En aquella ocasión no eran muchos los que participaban en la reunión. Además del profesor Schatzhauser, asistían dos colegas de la universidad, un diplomático suizo, el padre Müller, el pastor Ludwig Schmidt, un funcionario del Ministerio de Agricultura y otro del de Exteriores, amén de Max von Schumann y su ayudante, el capitán Henke.
Manfred Kasten comentó que un amigo bien relacionado con el partido le había dicho que se estaba trabajando en un plan que consistía en desplazar a los judíos a un territorio fuera de Europa.
– Pero ¿con qué fin? -preguntó el doctor Schatzhauser.
– Amigo mío, Hitler y sus secuaces dicen que los judíos son los peores enemigos de la raza aria y del Reich. La Oficina Principal para la Seguridad del Reich, creada por Himmler y su acólito Reinhard Heydrich no es ajena a la ocurrencia descabellada de deportar a miles de judíos fuera de Alemania como parte de la solución para deshacerse de todos ellos, y no sólo los alemanes, sino también los polacos y cuantos haya en los países ocupados por la Wehrmacht.
– ¿Dónde piensan enviarlos? -preguntó Max, alarmado.
– Se les ha ocurrido la peregrina idea de deportarlos a algún país africano.
– ¡Están locos! -exclamó el padre Müller.
– Mucho peor, los locos no son tan peligrosos -sentenció el pastor Ludwig Schmidt.
– Pero ¿pueden hacerlo? -insistió Amelia.
– Están estudiando cómo hacerlo. Dentro de unos días asistiré a una cena en casa del embajador japonés, allí me encontraré con un amigo que quizá pueda darme más detalles de la operación.
– Creo que tenemos algún asunto más que tratar, ¿no es así, Max? -dijo el profesor Schatzhauser.
– Os quiero anunciar que me han encargado supervisar las condiciones sanitarias de nuestro Ejército allá donde se vaya desplazando. De manera que comenzaré a viajar de un lado a otro, pero esté donde esté, continuaré con vosotros, sabéis que podéis contar conmigo para cuanto sea necesario -anunció Von Schumann.
– ¿Estarás fuera mucho tiempo? -quiso saber Manfred Kasten.
– Serán estancias con una duración indeterminada. Tengo que inspeccionar a las tropas, comprobar la intendencia médica y escribir informes sobre las carencias médicas en el campo de batalla. Tengo la impresión de que mis superiores quieren tenerme ocupado.
– ¿Crees que sospechan algo? -preguntó alarmado el profesor Schatzhauser.
– Espero que no. Supongo que no les gusta mi escaso entusiasmo ante lo que está pasando. Me toleran por ser quien soy y por pertenecer a una vieja familia de soldados, y porque saben que nunca traicionaré ni a Alemania ni al Ejército.
– Procura disimular tus sentimientos, no arreglas nada mostrando lo que de verdad piensas, incluso nos pondrías en peligro a todos nosotros -pidió el pastor Schmidt.
– No se preocupe, lo hago. Sé que camino sobre arenas movedizas, aunque hay momentos en los que me cuesta disimular el desprecio que siento por algunos jefes militares, grandes soldados que sin embargo parecen adolescentes asustados ante el führer -añadió Max.
– No los juzgues con dureza, ¿quién no quiere sobrevivir en estos días en los que el poder de la Gestapo no tiene límites y convierte en sospechoso a cualquiera? -concluyó Kasten.
Unos días más tarde, Amelia recibió un aviso del profesor Schatzhauser para invitarla a tomar el té. Cuando llegó a la casa del profesor, Amelia se encontró a Manfred Kasten.
– Le estaba contando al profesor que, como les anuncié, he asistido a una cena en casa del embajador de Japón y allí me he encontrado con un amigo que precisamente está trabajando en ese plan descabellado para deportar a los judíos fuera de Europa. El plan está siendo supervisado por el mismísimo Heinrich Himmler.
– ¿Dónde los llevarán? -se interesó Amelia.
– A Madagascar. Eso es lo que me asegura este amigo. Al parecer, pretenden llevar allí a todos los judíos europeos.
– ¿Tienen una fecha para hacerlo?
– Aún no, están estudiando la logística. No es fácil desplazar a cientos de miles de personas desde Europa hasta el sur de África, hacen falta medios.
– ¿Y qué harían con los judíos en Madagascar? -preguntó el profesor Schatzhauser.
