Lord Paul James preguntó al comandante Murray si su unidad estaba lista para actuar, y la respuesta fue afirmativa. Antes de que terminara aquel año de 1940, Amelia participaría en dos operaciones. En junio, el comandante Murray reunió a los miembros del equipo para anunciarles que entraban en acción y darles las correspondientes órdenes.
– Ha llegado la hora de actuar. No hace falta que les explique lo que ha sucedido: las tropas de la Wehrmacht se han hecho con buena parte de Francia, Holanda y Bélgica. El primer ministro francés Paul Reynaud ha dimitido y le ha sustituido el mariscal Pétain. ¿Alguno de ustedes prefiere dejarlo ahora?
Todos respondieron que no, parecían estar deseando entrar en acción.
– Bien, me reuniré con cada uno de ustedes por separado. Ninguno debe saber lo que hacen los demás; a partir de este momento no pueden comentar a nadie, ni a su familia ni a sus amigos más íntimos el cometido de su misión.
Amelia fue la última en recibir las órdenes de Murray. Deliberadamente, la había dejado para el final, porque a pesar de que la encontraba capaz de llevar adelante la misión que le iba a encomendar, no dejaba de preocuparle su juventud.
– Quiero que regrese a Alemania.
– ¿A Alemania?
– Sí, usted allí tiene amistades importantes.
– Conozco a algunas personas, pero no sé si son importantes.
– Lord James me ha informado que conoce usted a un oficial del Ejército, el comandante Max von Schumann, un aristócrata casado con una mujer fanática de Hitler, aunque él forma parte de un grupo contrario al nacionalsocialismo, ¿me equivoco?
– No, es cierto.
– Creo que usted y Albert James, sobrino de lord James, trajeron un mensaje de ese grupo al que pertenece Von Schumann. También sé que ayudaron a una joven judía a escapar de la persecución.
– Sí, así es, yo no le había dicho nada porque no lo creí necesario.
– Pero mi obligación es conocer todo sobre los agentes con los que vamos a trabajar.
– Lo entiendo.
– Bien, es conveniente que regrese a Alemania y nos envíe toda la información que Max von Schumann pueda suministrarle sobre los movimientos del Ejército. Es de vital importancia saber si preparan la invasión de las islas. Después de que el Ejército alemán se haya hecho con Francia y de lo sucedido en Dunkerque, el primer ministro necesita tomar decisiones, y para ello es imprescindible la información.
– El barón Von Schumann jamás traicionará a su país; no creo posible que me confíe ninguna información relevante.
– Von Schumann y usted son viejos amigos, de manera que ya cuenta con su confianza.
– Pero nunca me confiará información que pueda comprometer a Alemania.
– No se trata de que usted se la pida. Vaya a Berlín, vea, escuche y saque conclusiones.
– ¿Debe saber que soy una agente?
– Por su propia seguridad y por la de él, lo mejor es que no sepa nada. Usted misma asegura que nunca colaboraría con nosotros. Debemos buscar una coartada que justifique su presencia en Berlín.
– Quizá… bueno, no sé si servirá, pero mi padre tenía negocios en Berlín, le expropiaron la empresa porque su socio era judío, pero el contable rescató unas cuantas máquinas que tiene alquiladas y parte de esas ganancias corresponden a mi familia…
– ¡Estupendo! No podríamos encontrar una excusa mejor para justificar su presencia en Berlín.
– ¿Cómo enviaré la información en caso de conseguirla?
– Escribirá cartas a una amiga en España en la que le contará cosas superficiales, naturalmente utilizando un código.
– ¿A una amiga en España?
– Esa amiga no existe. Usted enviará las cartas a una dirección donde las recibirá una mujer muy amable que colabora con nosotros. Ella nos pasará las cartas y nosotros las descodificaremos. Sólo escriba cuando tenga algo relevante que comunicar.
– ¿Cuánto tiempo deberé permanecer en Berlín?
– No lo sé. ¿Cree que podría viajar allí en un par de días, o necesita más tiempo para arreglar sus asuntos personales?
– ¿Cómo iré?
– Primero irá a Lisboa. De allí a Suiza donde cogerá un tren hacia Berlín.
