Estaba impresionado por lo que me había contado, tanto como para pasar por alto el correo electrónico que me había enviado Pepe. Este me anunciaba que en vista de que no daba señales de vida ni respondía a sus correos electrónicos, el director había decidido prescindir de mis colaboraciones. En otras palabras: estaba despedido. La verdad es que no me importaba, sólo sentía la bronca que, seguro, mi madre no me ahorraría en cuanto se enterara.
Pese a mi insistencia en verle cuanto antes el mayor William Hurley me citó en su casa para una semana después.
Llamé a mi madre y tal y como me temía, me trató como si fuera un adolescente descarriado. Ya estaba al tanto de que me habían despedido porque Pepe, en vista de que yo no respondía a sus correos electrónicos, había llamado a casa de mi madre para preguntarle si seguía vivo.
– No sé lo que pretendes, pero te estás equivocando. ¿A quién le importa la vida de esa buena señora? -me volvió a reprochar.
– Esa buena señora era tu abuela, así que a ti misma podría interesarte.
– ¡Pero qué dices! ¿Crees que tengo el más mínimo interés en lo que hizo la tal Amelia? No es mi abuela.
– ¿Cómo que no es tu abuela? ¡Lo que me faltaba por oír!
– Esa señora abandonó a su hijo, a mi padre y desapareció. Nunca oí hablar de ella, ni nunca me interesó el porqué lo hizo. ¿En qué va a cambiar mi vida por enterarme?
– Te aseguro que la vida de tu abuela es de lo más heavy.
– Pues me alegro por ella, espero que lo pasara bien.
– ¡Vamos, mamá, no te enfades!
– ¿Que no me enfade? ¿Debo alegrarme por tener un hijo que es un cabeza de chorlito que en vez de tomarse en serio a sí mismo se dedica a investigar una historia familiar irrelevante?
– Te puedo asegurar que la historia de Amelia no es nada irrelevante. Debería importarte, al fin y al cabo es tu abuela.
– ¡Que no me hables más de esa señora! Mira, o dejas esa investigación o a mí no me vuelvas a llamar para que te saque de apuros. Tienes edad para ganarte la vida y si no lo haces es porque no quieres, de manera que ya estás avisado. De ahora en adelante lo único que haré por ti es ponerte un plato de comida cuando vengas a visitarme, pero no vuelvas a pedirme ningún préstamo para pagar la hipoteca del apartamento, no pienso darle ni un curo.
Desde su perspectiva de madre tenía razón, pero desde la mía yo no tenía más opción que continuar adelante. No sólo me había comprometido con doña Laura y doña Melita, sino que la investigación estaba resultando como un veneno al que era incapaz de resistirme.
7
Telefoneé desde el hotel al profesor Soler con ánimo de que me explicara, si es que lo recordaba, la visita de Amelia a Madrid en febrero de 1940. Don Pablo no se hizo de rogar y me pidió que fuera a Barcelona para hablar con más calma.
– ¿Quiere que le cuente lo que he ido averiguando? -le pregunté cuando me encontré sentado frente a él en su despacho.
– No es a mí a quien debe dar cuentas. Hay cosas que puede que las señoras no quieran que salga de la familia.
– Pero por lo que voy conociendo, ¡usted es casi de la familia!
– No, no se equivoque, joven. Les estaré eternamente agradecido por lo que hicieron por mí, pero no tengo ningún derecho a saber más de lo que ellas quieran que sepa. Usted continúe montando el puzzle y cuando lo tenga completo, entrégueselo.
Don Pablo, que evidentemente poseía una memoria prodigiosa, me contó aquella visita de Amelia. Una visita que calificó de «dramática»…
«Antonietta empeoró con la tuberculosis y don Armando y doña Hiena temieron por su vida. Tuvieron que ingresarla en el hospital, y don Armando pidió a Amelia que viniera a Madrid de inmediato.
Amelia había adelgazado, pero parecía más tranquila, más segura de sí misma. En cuanto llegó insistió en que quería ir de inmediato al hospital, y sus primos, Laura y Jesús, la acompañaron. Yo también fui, en realidad allí donde iba Jesús iba yo.