– Tenerles en campos de trabajo. En realidad quieren convertir aquella isla en una gran prisión. Mi amigo cree que el plan es descabellado pero me asegura que Hitler en persona ha dado su bendición y ha conminado para resolver cuanto antes los problemas logísticos de la operación.
– ¡Pero necesitarán cientos de barcos para trasladar a tantos judíos! -afirmó Amelia, que no salía de su asombro-. No les será fácil -prosiguió-, Alemania no tiene el dominio del mar.
– Eso es evidente, y lo que están tratando es de desarrollar el plan con el menor riesgo y coste. Dígame, ¿informará a Londres?
Durante unos segundos Amelia guardó silencio. Las órdenes del comandante Murray habían sido claras: no debía confiar a nadie su misión en Berlín. Reiteradamente le había asegurado al profesor Schatzhauser, y también a Max, que nada tenía que ver con los británicos, pero se daba cuenta de que el profesor confiaba en que ella no les estuviera diciendo la verdad.
– Siento defraudarle, herr Kasten, pero no trabajo para los británicos -aseguró con convicción.
– Pero Max nos ha dicho que su amigo Albert James está bien relacionado con el Almirantazgo -afirmó el profesor Schatzhauser.
– Así es, pero es una relación familiar, y yo… bueno, intentaré que Albert se entere de lo que me han contado, él sabrá qué hacer…
Amelia solía aprovechar la noche para escribir a su inexistente amiga española las cartas codificadas. Después de cenar con los Keller, escuchaban la radio, que emitía la propaganda del régimen, y luego se retiraba a su habitación. Llevaba ya dos meses en Berlín, y aunque los Keller parecían encantados de tenerla como huésped, notaba que les extrañaba su presencia, de manera que una tarde en que se encontraban solas, confesó a Greta que si había regresado a Berlín era para poner distancia con su amante, Albert James. No tuvo ningún reparo en explicar que los padres de Albert se oponían a la relación, y que ella estaba dispuesta a sacrificarse con tal de que él fuera feliz.
– Conmigo no tiene futuro, ya sabe que estoy casada.
Greta Keller la consolaba y le aseguraba que estaba segura de que Albert iría a buscarla.
Para dar verosimilitud a su estancia, se había matriculado en una escuela de idiomas adonde acudía a diario a perfeccionar su alemán. El resto del tiempo lo pasaba en casa del profesor Schatzhauser, además de visitar al padre Müller, con quien había ¡do consolidando una buena amistad.
El padre Müller no era mucho mayor que Amelia, y el hecho de que ésta hubiera ayudado a Rajel había establecido entre ellos un vínculo especial. A veces discutían sobre la posición de la Iglesia respecto al nazismo. Amelia criticaba al Papa por no oponerse abiertamente a Hitler, mientras que el sacerdote intentaba convencerla de que si Pío XII decidiera enfrentarse públicamente al Führer pondría en peligro a los católicos alemanes y a los de lodos aquellos países en los que, decía él, se había establecido la ocupación alemana.
– Tú misma estás haciéndote pasar por una chica despreocupada cuando en realidad estás aquí por otros motivos -la provocaba.
– ¿Qué motivos? Sólo pretendo perfeccionar mi alemán ahora que parece que los alemanes nos vais a dominar a todos, y no habrá más remedio que conocer bien vuestro idioma -bromeaba ella.
Muchas tardes Amelia acudía a la parroquia donde el padre Müller decía misa. El sacerdote ayudaba a un jesuita entrado en años y enfermo pero que se resistía a abandonar a sus feligreses en aquellos momentos de gran tribulación. El viejo sacerdote no era tan osado como el padre Müller y aparentaba no saber nada de las reuniones conspiratorias del joven sacerdote, aunque en realidad aprobaba su actitud. Tampoco ponía objeción a la amistad cada día más sólida entre el padre Müller y el pastor Ludwig Schmidt; achacaba al pastor la cada vez más apasionada politización del joven, aunque bien sabía que lo que había impulsado al padre Müller a tomar partido contra Hitler había sido la situación de aquella familia judía a la que tan unido se sentía. Rajel había sido como una hermana para él y para Hanna. Tanto Irene, la madre del padre Müller, como Hanna no habían dudado en ocultarla en su casa. Un día le dijo que Rajel estaba a salvo; no le explicó cómo, ni tampoco él había preguntado. Ahora observaba cómo el padre Müller pasaba cada vez más tiempo con la joven española y se preguntaba en qué estarían metidos ambos, pero no les preguntaba, prefería ignorarlo. El viejo sacerdote se decía que lo mejor era no saber demasiado acerca de las actividades de su ayudante.