Eran poco más de las cinco cuando regresó al apartamento y le sorprendió encontrar a Albert en la biblioteca escuchando música y bebiendo whisky.
– ¿Qué celebras? -le preguntó con curiosidad, puesto que Albert no solía beber a esa hora de la tarde.
– Tengo una gran noticia. Ven, te serviré una copa, tenemos algo que celebrar.
Amelia aceptó el whisky. Se dijo que lo iba a necesitar para decirle a Albert que en un par de días regresaría a Berlín para afrontar su primera misión como agente del Servicio de Inteligencia británico.
– Me ha telefoneado mi padre para decirme que Rajel llegó bien a Nueva York, y que gracias a los amigos que trabajan con el gobernador, se pudieron solventar los trámites de inmigración. A Dios gracias se encuentra sana y salva con su familia. ¿Es o no una gran noticia?
Lo era, y Amelia se alegró, sobre todo porque temía la reacción de Albert cuando ella le anunciara que se iba. Bebió un largo trago de whisky y después de charlar un rato sobre Rajel, le dijo que debía anunciarle algo.
– Espero que sea otra buena noticia, no me gustaría que me dijeras nada que empañara nuestra alegría por lo de Rajel.
– Me envían a Berlín, salgo dentro de dos días.
Albert se quedó mirándola fijamente sin saber qué decir.
– Tenía que suceder un día u otro -murmuró, apartando la mirada de Amelia.
– Yo no esperaba que fuera tan pronto… no sé qué decirte.
– Nada, no me digas nada. Quererte resulta una aventura complicada, pero no puedo cambiar mis sentimientos hacia ti. Desde el primer momento supe que no sería fácil nuestra relación, y te confieso que siempre he temido perderte. Eres tan impredecible… Nunca perdonaré al tío Paul que te haya convencido para enrolarte en el Servicio de Inteligencia, y si te llegara a pasar algo…
– No me pasará nada. Sólo quieren que vaya a Berlín, el objetivo es intentar saber si Hitler piensa invadir Inglaterra.
– ¡Así, como si fuera fácil! Ellos saben que ésa no es misión para una chiquilla. Deberían enviar a agentes experimentados. ¿Cómo vas a poder obtener esa información?
– Quieren que establezca contacto con Max y con su grupo. No olvides que Max es comandante del Ejército, seguro que él tiene acceso a ciertas informaciones que nos serán útiles.
– ¡Por favor, Amelia, no seas ingenua! ¿Crees que Max te contará lo que piensa hacer el Ejército? Veo que no le conoces.
– No te comprendo… Max es miembro de la oposición y odia a Hitler -respondió sin mucho convencimiento.
– Sí, y hará lo imposible por derrocarle, pero nunca traicionará a Alemania. Ése es el matiz que creo que no has comprendido.
Amelia no supo qué responder. Sabía que Albert tenía razón. Cuando el comandante Murray le estaba explicando la misión no le había parecido complicada, pero Albert la hacía enfrentarse con la realidad.
– Tengo que intentarlo.
– Sí, supongo que tienes que hacerlo. ¿Y qué hay de nosotros?
– No sé qué quieres decir…
– ¿Pretendes dedicarte al espionaje mientras yo te espero pacientemente rezando para que no te suceda nada hasta que vuelvas de cada misión?
– Yo… en realidad no pretendo nada, no te pido que me esperes…
– Creo que no has pensado en mí, ¿sabes por qué? Porque nunca lo has hecho, simplemente estoy aquí, pero si no estuviera, tampoco te darías demasiada cuenta.
– ¡No digas eso! ¡No es cierto! Yo… yo te quiero, quizá no como tú esperas ni como te mereces, pero te quiero, a mi manera te quiero.
– Ése es el problema, tu manera de quererme.
Amelia Garayoa llegó a Berlín el 10 de junio, el mismo día en que Italia declaró la guerra a Francia y el Reino Unido. Suspiró aliviada cuando salió de la estación de Berlín. La policía no pareció prestarle atención. Era una mujer más, cargada con una maleta y una bolsa. Amelia procuró andar con paso decidido. El comandante Murray la había advertido que si los alemanes llegaban a sospechar de ella, la fusilarían por espía.