– No haré nada que me pueda poner en peligro.
– Prométemelo.
– Te lo prometo.
Naturalmente no pensaba cumplir la promesa. No le había dicho a Max que había recibido una invitación para asistir a un baile de Año Nuevo. Había llegado el mismo día en que ahorcaron a Carla, y Amelia ni siquiera se había fijado en ella. Era de Guido y Cecilia Gallotti, los conocidos de Vittorio que tan cercanos habían sido del yerno del Duce, y que tan amables habían sido con ella cuando Carla la invitó por primera vez a Roma. Incluso habían sido una excelente fuente de información; aún recordaba los informes que, gracias a las indiscreciones de la pareja, pudo enviar a Londres.
Además, Cecilia Gallotti había acudido al entierro de Carla para sorpresa de Amelia y del propio Vittorio.
El 28 de diciembre Amelia acudió a San Clemente y se dirigió al confesionario donde solía estar el padre Müller. En su lugar había otro sacerdote al que no llegó a ver la cara.
– Ave María Purísima.
– Sin pecado concebida. ¿Continúas decidida a seguir adelante?
La frase del sacerdote la sobresaltó. No era la voz de Marchetti. ¿Sería una trampa?
– Sí -respondió temerosa.
– En el suelo, a tu derecha, hay un paquete, cógelo. Espera, no te vayas todavía, sería una confesión muy corta. La pistola es pequeña, como habías pedido, también hay balas. Ten cuidado no te detengan camino de tu casa. Te cabe en el bolsillo del abrigo. Y ahora vete.
Amelia telefoneó a Cecilia Gallotti para confirmar su asistencia a la fiesta.
– ¡Oh, querida, cuánto me alegro! La verdad es que no pensé que vinieras. Enviamos la invitación unos días antes de lo de Carla… pensábamos que a Vittorio le sentaría bien distraerse, pero ahora…
– No, él no irá, pero yo sí.
– Claro, claro, debes distraerte. ¡Lo de Carla ha sido tan terrible!
Amelia pensó en cómo Cecilia se refería al asesinato de Carla con el eufemismo de «lo de Carla». Sabía que Cecilia se había sorprendido al saber que iría a la fiesta y que lo comentaría con todas sus amigas. Esperaba que llegara a oídos del coronel Jürgens y que éste se presentara o se hiciera invitar por Guido Gallotti y su esposa.
Vittorio no se enfadó con ella cuando le dijo que asistiría a la fiesta de Año Nuevo.
– Ve y procura distraerte, no tiene sentido que te quedes aquí.
– Cuando… en fin… pronto comprenderás por qué he ido.
– ¡Por favor, Amelia, no hagas nada que te ponga en peligro! -respondió él, alertado por las palabras de la joven.
– No quiero que pienses que soy una frívola capaz de ir a una fiesta cuando acabamos de enterrar a Carla.
– Si en algo me aprecias, prométeme que no vas a hacer nada que te ponga en peligro. No lo soportaría, no pude impedir lo de Carla, no me hagas vivir con más culpas de las que ya tengo.
Pasqualina la ayudó a arreglar uno de los trajes de fiesta de Carla. Era más delgada de lo que lo había sido la diva y no era tan alta como ella. La modista no tardó en amoldar a su figura un traje color negro. Al menos quería mantener el luto por su amiga.
El chófer de Vittorio la llevó a la casa de los Gallotti. Cecilia le susurró que el anuncio de su asistencia había despertado mucha expectación y que algunos oficiales habían pedido ser invitados a la fiesta. Amelia hizo como si no le importara.
Guido y Cecilia la presentaron a algunos amigos, aunque a Guido se le veía incómodo por la presencia de Amelia. Algunos invitados le preguntaban quién era la joven española y él evitaba explicar que les había sido presentada por Carla.
– Has sido una insensata -le dijo al oído de su esposa-; además, me sorprende que estando de luto haya venido a una fiesta. Esa mujer no es de fiar, lo mismo que Carla.
– No seas ridículo, ella es española, fascista como nosotros, y está igual de sorprendida por la traición de Carla. Si ha venido es para que todos lo sepan, lo que pasa es que no entiendes a las mujeres -se defendió Cecilia.
