

Durante los tres meses siguientes el comandante Murray preparó a Amelia para convertirla en una agente. Recibió clases exhaustivas de alemán y ruso, aprendió a preparar explosivos, a descifrar claves y a utilizar armas. Ella y el resto del grupo comenzaban el entrenamiento a las siete de la mañana y no regresaban a casa hasta bien entrada la noche.

Albert estaba preocupado porque la veía agotada, pero sabía que nada de lo que él dijera serviría para que ella diera marcha atrás. Amelia se había convencido a sí misma de que si Hitler era derrotado, Inglaterra ayudaría a España a deshacerse de Franco.

Durante aquellos meses Amelia mantuvo contacto permanente con su casa en Madrid. Puntualmente enviaba dinero a su tío Armando para ayudar a la manutención de su hermana Antonietta.

Amelia continuaba viviendo con Albert, pero pagaba sus gastos y eso le hacía sentirse independiente y casi feliz.

Mientras tanto, y tras una inopinada y heroica resistencia de los soldados fineses, el Ejército Rojo se hizo con Finlandia, lo que trajo como consecuencia la expulsión de la Unión Soviética de la Sociedad de Naciones.

Y aunque Inglaterra y Francia estaban oficialmente en guerra con Alemania desde la invasión de Polonia no fue hasta el año siguiente, hasta 1940, cuando de verdad comenzaron las hostilidades.»

– Bien, llegados a este punto quizá debería hablar usted con el mayor Hurley -me dijo lady Victoria-. Aunque aún me quedan algunas cosas que contarle, el mayor le puede informar con más precisión sobre las actividades de Amelia Garayoa en el Servicio de Inteligencia. ¡Ah, se me olvidaba! Antes le dije que Amelia continuaba manteniendo un contacto permanente con su familia y parece que les visitó en febrero de 1940. No estoy segura de ello, pero he encontrado una carta de Albert a su padre en la que le cuenta, entre otras cosas, que Amelia está en Madrid.

Me despedí de lady Victoria tras su promesa de que me volvería a recibir para seguir buceando en la vida de Amelia Garayoa.