No sé por qué doña Laura se empeñaba en que Edurne hablara conmigo. La pobre mujer no podía ocultar su incomodidad al tener que contarle a un extraño aspectos íntimos de la familia a la que había dedicado toda su vida.
Cuando llegué a casa de las Garayoa, el ama de llaves me anunció que Edurne me esperaba pero que antes debía pasar al salón a ver a las señoras.
Allí estaba doña Laura y doña Melita. Me pareció que esta última no tenía muy buen aspecto, se la veía cansada.
– ¿Le está costando mucho juntar la historia? -me preguntó con un hilo de voz.
– No está resultando fácil, doña Melita, pero no se preocupe, creo que al menos lograré conocer los hechos más importantes de la vida de mi bisabuela.
Doña Laura se movió incómoda en el sofá y me ordenó que procurara no perder el tiempo.
– No es sólo por los gastos que todo esto nos está acarreando, es que somos demasiado viejas para esperar.
– No se preocupen, que soy el primer interesado en terminar cuanto antes esta investigación. Tengo abandonado el periodismo y mi madre está a punto de dejarme de hablar.
– ¿Tiene madre? -me preguntó doña Melita, y su pregunta me sorprendió puesto que ya les había explicado mis circunstancias familiares.
– Sí, sí, afortunadamente aún tengo madre -respondí desconcertado.
– Ya. Pues qué suerte, yo perdí a la mía cuando era muy joven.
– Bueno, basta de cháchara -interrumpió doña Laura-. Guillermo está aquí para trabajar, de manera que vaya usted a hablar con Edurne, lo espera en la biblioteca.
Edurne estaba sentada en un sillón y parecía dormitar. Se sobresaltó cuando me oyó entrar.
– ¿Cómo se encuentra usted?
– Bien, bien -respondió azorada.
– No quiero molestarla mucho, pero a lo mejor se acuerda usted de una visita que Amelia hizo a Madrid en septiembre de 1940. Creo que iba camino de Roma, pero antes vino a ver a su familia.
– Amelia siempre iba y venía y muchas veces no nos decía ni de dónde venía ni adonde iba.
– Pero ¿recuerda usted qué pasó en aquella ocasión? Era septiembre de 1940 y creo que vino sola, sin Albert James, el periodista. En su visita anterior fue cuando descubrió que Águeda estaba embarazada…
– ¡Ya, ya me acuerdo! Pobre Amelia. ¡Qué disgusto se llevó! Águeda había llevado a Javier a la puerta del Retiro para que Amelia pudiera verlo, pero se le abrió el abrigo y vimos que estaba gorda, gorda de embarazo…
– Sí, todo eso ya lo sé, pero yo quiero saber qué pasó la siguiente vez que Amelia les visitó.
Edurne, con voz cansada, comenzó a hablar.
«No la esperábamos. Se presentó sin avisar. Algo que en ella se convirtió en costumbre. Nunca sabíamos cuándo iba a venir. Antonietta estaba mejor, gracias al dinero que Amelia enviaba y que le permitía a don Armando comprar medicinas… bueno, medicinas y comida, porque Antonietta necesitaba alimentarse bien. El dinero que enviaba Amelia no daba para lujos, pero sí para comer. En aquella época podías encontrar cosas buenas en el estraperlo, pero cobraban fortunas.
Creo que era por la noche cuando Amelia se presentó en casa; sí, sí, era por la noche porque yo estaba en la cocina haciendo la cena y abrió la puerta el señorito Jesús.
– ¡Mamá, mamá, ven, que es la prima Amelia!
Salimos todos al recibidor y allí estaba ella, abrazando a Jesús.
– ¡Pero qué guapo estás, primo! Has crecido un montón y tienes mejor cara, estás menos pálido.
Jesús también estaba recuperándose. Siempre había sido un niño debilucho y el pobre enfermó durante la guerra. Pero en aquellos días había mejorado. Las medicinas, y sobre todo la comida, hacen milagros.
Antonietta se abrazó a su hermana y no había modo de separarlas.
