– Usted debería haber informado a don Vittorio de que se había celebrado un juicio y… y de lo que iba a pasar.
– Le aseguro que no lo sabía. Don Vittorio Leonardi sabe que he cumplido con mi obligación como abogado, no he dejado de interesarme por la situación de su esposa, de Carla Alessandrini. Pero ¿es que cree usted que las SS se atienen a los procedimientos legales? No me han permitido verla durante todo el tiempo que ha estado detenida. Se negaban a decirme cuáles eran los cargos por los que la retenían. Yo… yo me he enterado de lo sucedido por la radio, y le aseguro que estoy desolado.
– Bien, pues acuda a la cárcel y hágase cargo de todos los trámites para recuperar el cuerpo de Carla y para que la podamos enterrar cristianamente.
– ¿Yo? No… no lo creo oportuno. Debería ser el esposo, don Vittorio Leonardi, quien fuera a reclamar el cuerpo.
– Usted viene percibiendo una remuneración importante por llevar los asuntos de la familia.
El abogado se quedó en silencio. Quería desvincularse de Carla, de Vittorio, de cualquiera que pudiera relacionarle con ellos. Se olvidó de que era un recién licenciado en leyes cuando conoció a Carla en el despacho de un gran abogado donde él hacía de pasante, y cómo le cayó en gracia a la diva y terminó siendo su abogado, su hombre de confianza. En un segundo renegó de todos aquellos años compartidos con la diva y su marido, de aquellas fiestas de Carla donde se codeaba con la alta sociedad italiana, con todas aquellas principessas arrogantes, algunas de las cuales se habían convertido en sus clientas, de las oportunidades de negocios a través de aquellos empresarios entusiastas del bel canto que nada le negaban a su musa.
Sí, él se había enriquecido gracias a Carla Alessandrini, ella le había sacado de la nada convirtiéndolo en un abogado importante; pero ahora ella estaba muerta, la habían ahorcado por alta traición y él sentía que su lealtad debía ser para consigo mismo y para con su familia. ¿A quién serviría si a él también lo ahorcaran?
– Le esperamos, no tarde -le ordenó Amelia, intentando imprimir a su voz una firmeza que no sentía.
– Un día de estos me pasaré a dar el pésame a don Vittorio; en cuanto al testamento, bueno, él sabe lo que hay que hacer.
– No vendrá -anunció Amelia al padre Müller.
– Iré yo -se ofreció el sacerdote.
– ¿Tú? ¿En calidad de qué?
– De confesor de Carla, de representante de la familia, del cura que quiere darle cristiana sepultura.
– Ten cuidado, Rudolf.
Él se encogió de hombros. No es que no tuviera miedo, lo tenía, pero sentía que su ministerio le obligaba a plantar cara al mal y el nazismo se le antojaba que era la personificación del mal; de manera que decidió actuar según los dictados de su conciencia aunque eso pudiera costarle la vida.
Vittorio insistió en que le llevara el chófer de la familia, y él aceptó.
El padre Müller regresó a mediodía con el cuerpo de Carla. No les explicó cuánto se había tenido que humillar para conseguir el cadáver de Carla, que él mismo subió en brazos hasta la casa.
Vittorio se desmayó cuando vio aquel bulto envuelto en un pedazo de lona, sabiendo que era el cuerpo de su esposa. Amelia no le permitió verla, y con la ayuda de Pasqualina, la modista de Carla, una de las pocas personas que habían acudido a mostrar su pesar, preparó el cadáver de su amiga para que recibiera cristiana sepultura.
La vistieron con uno de sus mejores trajes, y la envolvieron con el chal de visón blanco que tanto le gustaba. Cuando la colocaron en la caja, no dejaron que nadie la viera. No querían que recordaran el rostro de una ahorcada sino el de la mujer hermosa que había sido. Ni siquiera se lo permitieron a Vittorio.
Tendrían que esperar hasta el 26 de diciembre para enterrarla, no era posible hacerlo en Navidad.
Caída la tarde, el padre Müller regresó al Vaticano.
– No creo que debas ir esta noche a San Clemente. Marchetti habrá escuchado la noticia por la radio y no irá.
– Puede que sí vaya, y yo necesito hablar con él.
