– ¿Puedo llevarme estos papeles?
– Sería peligroso. La Gestapo tiene ojos y oídos en todas partes y es posible que sepa más de nuestro grupo de lo que imaginamos. Desconfía de todo el mundo. Es mejor que estos documentos no salgan de aquí, por su propia seguridad y la nuestra.
Amelia se enfrascó de nuevo en la lectura de aquellos documentos intentando memorizar los pormenores. El redactor de aquel plan había precisado el número de barcos que se necesitarían para trasladar a todos los judíos de Alemania a Madagascar y también los buques de apoyo necesarios para llevar a buen término la operación. Amén del número de barcos estimados para llevar a cabo la deportación, el documento especificaba la situación de la flota mercante del Reich. La información podía ser fundamental para el Almirantazgo, de manera que Amelia se reafirmó en su decisión de regresar de inmediato a Londres.
– Le agradezco su confianza, herr Kasten -dijo al terminar de leer los papeles.
– Soy cristiano, Amelia, y me considero un buen alemán al que le repugna lo que algunos hombres están haciendo con mi país. ¡Deportar a los judíos! ¡Confinarles en una isla como si fueran apestados!
Ya era tarde cuando Amelia regresó a casa de los Keller. Greta estaba dormida y su marido estaba en la cocina, revisando unos libros de contabilidad.
Amelia le explicó que pensaba regresar a casa.
– ¿Ha sucedido algo? -se interesó el hombre.
– No, pero ya sabe que mi hermana Antonietta está enferma, y no quiero pasar demasiado tiempo alejada de ella. Pero volveré, herr Helmut y si usted me hace la bondad de continuar alquilándome la habitación, le estaré muy agradecida. Creo que puedo encontrar trabajo en Berlín, he conocido a algunas personas que necesitan a alguien que hable bien español. Ya sabe de la colaboración de Hitler y Franco, nuestros dos países son aliados…
Helmut Keller asintió. Nunca había hablado de política con Amelia; los dos habían evitado cualquier referencia sobre lo que pasaba. A él le sorprendía que Amelia no hiciera ninguna alusión sobre el nazismo, y más teniendo en cuenta que su padre había perdido su fortuna a causa del nuevo régimen, pero tampoco se atrevía a declarar delante de la muchacha su odio al Führer, porque bien sabía que las ideas de los padres no las heredan los hijos. Su propio hijo, Frank, parecía estar contento en el Ejército; decía que Hitler estaba devolviendo su grandeza a Alemania. Al principio discutían, y después padre e hijo evitaron hablar de política para no disgustar a Greta, que sufría al verles pelear.
Los siguientes días Amelia los dedicó a despedirse del profesor Karl Schatzhauser, del padre Müller y de otros miembros de aquella célula de oposición. Les aseguró que regresaría en breve. También tomó una decisión: se confesaría con el padre Müller y en esa confesión incluiría su colaboración con los británicos.
– Eso no es pecado -le reprochó él.
– Lo sé, pero necesito asegurarme de que no compartirás esta información con nadie.
– No puedo hacerlo, estoy obligado por el secreto de confesión- respondió él, con fastidio-. ¿Dime por qué me lo has confesado?
– Porque necesito ayuda, además de confiar en alguien.
Al día siguiente fue a visitar al sacerdote a su casa. Le adiestró para que encriptara en clave cualquier información que pudiera tener relevancia y le pidió que, una vez encriptada la información y convertida en una vulgar e insulsa carta, la enviara a la misma dirección en Madrid adonde ella enviaba sus propias cartas.
– Con esta clave, cualquiera que lea tus cartas pensará que escribes a una vieja amiga.
– ¿Y no deberías instruir a alguien más por si a mí me sucediera algo? -preguntó con preocupación el padre Müller.
– No te va a pasar nada, y además no es conveniente que todos conozcan este sistema de cifrar mensajes. No olvides que las cartas llegarán a Madrid, donde hay numerosos espías alemanes. Podríamos poner en peligro a la persona que recibe las misivas.
