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– Aunque puedo empeorar su suerte cuando el coronel Jürgens sepa que me intereso por ella.

– ¿Sabe que estás aquí?

– Sin duda, y lo que temo es que sepa que tú también estás en Roma.

Amelia aguardó hasta el martes para acercarse a la iglesia de San Clemente. Vittorio le explicó cómo llegar, y ella optó por ir caminando.

En el interior de la iglesia había varias mujeres rezando. No se fijaron en la recién llegada y ella tampoco les prestó atención. Buscó los confesionarios; como no había nadie en ellos, se sentó a esperar intentando rezar. Pero no podía, estaba demasiado nerviosa y ansiaba ver al padre Müller.

Aún tuvo que esperar media hora más hasta que le vio aparecer conversando con otro sacerdote, que también se dirigió a uno de los confesionarios.

Iba a levantarse cuando una mujer se le adelantó arrodillándose frente el confesionario donde estaba el padre Müller. Amelia aguardó impaciente hasta que la mujer terminó su confesión.

– Ave María Purísima.

– Sin pecado concebida.

– Rudolf, soy Amelia.

– ¡Amelia! ¡Dios santo, qué haces aquí!

Ella le contó lo que había sido de su vida desde la última ocasión en que se vieron, así como el motivo de su viaje a Roma. Él le puso al tanto de la situación de Carla.

– Es una mujer extraordinaria, muy valiente, no imaginas a cuántas personas ha ayudado a salir de Roma. Sobre todo judíos.

– ¿Qué podemos hacer? Tenemos que ayudarla.

– No es posible hacer nada, la tienen presa las SS. Lo único que sé es que está viva. Las SS no dejan que los sacerdotes visiten a los presos, salvo cuando los van a ahorcar. Un amigo estuvo en la prisión la semana pasada asistiendo en sus últimos momentos a varios condenados. Por él he sabido que Carla continúa viva, aunque al parecer está en muy mal estado, la han torturado con saña.

– Tenemos que sacarla de allí.

– ¡Imposible! Ya te he dicho que la tienen las SS.

– ¿Conoces a Marchetti?

– ¿El profesor de canto de Carla? Sí, le conozco, Carla nos presentó. Nos hemos ayudado mutuamente. Yo le he conseguido algunos pasaportes y él ha colaborado sacando de Roma a pequeños grupos de judíos.

– ¿Sabes dónde puedo encontrarle?

– Siempre contactábamos a través de Carla, aunque en alguna ocasión, si se veía muy apurado, venía directamente aquí, a San Clemente. Una vez me dio una dirección donde escondió a una familia judía hasta poder sacarlos de Italia. Pero no sé si continuará siendo un lugar seguro. Allí vivía una mujer con la que ni siquiera intercambié una palabra. Nos abrió la puerta, hizo pasar a los fugitivos y casi me empujó para que me fuera. Pero ¿y Vittorio? El marido de Carla tiene que saber cómo localizar a Marchetti.

– No, no lo sabe. Marchetti no ha vuelto por su casa, ni nadie responde al teléfono de su academia de canto en Milán. Vive en la clandestinidad.

– Entonces, probemos en esa dirección de la que te he hablado, aunque no creo que ni Marchetti ni nadie pueda hacer nada por Carla.

– ¡No digas eso, Rudolf!

– ¿Crees que no siento tanto como tú lo que le pueda pasar? Yo también la quiero.

Acordaron ir juntos a la dirección donde quizá pudieran decirles algo sobre el paradero de Marchetti.

– Pero ahora, vete, vete y regresa a las siete.

La casa estaba situada en via dei Coronan, justo al lado de la piazza Navona. Subieron las escaleras con paso rápido, temiendo encontrarse con algún vecino que les preguntara adónde iban.

El padre Müller golpeó con los nudillos suavemente la puerta, tal como le habían indicado que lo hiciera la vez que acompañó a aquella familia judía. Aguardaron impacientes sin escuchar un solo ruido, y ya se iban a marchar cuando la puerta se entreabrió. Un rostro de mujer se dibujó en la penumbra.

– ¿Qué hace aquí? -preguntó al padre Müller.

– Permítanos pasar.

– No tendría que estar aquí.

– Lo sé, pero… ¡por favor, déjenos pasar y se lo explicaré!