– ¿Para qué? Ya no podemos hacer nada por Carla.
– Sí, yo sí que puedo.
El sacerdote la miró preocupado pensando qué se le habría podido ocurrir a Amelia.
– Está muerta, sólo podemos rezar por ella.
– Reza tú, yo ya lo haré.
– Aún no has llorado.
– ¿De verdad lo crees? No me has visto las lágrimas, pero no he dejado de hacerlo.
– Amelia, velemos a Carla, recemos por ella y démosle sepultura. Es lo único que podemos hacer, lo único que Vittorio quiere que hagamos. Después, vete a casa, aquí no estás segura. Max tiene razón, el coronel Jürgens es capaz de todo.
– ¿Sabes?, pienso que ha ordenado que la ahorcaran para hacerme daño, para demostrarme cuan poderoso es. Viviré con esa culpa el resto de mi vida.
– ¡Qué cosas dices! A Carla la habían detenido mucho antes de que tú vinieras a Roma. Y todos sabemos lo que hacen las SS con sus prisioneros. Han querido dar una lección, que los italianos sepan que nadie tiene inmunidad, ni siquiera sus símbolos más queridos. Su asesinato no tiene nada que ver contigo.
– Pues yo creo que sí, que es la manera que tiene el coronel Jürgens de hacerme daño.
– La habría matado aunque tú no existieras. Carla era un mito y las SS han querido dar una lección a los italianos.
Pero Amelia estaba convencida de que el asesinato de Carla tenía que ver con el deseo innoble que Jürgens sentía por ella. Por eso a lo largo de todo el día, mientras lavaba el cadáver de Carla, fue trazando un plan que estaba decidida a llevar hasta el final.
El doctor Ferratti, el médico amigo del padre Müller, acudió a la casa a instancias de Amelia para que le diera a Vittorio algo que le permitiera dormir.
– Quiero velarla toda la noche, no quiero que se quede sola -dijo Vittorio, entre lágrimas.
– No estará sola, estaré yo -le aseguró Amelia-, pero tú tienes que dormir, lo necesitas.
Amelia le convenció para que se quedara hasta pasada la medianoche y luego ella le relevaría hasta la madrugada.
– Quiero ir a misa, Vittorio, necesito rezar; cuando regrese de la Misa del Gallo, te irás a la cama, prométemelo.
El doctor Ferratti le entregó a Amelia un somnífero para Vittorio.
– Mañana vendré a verle -se comprometió el médico, desolado por la tragedia de aquella casa.
Los pocos amigos que habían acudido se fueron marchando. Era Nochebuena y a pesar de la pena que sentían por la pérdida de Carla, tenían familias, hijos a los que cuidar y ayudar a ser felices en una noche como aquélla.
Vittorio y Amelia se quedaron con la sola compañía de la modista de Carla. La mujer estaba viuda y sólo tenía una hija, casada tiempo atrás con un maestro de Florencia; de manera que disponía de todo su tiempo para llorar a la diva, con quien la había unido una amistad sincera.
Habían colocado el ataúd en medio del salón grande, aquel donde en tantas ocasiones Carla había organizado sus mejores fiestas.
A las once, Amelia se despidió de Vittorio y de Pasqualina, la modista.
– Cuide de don Vittorio, yo regresaré en cuanto termine la misa. Y si quieres, Pasqualina, puedes quedarte a dormir aquí, es tarde para que te vayas a casa.
– Me gustaría velar a la señora.
– De acuerdo, entonces quédate.
Al salir del portal sintió un escalofrío. Caminó despacio, intentando no llamar la atención de las pocas personas con las que se cruzaba y que, al igual que ella, llevaban los misales en la mano camino de alguna iglesia para participar en la Misa del Gallo.
Llegó a San Clemente a las doce en punto, cuando las campanas estaban dejando de sonar para llamar a los feligreses.
Se sentó en el último banco de la iglesia con todo el cuerpo en tensión intentando localizar a Mateo Marchetti. El padre Müller sólo le había dicho que el profesor de canto estaría en la iglesia. Esperaba que fuera él quien se acercara a ella o que alguien le diera alguna indicación. Siguió la misa como una autómata. Rezaba sin prestar atención, desviando la mirada por los bancos de la iglesia en busca de Marchetti.