La señorita Laura comenzó a llorar de emoción y don Armando a duras penas aguantaba las lágrimas. Todos queríamos abrazarla y besarla. Fue doña Elena la que con su sentido práctico puso orden entre tanto abrazo y nos hizo entrar a todos en el salón. Mandó a Pablo llevar la maleta de Amelia a la habitación de Antonietta y a mí me mandó terminar de hacer la cena y colocar un plato más en la mesa.
Amelia estuvo muy cariñosa con todos nosotros; a mí me dio un par de besos, lo mismo que a Pablo.
Jesús y Pablo eran buenos amigos, y ahora que Jesús estaba mejor, doña Elena había colocado la cama de Pablo en la habitación de su hijo porque decía que el chico estaba creciendo y no estaba bien que durmiera en mi cuarto.
Esa noche cenamos arroz con tomate y unas lonchas de tocino frito. El tocino lo había comprado yo esa misma tarde a un tipo que se dedicaba al estraperlo y me pretendía.
Rufino, que así se llamaba el hombre, me había mandado aviso de que tenía tocino fresco; así que doña Elena me envió a comprarlo. ¿Por dónde iba? Sí… ya me acuerdo… Amelia nos dijo que no se iba a quedar mucho tiempo, solamente dos o tres días porque tenía que trabajar. Era la ayudante de Albert James, el periodista americano que al parecer estaba en Nueva York pero que le había encargado que fuera a Roma para un reportaje que estaba haciendo, no recuerdo sobre qué, pero fue una suerte que la mandara a Roma y así poder pasar por Madrid de camino.
– ¿Por dónde has venido desde Londres? -le preguntó don Armando.
– Por Lisboa, es lo más seguro.
– Los ingleses no ven mal a Franco -comentó don Armando.
– Los ingleses no pueden luchar contra Hitler y contra Franco, primero tienen que derrotar a Alemania, después vendrá todo lo demás.
– ¿Estás segura? Inglaterra sigue concediendo a Franco los navicerts para que nos llegue gasolina y trigo; no es que llegue mucho, pero algo llega.
– Ya verás como las cosas cambian cuando derroten a Hitler.
La pusimos al tanto de las novedades en la familia. Antonietta le dijo a su hermana que le gustaría trabajar, pero que doña Elena no se lo permitía.
– No me deja ni ayudar en la cocina -protestó Antonietta.
– ¡Pues claro que no, aún no estás recuperada del todo! -afirmó, enfadada, doña Elena.
– La tía tiene razón. La mejor ayuda que puedes prestar a la familia es curarte del todo -respondió Amelia.
– Y el médico nos ha dicho que debemos tener cuidado con rila porque puede recaer -añadió don Armando.
– Y tú, Laura, ¿sigues en el colegio?
– Sí, este curso voy a dar clases de francés. Las monjas se portan muy bien conmigo. Han cambiado a la madre superiora; no está sor Encarnación, la pobre murió de pulmonía y han elegido a sor María de las Virtudes, la que fue nuestra profesora de piano, ¿te acuerdas?
– ¡Sí, sí! Era muy cariñosa con nosotras, una buena mujer.
– Dice que en el colegio ninguna monja habla el francés como yo, de manera que este curso daré francés, y en cuanto Antonietta mejore y pueda trabajar, lo mismo puedo convencer a sor María para que la deje dar clases de piano… pero antes tiene que recuperarse del todo…
– ¡Eso estaría muy bien! ¿Ves, Antonietta, como sí podrás trabajar? Pero tienes que curarte. Hasta que los tíos no me digan que estás bien, te prohíbo hacer nada.
Don Armando comentó cómo le iba en el despacho, en su nuevo trabajo de pasante.
– Tengo que aguantar mucho, pero no me quejo porque al fin y al cabo lo que gano nos permite ir tirando. Estoy fichado por «rojo», de manera que no me dejan defender casos en los tribunales, pero al menos trabajo de lo que sé, preparando los casos que defienden otros.
– Le explotan, todos los días trae trabajo a casa y no tiene ni sábados ni domingos -se quejó doña Elena.
– Sí, pero tengo un empleo, que ya es mucho si consideramos que hace unos meses estuvieron a punto de fusilarme. No, no me quejo, Amelia me salvó la vida y tengo un trabajo, es más de lo que soñaba cuando estaba en la cárcel. Además, con tu ayuda, Amelia, nos arreglamos bien.