La mujer pareció dudar, luego quitó la cadena que le servía de cerrojo y abrió la puerta.

La siguieron por un pasillo oscuro que daba a un salón donde no cabía un mueble más. Una lámpara de pie apenas iluminaba la estancia y Amelia tardó en ver el rostro de la mujer. Tendría unos cincuenta años. Morena, de mediana estatura, con el cabello recogido en un moño. Vestía una falda negra y un jersey gris, y no llevaba ningún adorno.

– Me ha puesto en peligro viniendo aquí -reprochó la mujer al sacerdote.

– Lo siento, pero tengo que encontrar a Marchetti y no sé cómo hacerlo.

– ¿Y pretende que yo le diga dónde encontrarle? -respondió con ironía.

– Si no puede decirnos cómo hacerlo, al menos podrá ponerse en contacto con él y decirle que necesito verle con urgencia.

– Ya me lo ha dicho, ahora márchense.

– Necesitamos que nos ayude a…

La mujer levantó la mano para que el padre Müller no continuara hablando.

– No quiero saberlo. Cuanto menos sepamos los unos de los otros y de las operaciones que tenemos encomendadas, menos peligro correremos. Usted ya ha roto una regla presentándose aquí. No sabía si esta casa continuaba siendo segura o había sido descubierta por las SS. Ha corrido un riesgo innecesario.

– No tenía otra opción.

– En todo caso, no vuelva por aquí. Procuraré que llegue su mensaje, pero no le aseguro cómo ni cuándo, ni si querrán responder. De manera que si no recibe noticias no se impaciente, y sobre todo no vuelva, ¿me ha entendido?

– Sí, desde luego.

Salieron de la casa con paso apresurado y no intercambiaron palabra hasta llegar a la calle.

– Ni siquiera me ha mirado -dijo Amelia.

– Prefiere no ver ni oír lo que no le han ordenado que vea u oiga. No es fácil vivir en la clandestinidad, Amelia.

– Dime, Rudolf, ¿cuánta gente sois en tu organización?

– ¿Mi organización? ¡Ojalá tuviera una organización! No me has entendido bien. Llegué a Roma con la recomendación de mi obispo para trabajar en la Secretaría de Estado. El hecho de que además de alemán, hablo inglés, francés, algo de polaco y un poco de ruso, supongo que me ayudó a que me dieran un puesto de rango menor. Soy un simple oficinista. No tengo ninguna responsabilidad. Por mis manos no pasan secretos, ni documentos importantes. Al poco de llegar me enviaron a San Clemente dos días por semana a confesar. De eso nos encargamos dos sacerdotes, a veces termino yo antes, y otras él. Un día, confesando, me dieron más de las ocho, y cuando terminé y fui a la sacristía, me encontré allí escondidos a un hombre acompañando a una mujer y dos niños pequeños. El hombre se presentó como el doctor Ferratti, médico cirujano, y me explicó que había tenido refugiados en su casa a aquella mujer y a sus dos hijos, a su marido hacía tiempo que lo habían deportado a Alemania.

»Me dijo que esa tarde se había producido una redada en su barrio y me suplicó ayuda. Y les ayudé. No sabía dónde esconderles, así que se me ocurrió abrir el portillo que da al subterráneo de la iglesia. Es del siglo i y no está en buen estado, pero ¿qué podía hacer? El párroco de San Clemente me había advertido de que no se me ocurriera meterme por el pasadizo porque cualquiera sabía con qué nos podíamos encontrar. Al parecer, en la Antigüedad hubo un templo dedicado al dios persa Mitra. Y no ha sido hasta el siglo pasado cuando un dominico irlandés, el padre Mullooly, descubrió que abajo había otra iglesia y comenzó a desescombrar. Hasta allí conduje a la mujer y a sus dos hijos. Temblaban de miedo y de frío. Al caminar oímos el sonido del agua, porque hay un manantial en el subsuelo. Los acomodé lo mejor que pude; afortunadamente el doctor Ferretti llevaba una bolsa con comida y un par de mantas, yo aporté unas cuantas velas.

»"Quédense aquí hasta que encuentre la manera de sacarles de Roma y enviarles a Lisboa, desde allí pueden intentar llegar a América. No será fácil, pero quizá lo logren", les dije. Los niños comenzaron a llorar y su madre no sabía qué hacer para calmarles.