Doña Elena y Edurne cuidaban de ella, relevándose, y don Armando y Laura acudían al hospital en cuanto salían de sus trabajos. A Jesús no le permitían ir demasiado a menudo porque también había estado enfermo de tuberculosis y doña Elena temía que volviera a recaer.
Amelia abrazó a su hermana meciéndola como si fuera una niña. Antonietta lloró emocionada, quería mucho a Amelia y sufría por su ausencia, aunque jamás se quejó.
– ¡Qué bien que has venido! ¡Ahora sí que voy a ponerme buena!
– ¡Pues claro que te pondrás buena o de lo contrario me enfadaré contigo!
– ¡No me digas eso, que yo te quiero mucho! -protestó Antonietta.
Amelia habló con el médico que atendía a su hermana y le conminó a salvarla.
– Haga lo que tenga que hacer, déle cuanto necesite, pero si le pasa algo a mi hermana… ¡no sé lo que le haré!
– Pero, señorita, ¡cómo se atreve a amenazarme! -respondió el doctor, con evidente enfado.
– No le amenazo, Dios me libre de proferir amenazas, es que… Antonietta es lo único que me queda. Me han dejado sin familia, ¿me van a quitar también a mi hermana?
– Aquí no quitamos nada, hacemos lo que podemos por salvar vidas, pero su hermana está muy débil y responde mal al tratamiento.
– Dígame qué es lo que hay que hacer y lo haré, no lo dude.
– Es que no podemos hacer nada más de lo que hacemos, la vida de su hermana no está en nuestras manos sino en las de Dios. Si Él decide llamarla, no hay nada que nosotros podamos hacer.
– ¿Cómo dice?
– Que la vida de su hermana, como la de todos nosotros, depende de Dios.
– Pues yo no lo creo así. ¿De verdad piensa que Dios necesita la vida de mi hermana? ¿Para qué?
– ¡Por favor, Amelia, no te enfades con el doctor! -le pidió doña Elena, nerviosa por el cariz que estaba tomando la conversación.
– No me enfado, tía, sólo espero que Antonietta reciba los cuidados que necesita para superar la enfermedad, y no soporto esa resignación de que si muere es porque Dios así lo ha decidido.
– Pero, hija, el doctor tiene razón, es Nuestro Señor quien decide la hora de nuestra muerte.
– No, tía, no. No creo que Dios decidiera que mi padre muriera fusilado, y mi madre… bien sabes que murió enferma, sin fuerzas para afrontar la enfermedad a causa del hambre, del sufrimiento, de la miseria. A mi padre lo mataron unas balas fascistas, no Dios.
– ¡No quiero que hables de política! Ya hemos sufrido bastante por la política. ¿Quieres que te recuerde a mis muertos? ¿Sabes por qué no me he vuelto loca? Te lo diré, Amelia: porque creo en Dios y admito que Él tiene razones que yo no comprendo.
– Pues yo no voy a resignarme a que muera Antonietta. La cambiaremos de hospital, buscaremos otros médicos que la atiendan y no se laven las manos diciendo que la vida de mi hermana no es cosa suya sino de Dios. No metamos a Dios en esto.
Doña Elena estaba escandalizada por lo que Amelia decía. La miró como si fuera una desconocida; en realidad lo era. Aunque Amelia parecía frágil por su físico, de repente se nos mostraba diferente.
Aquella noche Amelia se quedó a velar a Antonietta, y doña Hiena y Edurne regresaron con nosotros a casa. Doña Elena se quejó a don Armando de la actitud de su sobrina.
– Si la hubieses escuchado… Te digo, Armando, que Amelia no es la misma… No sé, tiene una amargura de fondo…
– ¿Y te extraña? Es la misma amargura que tenemos nosotros. Hemos perdido a parte de nuestra familia, nos hemos quedado sin nada, ella está en el extranjero ganándose la vida, ¿pretendes que continúe siendo la dulce jovencita del pasado?
– Pero cuestionar la voluntad de Dios… eso, Armando, es demasiado.
– ¿Acaso quieres que Amelia acepte que es la voluntad de Dios que Antonietta se muera? No, no lo dices en serio. ¿Crees que fue voluntad de Dios que a tu pobre prima monja la torturan y asesinaran una banda de fanáticos? ¿Fue la voluntad de Dios que asesinaran a mi hermano?