Pasada la medianoche, Ulrich Jürgens llegó acompañado de varios oficiales de las SS. Hizo notar su presencia no sólo llegando tarde sino también por las risotadas de sus acompañantes. Habían bebido y parecían eufóricos.
No perdió el tiempo en cumplidos con los anfitriones y se dirigió de inmediato hacia donde estaba Amelia.
– La suponía llorando.
Ella le miró y se dio la vuelta, pero él no se lo permitió y le sujetó el brazo.
– ¡Vamos, no volvamos a las andadas! Y guárdese de darme una patada como la última vez. Responda, ¿qué hace aquí?
– No tengo por qué darle explicaciones de lo que hago.
– ¿Tan poco le ha durado el duelo por su amiga Carla Alessandrini? Ya veo que usted no pierde el tiempo.
– Déjeme en paz. -Esta vez logró soltarse y le dio la espalda.
– ¿Por qué se empeña en enfrentarse a mí? Le iría mejor si no lo hiciera. Yo podría haber salvado a su amiga si se hubiera mostrado amable conmigo -dijo él, mientras la sujetaba de nuevo impidiéndole marchar.
– ¿Cree posible ser amable con una hiena? -respondió ella con altivez.
– ¿Así me ve? ¿Como una hiena? Vaya, me habría gustado que hubiera hecho otra comparación.
– Pues, mírese al espejo.
El la observó con dureza sin soltarle el brazo pero manteniéndola a distancia. Y ella pudo leer en sus ojos que le aguardaba alguna sorpresa.
– Su amigo el barón debería cuidar sus amistades.
Se puso rígida, no entendía lo que quería decirle pero sonaba a amenaza.
– ¡Vaya, no sabía que también se ocupaba de las amistades de los jefes de la "Wehrmacht! -respondió Amelia, intentando imprimir desdén en el tono de voz.
– Hay muchos traidores hoy en día, incluso en el corazón de Alemania. Gente incapaz de comprender el sueño de nuestro Führer. Muchos de los amigos del barón han sido detenidos por la Gestapo, ¿no lo sabía? ¿No se lo ha dicho? Creía que tenía más confianza en usted.
No, Max no le había dicho nada, seguramente para no asustarla, pero ¿a quién se referiría? Tampoco el padre Müller le había comentado nada. ¿No lo sabría o simplemente no quería preocuparla?
– Guárdese sus insidias y ¡suélteme!, me da asco -respondió ella, sabiendo que cuanto más le mostraba su desprecio, más ansiaba él tenerla.
– Debe de ser duro que tus amigos sean traidores. Primero aquellos jóvenes polacos, ¿cómo se llamaba su amiga? ¿Grazyna? Sí, así se llamaba, y también la pequeña Ewa, ¿las recuerda? Ahora Carla Alessandrini. ¡Cuidado, a su alrededor hay demasiados traidores!
– ¡Usted es capaz de las mayores infamias!
– Tuvo usted la oportunidad de salvar a su amiga Carla Alessandrini, pero la desaprovechó y ahora… bien, yo podría desviar la atención de quienes sospechan del barón. Y, por cierto, ¡de nada le servirá correr para avisarle!
– ¿Qué es lo que quiere?
– Lo sabe bien. ¿Hace falta que se lo diga? Si tanto le importa el barón, no tendrá problemas en sacrificarse por él. ¿O le abandonará a su suerte lo mismo que hizo con su amiga Carla?
– Usted me repugna -respondió ella, pero su tono de voz indicaba que se había rendido.
– Le haré superar su repugnancia.
– ¿Dejar» en paz al barón Von Schumann?
– Tiene mi palabra.
– ¿Su palabra? No me vale de nada. Quiero un documento que exonere al barón de cualquier sospecha.
Se rió de ella mientras le retorcía el brazo.
– Tendrá que aceptar mi palabra o prepararse para llorar al barón. No se haga de rogar más y acompáñeme.
Amelia bajó los ojos y pareció dudar. Luego le miró fijamente alzando el mentón.
– No será esta noche. Será mañana -respondió ella.
– De acuerdo. Que sea mañana. Primero iremos a cenar.
– No, nada de preámbulos, entre usted y yo son innecesarios. Dígame dónde y yo iré.