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Amelia consiguió zafarse y buscó un interruptor de la luz. Cuando lo encendió, vio a Jürgens tendido sobre la alfombra con una mueca de sorpresa dibujada en el rostro. Se sujetaba las entrañas pero aún no había muerto.

– Te mataré -alcanzó a decir con un hilo de voz.

Ella se asustó pensando que aún tendría fuerzas para cumplir su amenaza y buscó con qué rematarle, porque temía disparar de nuevo. Aunque el sonido seco del primer disparo podía confundirse con el descorche de una botella de champán, no podría justificar el segundo en caso de que alguna camarera se presentara allí preguntando si pasaba algo. Se acercó a la cama y cogió la almohada, luego se arrodilló junto a él viendo cómo se le escapaba la vida, y le tapó la cabeza apretándole con todas sus fuerzas para impedirle respirar. Durante unos minutos que le parecieron eternos, él forcejeó en vano intentando quitarse aquella mordaza. Después todo esfuerzo cesó. Cuando Amelia estuvo segura de que había muerto, levantó la almohada y contempló el rostro de Jürgens. Pasó una mano cerca de su boca para comprobar sí aún respiraba. Pero estaba muerto. Entonces escuchó unos golpes secos en la puerta. Se puso en pie y se acercó para preguntar desde detrás de la puerta. Era la camarera.

– ¿Está todo bien? -preguntó-. Un huésped ha llamado diciendo que ha escuchado un ruido fuerte -dijo la mujer.

Amelia forzó una carcajada.

– Se nota que ese huésped no es aficionado al champán, ¿verdad, cariño? -dijo mirando al cadáver de Jürgens.

– Lo siento, señora, no quería molestarles.

– Pues lo ha hecho, lo ha hecho, y hay situaciones que no deben interrumpirse -y volvió a reír.

Escuchó los pasos de la camarera alejándose de la puerta de la habitación. Luego revisó la estancia hasta el último rincón. Recogió un par de horquillas con las que se había sujetado la peluca, se puso unos guantes y con un pañuelo limpió todo lo que había tocado. Después quitó la funda de la almohada y se la metió en el bolso. Volvió a revisar toda la habitación, hasta estar segura de que no dejaba nada que la pudiera delatar. Se volvió a colocar la peluca y sujetó la pistola con el liguero.

Esperó una hora antes de decidirse a salir. Pasó todo el tiempo mirando fijamente al cadáver de Ulrich Jürgens, diciéndole en voz baja cuánto le había odiado y cómo se sentía de satisfecha por haber hecho justicia. Le sorprendía no sentir remordimientos, no sabía si la acecharían más tarde, pero en aquel momento lo único que sentía era una gran satisfacción.

Cuando salió de allí un oficial acompañado de una rubia entraban en una habitación situada una puerta más adelante. Ella no les miró y ellos tampoco parecieron prestarle demasiada atención. Estaban bebidos y parecían contentos.

Aguardó impaciente el ascensor y no respiró hasta llegar a la calle.

Caminó con paso tranquilo, diciéndose que nadie podría relacionarla con aquel asesinato. Llegó a casa de Vittorio cerca de la una y entró muy despacio, intentando no despertar ni a Vittorio ni a los criados.

Se metió en la cama y durmió de un tirón hasta bien entrada la mañana siguiente. Fue el propio Vittorio quien la despertó; parecía muy alterado.

– Se ha cometido un asesinato en el Excelsior. Un oficial de las SS.

– ¿Y a nosotros qué más nos da? -respondió ella con suficiente aplomo.

– Están haciendo una gran redada por todo Roma. No sabes a cuánta gente han detenido. Hace un momento ha llamado Cecilia para preguntar por ti, quería comentar contigo la noticia.

– La llamaré en cuanto me vista. Hoy había quedado para ir a almorzar a su casa.

– Sería mejor que te quedaras aquí.

– No debes preocuparte tanto por mí. Cecilia me dijo que me enviaría su propio coche.

– Amelia, te digo que están haciendo una redada y deteniendo a mucha gente, no es conveniente que salgas a la calle.

Pero Amelia insistió en que aquel suceso nada tenía que ver con ellos, de manera que llamó a Cecilia para confirmar que iría a almorzar con ella.