Fue el padre Müller quien acompañó a Amelia a la estación y la ayudó a acomodarse en su compartimento, que para alivio de ambos estaba ocupado por una mujer con tres niños pequeños.
– ¿Cuándo volverás? -quiso saber el sacerdote.
– No depende de mí… Si por mí fuera, muy pronto: creo que puedo ser útil en Berlín.
El destino de Amelia no fue Madrid, sino Lisboa, desde donde podía llegar a Londres. Sabía que la capital británica estaba sufriendo los bombardeos alemanes, y que se estaban produciendo grandes pérdidas materiales y humanas, y ansiaba con volver a encontrarse con Albert y comprobar que estaba bien.
En Lisboa se instaló en un pequeño hotel situado cerca del puerto. La elección no era caprichosa. El comandante Murray le había dado aquella dirección tras asegurarle que si necesitaba ayuda o quería ponerse en contacto con él, el dueño del hotel sabría cómo contactar con las personas adecuadas.
El hotel Oriente era pequeño y limpio, y su dueño resultó ser un británico, John Brown, que estaba casado con una portuguesa, doña Mencia. Amelia pensó que ambos debían de trabajar para el Servicio Secreto británico.
Les dijo que quería viajar a Londres, y les preguntó la mejor manera de hacerlo. Pronunció la contraseña que le había proporcionado Murray: «Tengo asuntos que resolver, pero sobre todo añoro la niebla».
John Brown asintió sin decir palabra, y unas horas después mandó a su esposa al cuarto de Amelia para informarle de que un barco pesquero la llevaría hasta Inglaterra. Dejó Portugal dos días después de que Léon Trotski fuera asesinado en México. Había escuchado la noticia por la BBC y recordó el viaje que no hacía tanto tiempo había realizado junto a Albert. Recordaba bien a Trotski, su mirada inquisitiva, sus ademanes desconfiados, en definitiva, su temor a ser asesinado.
Y se estremeció pensando cuan largo era el brazo de Moscú, y cómo ella parecía haberse zafado de aquel peligro.
8
Para sorpresa de Amelia, Albert no se encontraba en Londres. El apartamento estaba helado y con una capa de polvo. Encontró una nota sobre la mesa de trabajo del despacho de Albert. Llevaba fecha del 10 de julio.
Querida Amelia:
No sé cuándo leerás esta nota, ni siquiera si llegarás a leerla. He preguntado al tío Paul hasta cuándo te tendrá fuera de Londres, pero no ha querido darme una respuesta. Por si acaso regresaras estando yo ausente, quiero que sepas que me voy a Nueva York. Tengo cosas que hacer allí: ver a los directores de los periódicos en los que escribo, comprobar el estado de mis cuentas, charlar con mi padre y discutir con mi madre… Creo que también buscaré a Rajel para comprobar que está bien. No sé aún cuánto tiempo me quedaré en Nueva York, pero ya sabes cómo ponerte en contacto conmigo.
El apartamento queda a tu disposición. La señora O'Hara irá de vez en cuando a hacer limpieza.
En fin, querida, yo que escribo tantas páginas para los demás no sé bien cómo escribirte a ti.
Tuyo, Albert James
El comandante Murray pareció alegrarse cuando Amelia entró en su despacho.
– Buen trabajo -le dijo a modo de saludo.
– ¿Usted cree?
– Desde luego que sí.
– En realidad no les he enviado ninguna información sustancial, aunque traigo conmigo los pormenores de una operación que creo que puede ser de vital importancia.
– Lo supongo puesto que ha tomado la decisión de regresar sin mi permiso.
– Lo siento, pero creo que cuando le explique en qué consiste la «Operación Madagascar», convendrá conmigo en que es un asunto importante.
Murray pidió a su secretaria que les preparara un té. Luego se sentó frente a Amelia dispuesto a escuchar.
– Veamos lo que me tiene que decir.
Amelia le explicó detalladamente cuanto había hecho desde su llegada a Berlín hasta el día de su regreso. Los contactos establecidos, el grupo de oposición con el que venía trabajando, el plan de la «Operación Madagascar», además de todo lo que Max von Schumann le había explicado respecto al descontento en algunos sectores del Ejército.