Cuando Amelia llegó, Guido estaba a punto de salir.

– No es conveniente que salgáis -les aconsejó-, están buscando a una mujer morena, parece que ha sido quien ha matado al coronel Ulrich Jürgens.

– ¿A Jürgens? -preguntó Amelia, sorprendida.

– Sí, es el oficial de las SS que ha aparecido muerto. La policía cree que ha sido una prostituta, pero al parecer no le robaron nada, de manera que ¿para qué iba a matarle? Una pareja vio a una mujer morena salir de la habitación de Jürgens a eso de las doce.

– ¡Pero quién se va a atrever a asesinar a un oficial de las SS! -exclamó Amelia como si, además de asustada, estuviera sorprendida.

– Bueno, a lo mejor no ha sido una prostituta. Un amigo de Jürgens ha dado otra pista; al parecer, el coronel tenía una cita con una dama, alguien que no le tenía en mucha estima pero que aun así estaba dispuesta a reunirse con él.

– ¿Quién podría ser, entonces? -preguntó Cecilia con curiosidad.

– Dudo que el coronel Jürgens tuviera muchos amigos -sentenció Amelia.

– Tú le conocías, el día de la fiesta de Año Nuevo os vi hablando muy animadamente. Te diré que cuando os vi juntos pensé que al coronel le gustabas.

– ¡Qué tontería! Hablábamos de la marcha de la guerra, nada más.

Guido las dejó hablando sobre quién podría ser la dama misteriosa, aunque él se inclinaba por la versión de la policía: a Jürgens lo había asesinado una prostituta. Quizá se había mostrado violento con ella; aquel hombre resultaba temible, incluso a él le ponía nervioso.

Cuando Amelia llegó a casa de Vittorio, se encontró al padre Mullen.

– No te esperaba, Rudolf- le dijo sonriendo.

– ¿Sabes lo que ha ocurrido?

– Supongo que me vas a contar lo que sabe todo el mundo, que han matado al coronel Jürgens.

– Así es… Amelia, perdona que te pregunte, pero…

Ella soltó una carcajada que al padre Müller le sonó a falsa puesto que la conocía demasiado bien.

– Rudolf, me alegro de que esté muerto, en eso no te voy a engañar.

– He venido porque Marchetti me ha enviado un recado, quiere verte.

– ¿A mí? ¿Por qué?

– Tú sabrás de lo que hablasteis cuando os visteis.

– Le pregunté si podía colaborar con la Resistencia, si podía ocupar el lugar de Carla -mintió.

– Puede que haya decidido aceptar tu oferta. Quiere verte mañana, en San Clemente. Ven poco antes de que cierren la iglesia.

– Allí estaré. Pero no debes preocuparte por mí.

– ¡Cómo no voy a preocuparme! He perdido ya demasiados amigos.

– Precisamente quería preguntarte por eso…

– Amelia, no te lo quise decir para no angustiarte. En realidad Max me pidió que no lo hiciera. Hace unos meses la Gestapo detuvo al profesor Schatzhauser. Estaba en la universidad, irrumpieron en su clase y se lo llevaron. No hemos vuelto a saber de él. También han detenido al pastor Schmidt.

– ¿Y los Kasten?

– No, ellos aún están en Berlín, aunque la Gestapo debe de seguirles los pasos. Todo el mundo sabe que eran amigos del doctor Schatzhauser. Si yo volviera… posiblemente me detendrían.

– Debiste decírmelo.

– Entiéndelo… Max no quiere que sufras.

La policía se presentó en casa de Vittorio cuatro días más tarde coincidiendo con el regreso de Max von Schumann a Roma.

Obligaron a Amelia a acompañarles para una rueda de identificación. Un oficial de las SS amigo del coronel Jürgens aseguraba que éste iba a reunirse con la amante del barón.

Amelia protestó e incluso lloró, parecía asustada; y aunque Vittorio gritaba que la dejaran en paz, al final se la llevaron.

En la comisaría se encontró con aquella pareja que ocupaba una habitación cercana a la de Jürgens. La miraron de arriba abajo pero enseguida aseguraron que ella no era la mujer con la que se habían cruzado la noche del asesinato.